Los puestos de limonada atendidos por niños en calles, parques y plazas son una de las tradiciones más antiguas de los Estados Unidos. Les enseña a los niños sobre la iniciativa, el valor del dinero y cómo ganarlo. Sin embargo, ahora los niños están aprendiendo otra lección: la burocracia manda.
Según informa la revista Forbes, al menos 20 de estos puestos fueron levantados recientemente por la policía “por no tener licencia habilitante.” “Lo sentimos, pero las reglas son las reglas,” es todo lo que dicen los funcionarios intervinientes. Grupos de padres se han organizado a través de las redes sociales para protestar contra estos hechos en lo que se ha dado en llamar “la guerra de la limonada.“ El pasado 20 de agosto, se realizó el Día Nacional de la Limonada con puestos de venta a lo largo y a lo ancho del país. Quienes apoyan las medidas de clausura aducen que estos modestos emprendimientos compiten de manera desleal con las empresas formales. En el caso de los puestos de limonada, una licencia les cuesta entre 180 y 400 dólares al año, dependiendo de la ciudad y el estado; pero eso, naturalmente, no les dejaría ningún margen de ganancia.
Estos puestos son tradicionalmente atendidos por niños en edad escolar con el fin de recaudar fondos para sus escuelas o solventar tratamientos médicos de familiares. Si estos emprendimientos quebrantan realmente alguna regulación, ¿no sería mejor derogar algunas de las tantas regulaciones que interfieren con la economía privada? A mi juicio, esto no es más que una muestra del sin sentido del intervencionismo estatal, en este caso sobre el lado más inocente y optimista del capitalismo: la empresa privada de limonada a diez centavos de dólar el vaso. Para ilustrarlo, nada mejor que la ironía de la revista conservadora Townhall: “Lo que los niños deben comprender es la importancia de aprender y obedecer las regulaciones gubernamentales que prohíben los puestos de limonada.”
Pero estos pequeños emprendimientos no son los únicos que sufren los embates de persecuciones absurdas. Los “grandes” también tienen lo suyo. Una coalición de sindicatos y grupos de presión que se hace llamar “Salarios dignos, Comunidades saludables” ha encarado una férrea oposición a los planes de la archiconocida cadena de hipermercados Walmart de abrir cuatro nuevos locales en Washington. Según la gente de “Salarios dignos…” esta empresa desplaza puestos de trabajo, reduce los salarios y perjudica a las comunidades. Sin embargo, todas las investigaciones demuestran que esas acusaciones son falaces y carentes de fundamento.
El economista Jason Furman afirma que el efecto de Walmart sobre el precio de los alimentos beneficia inmensamente a los hogares más pobres, que tienden a gastar un porcentaje mayor de sus ingresos en alimentos que los hogares más pudientes. Furman se refiere a la compañía como “una historia de éxito progresista.” Por su parte, investigaciones del Instituto Independiente de Oakland, uno de los foros de discusión y análisis independientes más importantes de la costa Oeste de Estados Unidos, demuestran que el efecto de Walmart sobre el empleo minorista es, en el peor de los casos, ambiguo. No es verdad que la empresa destruya necesariamente puestos de trabajo en las comunidades.
En un artículo crítico de las prácticas de la compañía, el historiador y especialista en ética empresarial James Hoopes demanda que se haga “un estudio” sobre el impacto de la operativa de los hipermercados sobre la comunidad.
Nada más sencillo. Ese estudio arrojaría como resultado, sin lugar a dudas, lo que la historia de la humanidad nos demuestra sin excepciones: que la intervención estatal convierte en paupérrimas y decadentes a las comunidades más prósperas, y que el sistema capitalista de libre competencia no tiene competidores si de asegurar el progreso de una comunidad se trata.
lunes, 5 de septiembre de 2011
jueves, 1 de septiembre de 2011
La historia de un museo
La historia nos demuestra que nadie está exento de la máxima “el poder corrompe, y el poder absoluto corrompe absolutamente.” Un ejemplo es la ciudad de Amsterdam, Holanda, que acredita una tradición reciente de pensamiento y gobierno liberal, pero guarda una historia más oscura de persecución.
Amsterdam fue mayoritariamente católica hasta 1578. Holanda se jactaba entonces de sus monasterios, sus grandes iglesias y sus parroquias. Sin embargo, como otros países de Europa en el siglo XVI, la Reforma de propagó y Amsterdam pasó a ser protestante.
Esto fue en parte una reacción a la Inquisición Española, que comenzó a fines del siglo XV. En un intento por mantener la ortodoxia católica en España, los judíos y musulmanes fueron obligados a convertirse o irse del país. Como en esos tiempos Holanda era una colonia española, miles de holandeses fueron muertos.
El 26 de mayo de 1578, los sacerdotes de Amsterdam, que entonces eran calvinistas, pasaron una resolución llamada la “Alteración” que declaró ilegal las iglesias y órdenes católicas. Los curas católicos fueron expulsados de la ciudad, y los templos católicos fueron puestos a disposición de las iglesias protestantes. Muchas de estas iglesias protestantes pertenecían a la Iglesia Reformada Holandesa, la cual tenía vínculos con Juan Calvino. Las Beguinas, una comunidad de mujeres católicas cuyo objetivo era servir a Dios sin apartarse del mundo terrenal, sufrieron la prohibición de usar sus uniformes distintivos mientras realizaban su función de atender a los enfermos y moribundos en las calles de la ciudad. Su iglesia fue cerrada en 1578. Entonces, fue entregada a los calvinistas ingleses en 1607.
Por años, la iglesia católica persiguió a los protestantes, y ahora actos similares eran cometidos contra católicos. Ministros protestantes fueron diligentes en notificar a las autoridades de la ciudad sobre prácticas católicas que ellos observaban, Sin embargo, no tuvieron éxito en erradicar al catolicismo por completo.
En 1661, Jan Hartman, prominente hombre de negocios de Amsterdam, adquirió tres casas junto al canal Oudezijds Voorburgwal. Hartman convirtió el ático de una de esas casas en una iglesia. Con la anuencia de las autoridades, que muchas veces aran sobornadas, grupos de fieles se reunían en secreto para realizar su culto católico. Entre los concurrentes, se encontraban siempre las hermanas Beguinas.
En la actualidad, esas tres casas constituyen el Museo Amstelkring, el segundo más antiguo de una ciudad que se caracteriza por sus muchos museos. Llamado también “Nuestro Señor en el Ático” por su increíble historia, recibe miles de visitantes cada año. El museo incluye importantes pinturas religiosas, un crucifijo de oro, candelabros, imágenes de santos, y un ostensorio de oro adquirido a un artesano en 1704. También hay artículos de plata, desde incensarios hasta pilas de agua bendita.
La lección más importante que este museo nos enseña es una lección sobre la tolerancia y los derechos individuales de todos, sin importar su religión o creencia. Y que la combinación de iglesia y estado siempre tendió a la intolerancia. Cuando los protestantes ganaron posiciones de poder en Europa, se empecinaron en perseguir a los católicos, a pesar de haber conocido la Inquisición Española. La reina María I de Inglaterra, conocida como María la Sanguinaria, condenó a morir en la hoguera a unos 300 disidentes en su esfuerzo de restituir la autoridad papal, pero cuando los protestantes recuperaron el poder con Isabel I, persiguieron fieramente a los católicos. Aún en la actualidad, a través del mundo, vemos y oímos de cristianos perseguidos por su fe en países como Myanmar, Indonesia e Irán.
Hay un museo en Amsterdam que cobijó a gente que creían en algo más grande que ellos mismos. Al mirar aquellos fieles en ese ático, reconocemos la necesidad de adorar a Dios como deseamos, y que los demás también tienen ese mismo derecho y que debemos ser tolerantes con ellos. Ciertamente, Dios está con todos los hombres que buscan adorarlo en el fondo de su corazón.
Amsterdam fue mayoritariamente católica hasta 1578. Holanda se jactaba entonces de sus monasterios, sus grandes iglesias y sus parroquias. Sin embargo, como otros países de Europa en el siglo XVI, la Reforma de propagó y Amsterdam pasó a ser protestante.
Esto fue en parte una reacción a la Inquisición Española, que comenzó a fines del siglo XV. En un intento por mantener la ortodoxia católica en España, los judíos y musulmanes fueron obligados a convertirse o irse del país. Como en esos tiempos Holanda era una colonia española, miles de holandeses fueron muertos.
El 26 de mayo de 1578, los sacerdotes de Amsterdam, que entonces eran calvinistas, pasaron una resolución llamada la “Alteración” que declaró ilegal las iglesias y órdenes católicas. Los curas católicos fueron expulsados de la ciudad, y los templos católicos fueron puestos a disposición de las iglesias protestantes. Muchas de estas iglesias protestantes pertenecían a la Iglesia Reformada Holandesa, la cual tenía vínculos con Juan Calvino. Las Beguinas, una comunidad de mujeres católicas cuyo objetivo era servir a Dios sin apartarse del mundo terrenal, sufrieron la prohibición de usar sus uniformes distintivos mientras realizaban su función de atender a los enfermos y moribundos en las calles de la ciudad. Su iglesia fue cerrada en 1578. Entonces, fue entregada a los calvinistas ingleses en 1607.
Por años, la iglesia católica persiguió a los protestantes, y ahora actos similares eran cometidos contra católicos. Ministros protestantes fueron diligentes en notificar a las autoridades de la ciudad sobre prácticas católicas que ellos observaban, Sin embargo, no tuvieron éxito en erradicar al catolicismo por completo.
En 1661, Jan Hartman, prominente hombre de negocios de Amsterdam, adquirió tres casas junto al canal Oudezijds Voorburgwal. Hartman convirtió el ático de una de esas casas en una iglesia. Con la anuencia de las autoridades, que muchas veces aran sobornadas, grupos de fieles se reunían en secreto para realizar su culto católico. Entre los concurrentes, se encontraban siempre las hermanas Beguinas.
En la actualidad, esas tres casas constituyen el Museo Amstelkring, el segundo más antiguo de una ciudad que se caracteriza por sus muchos museos. Llamado también “Nuestro Señor en el Ático” por su increíble historia, recibe miles de visitantes cada año. El museo incluye importantes pinturas religiosas, un crucifijo de oro, candelabros, imágenes de santos, y un ostensorio de oro adquirido a un artesano en 1704. También hay artículos de plata, desde incensarios hasta pilas de agua bendita.
La lección más importante que este museo nos enseña es una lección sobre la tolerancia y los derechos individuales de todos, sin importar su religión o creencia. Y que la combinación de iglesia y estado siempre tendió a la intolerancia. Cuando los protestantes ganaron posiciones de poder en Europa, se empecinaron en perseguir a los católicos, a pesar de haber conocido la Inquisición Española. La reina María I de Inglaterra, conocida como María la Sanguinaria, condenó a morir en la hoguera a unos 300 disidentes en su esfuerzo de restituir la autoridad papal, pero cuando los protestantes recuperaron el poder con Isabel I, persiguieron fieramente a los católicos. Aún en la actualidad, a través del mundo, vemos y oímos de cristianos perseguidos por su fe en países como Myanmar, Indonesia e Irán.
Hay un museo en Amsterdam que cobijó a gente que creían en algo más grande que ellos mismos. Al mirar aquellos fieles en ese ático, reconocemos la necesidad de adorar a Dios como deseamos, y que los demás también tienen ese mismo derecho y que debemos ser tolerantes con ellos. Ciertamente, Dios está con todos los hombres que buscan adorarlo en el fondo de su corazón.
Un gran día para la libertad
1989 se recuerda como el año de la caída del muro de Berlín. Aquel 9 de noviembre se anunció oficialmente que los alemanes del Este podrían pasar la frontera, incluyendo el muro, sin necesidad de permisos especiales, a partir de la medianoche. En seguida, se congregaron miles de alemanes de ambos lados del muro y, a la hora señalada, los berlineses del Este, a pie o en automóvil, comenzaron a pasar sin dificultades por los diversos puestos de control. Abundaron las escenas de emoción: abrazos de familiares y amigos que habían estado separados por mucho tiempo, crisis de llanto, rostros que reflejaban incredulidad, brindis, regalos de bienvenida a los visitantes, y se ponían flores en los parabrisas de los automóviles que cruzaban la frontera y en los rifles de los soldados de los puestos de vigilancia. Muchos de los visitantes se dirigieron a los barrios elegantes de Berlín Occidental para celebrar su recién adquirida libertad, mientras que otros prefirieron escalar el muro y, armados de picos y cinceles, comenzaron a hacer realidad su sueño de muchos años, el derrumbamiento del muro de Berlín.
El bloque oriental dominado por los soviéticos sostenía que este muro, levantado el 13 de agosto de 1961 tenía como fin proteger a la población de “elementos fascistas” que conspiraban en contra de la “voluntad popular” de construir un estado socialista en Alemania del Este. No obstante, la verdadera finalidad era prevenir la emigración masiva, especialmente de artistas y profesionales calificados, que marcó a Alemania del Este y todo el bloque comunista luego de la Segunda Guerra Mundial. El muro se extendía a lo largo de 45 kilómetros que dividían la ciudad de Berlín en dos, y 115 kilómetros que separaban la parte occidental de la ciudad del territorio de la República Democrática Alemana. Había nueve cruces fronterizos a través del muro que permitían el paso de los visitantes provenientes de Berlín Occidental y del personal militar. El más famoso fue el conocido como Checkpoint Charlie, destinado al paso del personal militar y extranjeros. El número exacto de personas que perdieron la vida en el intento de superar la implacable vigilancia de los guardias de la RDA cuando se dirigían al sector occidental no se conoce con exactitud y está sujeto a disputas. La fiscalía general de Berlín reporta que el saldo total es 270 personas. Además, unas 3.000 personas fueron detenidas. Durante toda su existencia, se contabilizaron un total de aproximadamente 5.000 fugas al sector occidental.
La caída del muro de Berlín es un acontecimiento histórico que no ocurrió espontáneamente, sino que tiene sus orígenes en innumerables hechos de la vida política alemana, así como de la política internacional. John Kennedy, que desde un primer momento se había manifestado en contra, repudió aquella nefasta frontera en la misma Berlín en junio de 1963 con su inmortal “Ich bin ein Berliner.” Por su parte, el 12 de junio de 1987, Ronald Reagan desafió públicamente al líder soviético Mijail Gorbachov frente a las puertas de Brandenburgo con un tajante “Secretario General Gorbachov, derribe este muro.”
Pero el primer eslabón de una serie de eventos tuvo lugar en agosto de 1989, cuando Hungría decide abrir su frontera con Austria. Para fines de setiembre, más de 13.000 “turistas” de Alemania Oriental, habían escapado a Austria a través de Hungría. Aquel fue el primer acto de apertura al mundo occidental. La respuesta del gobierno de Berlín, entonces, fue prohibir el paso a Hungría, pero eso sólo sirvió para que los alemanes que intentaban escapar se refugiaran en la embajada de Alemania Occidental en Checoslovaquia.
Para octubre de 1989, se veía que la revolución en Alemania Oriental era inevitable. Comenzó con las marchas a favor de la libertad en Leipzig. El 9 de octubre, el jefe del partido comunista, Erich Honecker, ordenó reprimir las manifestaciones, pero Egon Krenz, jefe de seguridad, lo convenció de que retirara la orden. Nada impidió que continuaran las manifestaciones, ahora por toda Alemania Oriental. Gorbachov fue una pieza clave para evitar el derramamiento de sangre. En su visita a Berlín el 7 de octubre, advirtió a los dirigentes que no contarían con el apoyo soviético si recurrían a la fuerza para evitar las manifestaciones. Once días después, Honecker fue despojado de todos sus cargos y lo sustituyó Egon Krenz.
El 27 de octubre, Krenz promulgó una amnistía para los refugiados invitándolos a regresar al país. Sin embargo, el 3 de noviembre, la RDA autorizó a sus ciudadanos a viajar nuevamente a Checoslovaquia, lo que fue aprovechado por varios miles de personas para refugiarse en la embajada de Alemania Occidental en Praga. El 7 de noviembre, ante los éxodos masivos y las constantes manifestaciones, renuncia todo el consejo de ministros, el organismo que regía los destinos de la RDA. Dos días después, la frontera que separaba a las dos Alemanias, al igual que el muro de Berlín, pierden todo su significado. Ya no era necesario pasar a través de otros países como Checoslovaquia o Hungría.
El resto de la historia se dio por añadidura. Muy pronto, las topadoras derribarían aquella abominación que dividió una ciudad, un país y un mundo. Finalmente, el 3 de octubre de 1990, las dos Alemanias se reunifican en la actual República Federal de Alemania.
La noche del 9 de noviembre, mientras los berlineses llevaban a cabo la “destrucción” del muro con todos los medios a su disposición (picos, martillos, etc.) el célebre violoncelista ruso Mstislav Rostropovich, que había tenido que exiliarse en Occidente, fue a tocar al pie del muro junto a las personas que lo demolían. Esta anécdota fue considerada muy significativa.
Durante el proceso de demolición del muro, el artista alemán Bodo Sperling propuso preservar un trozo del mismo con el fin de crear una galería de arte urbano al aire libre. Varias asociaciones de artistas apoyaron la idea y, finalmente, fue creada la East Side Gallery sobre una sección de aproximadamente 1.300 metros del muro. Más de 100 artistas de diversos países fueron invitados a pintar murales en homenaje a la libertad. Este resto del muro original se ha convertido en la galería de arte al aire libre más extensa del mundo. Nikita Kruschev nunca imaginó, sin duda, que tendría ese destino.
Como tampoco imaginó que el 21 de julio de 1990, Roger Waters realizaría el concierto The Wall Live en Potsdamer Platz, con la participación de Scorpions, Van Morrison, Marianne Faithfull, The Band, Cindy Lauper y otros, con el fin de apoyar a la fundación Memorial Fund for Disaster Relief creada para paliar los impactos de guerras o desastres naturales.
El libre albedrío es una condición irrenunciable del ser humano. Cuando un sistema político recurre a la opresión, la persecución o la coerción, estamos asistiendo a acciones aberrantes pues se refieren a la dominación de otros. Ningún país o sistema político tiene legitimidad alguna en imponer sus creencias o ideologías en maneras que violan el derecho de otras personas a elegir libremente. La libertad es el bien supremo del hombre, y no debe ser restringida. El muro de Berlín significó el imperio del totalitarismo, su pleno ejercicio y que cuando ello tiene lugar, la libertad individual se desvanece. Su memoria debería servir para ayudarnos a tomar conciencia de lo que significa cuando un hombre intenta imponer por la fuerza o el terror su ideología a otro hombre.
Esta es la historia de la caída del muro de Berlín. Un gran día para la libertad. No podía faltar en mi blog porque, en definitiva, la única historia que importa es la historia de la libertad.
El bloque oriental dominado por los soviéticos sostenía que este muro, levantado el 13 de agosto de 1961 tenía como fin proteger a la población de “elementos fascistas” que conspiraban en contra de la “voluntad popular” de construir un estado socialista en Alemania del Este. No obstante, la verdadera finalidad era prevenir la emigración masiva, especialmente de artistas y profesionales calificados, que marcó a Alemania del Este y todo el bloque comunista luego de la Segunda Guerra Mundial. El muro se extendía a lo largo de 45 kilómetros que dividían la ciudad de Berlín en dos, y 115 kilómetros que separaban la parte occidental de la ciudad del territorio de la República Democrática Alemana. Había nueve cruces fronterizos a través del muro que permitían el paso de los visitantes provenientes de Berlín Occidental y del personal militar. El más famoso fue el conocido como Checkpoint Charlie, destinado al paso del personal militar y extranjeros. El número exacto de personas que perdieron la vida en el intento de superar la implacable vigilancia de los guardias de la RDA cuando se dirigían al sector occidental no se conoce con exactitud y está sujeto a disputas. La fiscalía general de Berlín reporta que el saldo total es 270 personas. Además, unas 3.000 personas fueron detenidas. Durante toda su existencia, se contabilizaron un total de aproximadamente 5.000 fugas al sector occidental.
La caída del muro de Berlín es un acontecimiento histórico que no ocurrió espontáneamente, sino que tiene sus orígenes en innumerables hechos de la vida política alemana, así como de la política internacional. John Kennedy, que desde un primer momento se había manifestado en contra, repudió aquella nefasta frontera en la misma Berlín en junio de 1963 con su inmortal “Ich bin ein Berliner.” Por su parte, el 12 de junio de 1987, Ronald Reagan desafió públicamente al líder soviético Mijail Gorbachov frente a las puertas de Brandenburgo con un tajante “Secretario General Gorbachov, derribe este muro.”
Pero el primer eslabón de una serie de eventos tuvo lugar en agosto de 1989, cuando Hungría decide abrir su frontera con Austria. Para fines de setiembre, más de 13.000 “turistas” de Alemania Oriental, habían escapado a Austria a través de Hungría. Aquel fue el primer acto de apertura al mundo occidental. La respuesta del gobierno de Berlín, entonces, fue prohibir el paso a Hungría, pero eso sólo sirvió para que los alemanes que intentaban escapar se refugiaran en la embajada de Alemania Occidental en Checoslovaquia.
Para octubre de 1989, se veía que la revolución en Alemania Oriental era inevitable. Comenzó con las marchas a favor de la libertad en Leipzig. El 9 de octubre, el jefe del partido comunista, Erich Honecker, ordenó reprimir las manifestaciones, pero Egon Krenz, jefe de seguridad, lo convenció de que retirara la orden. Nada impidió que continuaran las manifestaciones, ahora por toda Alemania Oriental. Gorbachov fue una pieza clave para evitar el derramamiento de sangre. En su visita a Berlín el 7 de octubre, advirtió a los dirigentes que no contarían con el apoyo soviético si recurrían a la fuerza para evitar las manifestaciones. Once días después, Honecker fue despojado de todos sus cargos y lo sustituyó Egon Krenz.
El 27 de octubre, Krenz promulgó una amnistía para los refugiados invitándolos a regresar al país. Sin embargo, el 3 de noviembre, la RDA autorizó a sus ciudadanos a viajar nuevamente a Checoslovaquia, lo que fue aprovechado por varios miles de personas para refugiarse en la embajada de Alemania Occidental en Praga. El 7 de noviembre, ante los éxodos masivos y las constantes manifestaciones, renuncia todo el consejo de ministros, el organismo que regía los destinos de la RDA. Dos días después, la frontera que separaba a las dos Alemanias, al igual que el muro de Berlín, pierden todo su significado. Ya no era necesario pasar a través de otros países como Checoslovaquia o Hungría.
El resto de la historia se dio por añadidura. Muy pronto, las topadoras derribarían aquella abominación que dividió una ciudad, un país y un mundo. Finalmente, el 3 de octubre de 1990, las dos Alemanias se reunifican en la actual República Federal de Alemania.
La noche del 9 de noviembre, mientras los berlineses llevaban a cabo la “destrucción” del muro con todos los medios a su disposición (picos, martillos, etc.) el célebre violoncelista ruso Mstislav Rostropovich, que había tenido que exiliarse en Occidente, fue a tocar al pie del muro junto a las personas que lo demolían. Esta anécdota fue considerada muy significativa.
Durante el proceso de demolición del muro, el artista alemán Bodo Sperling propuso preservar un trozo del mismo con el fin de crear una galería de arte urbano al aire libre. Varias asociaciones de artistas apoyaron la idea y, finalmente, fue creada la East Side Gallery sobre una sección de aproximadamente 1.300 metros del muro. Más de 100 artistas de diversos países fueron invitados a pintar murales en homenaje a la libertad. Este resto del muro original se ha convertido en la galería de arte al aire libre más extensa del mundo. Nikita Kruschev nunca imaginó, sin duda, que tendría ese destino.
Como tampoco imaginó que el 21 de julio de 1990, Roger Waters realizaría el concierto The Wall Live en Potsdamer Platz, con la participación de Scorpions, Van Morrison, Marianne Faithfull, The Band, Cindy Lauper y otros, con el fin de apoyar a la fundación Memorial Fund for Disaster Relief creada para paliar los impactos de guerras o desastres naturales.
El libre albedrío es una condición irrenunciable del ser humano. Cuando un sistema político recurre a la opresión, la persecución o la coerción, estamos asistiendo a acciones aberrantes pues se refieren a la dominación de otros. Ningún país o sistema político tiene legitimidad alguna en imponer sus creencias o ideologías en maneras que violan el derecho de otras personas a elegir libremente. La libertad es el bien supremo del hombre, y no debe ser restringida. El muro de Berlín significó el imperio del totalitarismo, su pleno ejercicio y que cuando ello tiene lugar, la libertad individual se desvanece. Su memoria debería servir para ayudarnos a tomar conciencia de lo que significa cuando un hombre intenta imponer por la fuerza o el terror su ideología a otro hombre.
Esta es la historia de la caída del muro de Berlín. Un gran día para la libertad. No podía faltar en mi blog porque, en definitiva, la única historia que importa es la historia de la libertad.
jueves, 11 de agosto de 2011
El principio constitucional de la división de poderes
La separación o división de poderes es una ordenación y distribución de las funciones del estado en la cual la titularidad de cada una de ellas es confiada a un organismo público distinto. Es el principio en el que se basan todos los sistemas de gobierno actuales y, en la práctica, es el régimen que más se acerca a las instancias de la democracia “directa” utilizada en la ciudad-estado de Atenas, en la antigua Grecia.
La división de poderes se basa en la existencia de tres poderes que se justifican por necesidades funcionales y de mutuo control. Se concibe que, gracias a esta división, se protegen mejor las libertades individuales. Aristóteles, en la consideración de las diversas actividades que se tienen que desarrollar en el ejercicio del gobierno, hablaba de legislación, administración y ejecución de la justicia.
Quienes aparecen como formuladores de la teoría contemporánea de la división de poderes son Locke y Montesquieu. Ambos parten de la premisa de que las decisiones no deben concentrarse en una estructura única de poder, sino que este poder debe estar disperso en diversas estructuras que se controlan recíprocamente por medio de un sistema de contrapesos y equilibrios que en la tradición anglosajona se conoce como “checks and balances.” La primera división que efectúan es separar el poder entre el mando del monarca y las demás corporaciones: ellas son los poderes ejecutivo, legislativo y federativo; aunque Montesquieu sustituye el último término, que Locke vincula con las relaciones exteriores, por la denominación adoptada en última instancia: judicial. En su obra “El espíritu de las leyes,” Montesquieu define al poder a la vez como función y como órgano.
La división de poderes es el objeto principal de los principios constitucionalistas liberales. Este constitucionalismo encuentra así un modelo institucional opuesto al absolutista. Además, esta fragmentación incluye la organización del poder legislativo en el característico congreso bicameral. Sin olvidar, por supuesto, la independencia de la justicia. Todo esto, junto con la existencia de los derechos individuales, pasa a ser un requisito imprescindible para evitar cualquier arbitrariedad del poder público y, por lo tanto, lograr garantías para la autonomía individual de la acción.
Los dos ejemplos más significativos del principio de separación de poderes son las constituciones norteamericana y francesa. En ambos casos, el poder legislativo gozó en principio de primacía sobre el resto de los poderes y se dotó de rigurosa independencia al poder judicial. Posteriormente, se asiste a un desplazamiento del protagonismo hacia el área ejecutiva como consecuencia primordial de la expansión de las diversas tareas y funciones del estado y la evidencia de que sólo el gobierno y la administración son capaces de absorberlas. En Francia, la limitación de la acción del poder ejecutivo, al tener que observar el principio de legalidad, suponía que el parlamento podía controlar el gobierno emanado del rey. En Estados Unidos, por el contrario, el propio jefe de estado es elegido por el pueblo y la tarea, entonces, es la distribución de responsabilidades. En este sistema, el congreso tiene la facultad excepcional de destituir al presidente, y éste de vetar ciertas leyes.
La constitución argentina fue, en principio, una versión “hispánica” de la constitución estadounidense. En ella, el término de gobierno presidencial era de seis años con una sola reelección alterna. La idea era efectuar los llamados “juicios de residencia” para los que eran necesarios contar con un período de intervalo. Sin embargo, con la reforma constitucional del llamado Pacto de Olivos de 1994, se redujo el período presidencial a cuatro años con una sola reelección.
La división de poderes se basa en la existencia de tres poderes que se justifican por necesidades funcionales y de mutuo control. Se concibe que, gracias a esta división, se protegen mejor las libertades individuales. Aristóteles, en la consideración de las diversas actividades que se tienen que desarrollar en el ejercicio del gobierno, hablaba de legislación, administración y ejecución de la justicia.
Quienes aparecen como formuladores de la teoría contemporánea de la división de poderes son Locke y Montesquieu. Ambos parten de la premisa de que las decisiones no deben concentrarse en una estructura única de poder, sino que este poder debe estar disperso en diversas estructuras que se controlan recíprocamente por medio de un sistema de contrapesos y equilibrios que en la tradición anglosajona se conoce como “checks and balances.” La primera división que efectúan es separar el poder entre el mando del monarca y las demás corporaciones: ellas son los poderes ejecutivo, legislativo y federativo; aunque Montesquieu sustituye el último término, que Locke vincula con las relaciones exteriores, por la denominación adoptada en última instancia: judicial. En su obra “El espíritu de las leyes,” Montesquieu define al poder a la vez como función y como órgano.
La división de poderes es el objeto principal de los principios constitucionalistas liberales. Este constitucionalismo encuentra así un modelo institucional opuesto al absolutista. Además, esta fragmentación incluye la organización del poder legislativo en el característico congreso bicameral. Sin olvidar, por supuesto, la independencia de la justicia. Todo esto, junto con la existencia de los derechos individuales, pasa a ser un requisito imprescindible para evitar cualquier arbitrariedad del poder público y, por lo tanto, lograr garantías para la autonomía individual de la acción.
Los dos ejemplos más significativos del principio de separación de poderes son las constituciones norteamericana y francesa. En ambos casos, el poder legislativo gozó en principio de primacía sobre el resto de los poderes y se dotó de rigurosa independencia al poder judicial. Posteriormente, se asiste a un desplazamiento del protagonismo hacia el área ejecutiva como consecuencia primordial de la expansión de las diversas tareas y funciones del estado y la evidencia de que sólo el gobierno y la administración son capaces de absorberlas. En Francia, la limitación de la acción del poder ejecutivo, al tener que observar el principio de legalidad, suponía que el parlamento podía controlar el gobierno emanado del rey. En Estados Unidos, por el contrario, el propio jefe de estado es elegido por el pueblo y la tarea, entonces, es la distribución de responsabilidades. En este sistema, el congreso tiene la facultad excepcional de destituir al presidente, y éste de vetar ciertas leyes.
La constitución argentina fue, en principio, una versión “hispánica” de la constitución estadounidense. En ella, el término de gobierno presidencial era de seis años con una sola reelección alterna. La idea era efectuar los llamados “juicios de residencia” para los que eran necesarios contar con un período de intervalo. Sin embargo, con la reforma constitucional del llamado Pacto de Olivos de 1994, se redujo el período presidencial a cuatro años con una sola reelección.
jueves, 4 de agosto de 2011
El drama de los refugiados cubanos
En mi entrada anterior, toqué el tema de Elián González, el pequeño refugiado cubano que acaparó la atención mundial en su momento. En este artículo, quiero analizar en profundidad este fenómeno, el de los refugiados o “balseros” cubanos, un fenómeno que –extrañamente- tiende a ser tomado por la opinión pública con una ligereza que sorprende y que llega hasta asustar.
Se habla de los “balseros” como si fuera un juego del Parque de la Costa y no como lo que es realmente: una tragedia humana de dimensiones inconmensurables. El mismo nombre es engañoso. La imagen que nos evoca un “balsero” es un “aventurero” o un “explorador” navegando feliz y despreocupado en una simple embarcación: una imagen totalmente inocente.
Lo que los cubanos están protagonizando en forma ininterrumpida desde hace medio siglo es la penosa salida de una dictadura delirante ejecutada por un déspota senil que se niega a conceder a sus súbditos la más mínima y elemental de las libertades: irse del país a quienes no comparten sus ideas.
Una vez que Fidel Castro se hubo consolidado en el poder en Cuba, algunos pudieron salir al principio, en aquellos primeros días. Otros, después, con más dificultades. Luego fue mucho más difícil. Con la anuencia soviética, la cortina de hierro comenzó a cerrarse herméticamente sobre la patria de Martí. Irse era ya muy arriesgado. Había que escaparse en botes precarios navegando en mares repletos de tiburones, o colgados de los trenes de aterrizaje de los aviones, porque la desesperación de los cubanos es tan grande que, a pesar de todo, se iban de Cuba. Y se siguen yendo, por supuesto.
Claro que nada es fácil. Una familia que desea escapar se somete a todos los riesgos, a todos los miedos. Con ayuda de los compañeros de viaje, se procura la embarcación: un bote, una balsa hecha a mano, hasta arrancan el tejado de madera de una casa para usarlo como balsa. No hay opción. Todo es bueno. Todo sirve. Unos afortunados han conseguido una lancha a motor. Alguien trae los bidones de combustible. Ya están listos para partir. No hay un minuto que perder. Pero algo salió mal: uno de los miembros de la familia, el hijo adolescente, no llegó a reunirse con el grupo a la hora señalada. Nadie sabe qué le pasó. ¿Fue detenido? ¿Alguien lo delató? Y el dilema es esperarlo –y arriesgarse a ser descubiertos- o partir inmediatamente de acuerdo al plan. Pasan unos pocos minutos que parecen horas. El resto del grupo empieza a presionar a los padres: tenemos que irnos, no podemos perder más tiempo, ustedes pueden quedarse si quieren, nosotros ya nos vamos. Y se van todos. Porque es tan grande la desesperación, el sistema comunista los asfixia de tal manera que se van de todos modos, así queden despedazados sus corazones al igual que los núcleos familiares.
Este éxodo incesante a través de medio siglo debiera decirle algo al mundo entero, pero no, por cierto, la explicación que una vez dio el periódico Granma, que dijo que las personas que desean abandonar la isla eran “delincuentes, lumpens, antisociales, vagos y parásitos” y “homosexuales, aficionados al juego y a las drogas que no encuentran en Cuba fácil oportunidad para sus vicios.”
La explicación, definitivamente, son estas declaraciones que un ingeniero cubano residente en Key West, Florida, efectuara hace algunos años ante las cámaras de televisión: “Cubanos que son simples operarios tienen en este país mucho más de lo que los profesionales podemos tener en Cuba. Entonces, abramos los ojos, no es el capitalismo el que explota al hombre; es el comunismo, que nos pone a todos al servicio de una reducida oligarquía: los funcionarios del partido, empezando por Fidel. Ellos son los únicos que pueden defender el comunismo, porque son los únicos que sacan partido de él.”
Cada tanto, vemos por televisión multitudinarias manifestaciones en las que millones de cubanos se congregan junto a Fidel Castro brindándole su adhesión. Uno no puede menos que preguntarse, ¿van a la plaza porque están realmente de acuerdo con el gobierno o porque se controla la asistencia, amenazando con retirar la tarjeta de racionamiento a los ausentes?
El ser humano progresa cuando puede ejercer plenamente sus facultades creativas y cuando tiene derecho a la propiedad de lo que ha producido o recibido en compensación por su trabajo. El drama de los refugiados cubanos representa a gentes que creen en algo más grande que ellos mismos, y lo creen tanto que están dispuestos a arriesgar la vida navegando en botes, balsas, lanchas y literalmente cualquier cosa que flote, como un tejado de madera. Reclaman para sus vidas eso que en Cuba les está vedado: la oportunidad de progresar. Por eso, Granma se equivocó en su enfoque sobre el tipo de “oportunidad” que hay en Cuba. Oportunidades para el vicio hay de sobra. La prueba está en que Fidel Castro todavía vive ahí.
Se habla de los “balseros” como si fuera un juego del Parque de la Costa y no como lo que es realmente: una tragedia humana de dimensiones inconmensurables. El mismo nombre es engañoso. La imagen que nos evoca un “balsero” es un “aventurero” o un “explorador” navegando feliz y despreocupado en una simple embarcación: una imagen totalmente inocente.
Lo que los cubanos están protagonizando en forma ininterrumpida desde hace medio siglo es la penosa salida de una dictadura delirante ejecutada por un déspota senil que se niega a conceder a sus súbditos la más mínima y elemental de las libertades: irse del país a quienes no comparten sus ideas.
Una vez que Fidel Castro se hubo consolidado en el poder en Cuba, algunos pudieron salir al principio, en aquellos primeros días. Otros, después, con más dificultades. Luego fue mucho más difícil. Con la anuencia soviética, la cortina de hierro comenzó a cerrarse herméticamente sobre la patria de Martí. Irse era ya muy arriesgado. Había que escaparse en botes precarios navegando en mares repletos de tiburones, o colgados de los trenes de aterrizaje de los aviones, porque la desesperación de los cubanos es tan grande que, a pesar de todo, se iban de Cuba. Y se siguen yendo, por supuesto.
Claro que nada es fácil. Una familia que desea escapar se somete a todos los riesgos, a todos los miedos. Con ayuda de los compañeros de viaje, se procura la embarcación: un bote, una balsa hecha a mano, hasta arrancan el tejado de madera de una casa para usarlo como balsa. No hay opción. Todo es bueno. Todo sirve. Unos afortunados han conseguido una lancha a motor. Alguien trae los bidones de combustible. Ya están listos para partir. No hay un minuto que perder. Pero algo salió mal: uno de los miembros de la familia, el hijo adolescente, no llegó a reunirse con el grupo a la hora señalada. Nadie sabe qué le pasó. ¿Fue detenido? ¿Alguien lo delató? Y el dilema es esperarlo –y arriesgarse a ser descubiertos- o partir inmediatamente de acuerdo al plan. Pasan unos pocos minutos que parecen horas. El resto del grupo empieza a presionar a los padres: tenemos que irnos, no podemos perder más tiempo, ustedes pueden quedarse si quieren, nosotros ya nos vamos. Y se van todos. Porque es tan grande la desesperación, el sistema comunista los asfixia de tal manera que se van de todos modos, así queden despedazados sus corazones al igual que los núcleos familiares.
Este éxodo incesante a través de medio siglo debiera decirle algo al mundo entero, pero no, por cierto, la explicación que una vez dio el periódico Granma, que dijo que las personas que desean abandonar la isla eran “delincuentes, lumpens, antisociales, vagos y parásitos” y “homosexuales, aficionados al juego y a las drogas que no encuentran en Cuba fácil oportunidad para sus vicios.”
La explicación, definitivamente, son estas declaraciones que un ingeniero cubano residente en Key West, Florida, efectuara hace algunos años ante las cámaras de televisión: “Cubanos que son simples operarios tienen en este país mucho más de lo que los profesionales podemos tener en Cuba. Entonces, abramos los ojos, no es el capitalismo el que explota al hombre; es el comunismo, que nos pone a todos al servicio de una reducida oligarquía: los funcionarios del partido, empezando por Fidel. Ellos son los únicos que pueden defender el comunismo, porque son los únicos que sacan partido de él.”
Cada tanto, vemos por televisión multitudinarias manifestaciones en las que millones de cubanos se congregan junto a Fidel Castro brindándole su adhesión. Uno no puede menos que preguntarse, ¿van a la plaza porque están realmente de acuerdo con el gobierno o porque se controla la asistencia, amenazando con retirar la tarjeta de racionamiento a los ausentes?
El ser humano progresa cuando puede ejercer plenamente sus facultades creativas y cuando tiene derecho a la propiedad de lo que ha producido o recibido en compensación por su trabajo. El drama de los refugiados cubanos representa a gentes que creen en algo más grande que ellos mismos, y lo creen tanto que están dispuestos a arriesgar la vida navegando en botes, balsas, lanchas y literalmente cualquier cosa que flote, como un tejado de madera. Reclaman para sus vidas eso que en Cuba les está vedado: la oportunidad de progresar. Por eso, Granma se equivocó en su enfoque sobre el tipo de “oportunidad” que hay en Cuba. Oportunidades para el vicio hay de sobra. La prueba está en que Fidel Castro todavía vive ahí.
lunes, 1 de agosto de 2011
La libertad y la felicidad
Son las 4 de la mañana del 22 de noviembre de 1999 en Cárdenas, una localidad de la costa norte de Cuba. A bordo de una lancha de aluminio impulsada por un motor precario y defectuoso, un grupo de 14 refugiados emprende la travesía que los llevaría a las costas de la Florida, Estados Unidos. No logrará su cometido. Durante el trayecto, esa lancha es sorprendida por una tormenta y 11 de sus ocupantes mueren ahogados. Los 3 sobrevivientes, dos hombres y un niño que aún no había cumplido seis años, se aferran a un neumático como única posibilidad de salvación. Durante dos días, a merced de las olas y bajo el ardiente sol tropical, quedan librados a su propia suerte hasta que el 25, el día de Acción de Gracias, son avistados por unos pescadores unas millas al este de Fort Lauderdale. Los sobrevivientes son rescatados por estos pescadores y el niño, Elián González, es inmediatamente puesto a disposición del Servicio de Guarda Costas de los Estados Unidos.
La comunidad cubano-estadounidense estaba conmovida. Algunos comparaban al pequeño Elián con Moisés y otros con Jesús. Una residente de Miami declaró al Washington Post, “Elián es una señal de Dios diciéndole a la comunidad exiliada: ‘No los he olvidado.’” Cualquier cosa que pudiera pasar después, agregaba, estaba “en las manos de Dios.”
Como era de esperar, el asunto se politizó enseguida. En Cuba, la batalla por el regreso del niño fue transformada en prioridad de estado. Las siempre tensas relaciones con Washington temblaron de nuevo y Fidel Castro en persona encabezó una campaña patriótica sin precedentes desde los días de la revolución. Los cubanos fueron movilizados en torno a la nueva causa nacionalista. En Estados Unidos, los grupos del exilio lo convirtieron en una divisa anticastrista y batallaron sin tregua ante los tribunales para que el niño se quedase en Miami con unos familiares que ya estaban radicados allí. Puesto que la madre de Elián, que lo acompañaba en la lancha, había muerto en el naufragio, la maraña judicial sólo podía hacerse más compleja.
Finalmente, agentes del FBI sacaron por la fuerza a Elián de la casa de sus familiares en Miami. Juan Miguel, su padre biológico, que lo reclamaba desde Cuba, había ganado la batalla judicial y el niño fue enviado de regreso a su país natal a vivir con él.
Hubo pirotecnia de opiniones desde la izquierda hasta la derecha. Y vale la pena tratar de entender el mensaje que encierra, a nivel moral e intelectual, el drama de un pequeño de cinco años solo en el mundo flotando en un neumático en pleno océano al rayo del sol.
La revista Newsweek, reconocida como “liberal” (en el sentido norteamericano) nos da una pista para entender esto. En aquella ocasión, publicó lo siguiente: “Ser un niño pobre en Cuba puede, en muchas instancias, ser mejor que ser un niño pobre en Miami. Cuba es una sociedad más pacífica que atesora más a sus niños.” Por su parte, un noticiero de la televisión cubana reproducido luego por la cadena CBS reportaba a un cubano que declaraba: “Pienso que los niños en Estados Unidos no pueden tener una vida similar a la que tienen en Cuba, porque hemos estado viendo por televisión, por ejemplo, que ha habido muchos tiroteos hasta en las escuelas. Así que yo pienso que la educación aquí en Cuba es buena.”
Es en este punto en que los intelectuales progresistas reivindican la sociedad cubana como libre contrastándola con los países latinoamericanos sometidos al peso de las ignominias sociales. ¿Acaso queremos tiroteos en las escuelas? No hay tiroteos en las escuelas cubanas. ¿Acaso queremos el analfabetismo? En Cuba ha sido definitivamente erradicado. ¿Acaso queremos deficiencias en la atención médica? En Cuba, la salud pública cubre todo el país y alcanza a toda la población. ¡Aquella es la verdadera libertad!
Yo voy a disentir.
La libertad no significa caminar únicamente por campos “felices.” Esto resulta particularmente duro de aceptar y entender porque va en contra de un ideal en el que cualquiera de nosotros, de izquierda o de derecha, creería: la libertad y la felicidad van juntas, son las dos caras de la misma moneda. Pero no lo son. Quiero decir, no siempre. La libertad y la felicidad pueden darse juntas; pero también, separarse y tomar rumbos diferentes, a veces hasta diametralmente opuestos, y esto coloca al hombre en la disyuntiva de elegir. Es cierto que Cuba ha dado pasos muy importantes en erradicar el analfabetismo, difundir los deportes, y poner la medicina, los libros y las artes al alcance de todos, pero también es cierto que ha montado una estructura de poder omnímodo y sofocante. En ese sentido, Cuba ha optado por la “felicidad” de su pueblo. La antítesis es que se ha apartado del principio de la libertad.
En esa estructura de poder, la posibilidad de elegir está reducida a cero. Quien quiere eligir algo distinto de lo que el sistema ha programado para él (leer los libros que quieran, decir sin miedo lo que piensan, estar o no de acuerdo con el gobierno, repetir o no sus consignas, reunirse libremente, peticionar a las autoridades, votar por el partido que deseen, entrar y salir libremente del país, usar y disponer de la propiedad privada) es un traidor, un enemigo de la revolución que no quiere aceptar la “vida feliz” que se le impone. ¿Cómo no estar de acuerdo con un gobierno que nos enseña a leer y escribir, nos da salud, trabajo y educación, y nos redime de los males sociales que pesan sobre los otros países de América?
El hecho de que en las otras sociedades haya muchas más opciones para elegir –es decir, de pensar distinto a los demás, de cambiar de trabajo o domicilio, de disentir o aun de combatir el sistema- no significa que la felicidad esté garantizada. En la práctica no es así, obviamente, pues ello depende en última instancia de las posibilidades reales de cada individuo (educación, aptitudes, entorno familiar, etc.). Pero eso las hace, al menos potencialmente, más próximas de aquella utopía en la que el ser humano será libre… y feliz. En estas sociedades, el poder no está concentrado en una sola estructura sino dispersado en varias que compiten entre sí y recíprocamente se neutralizan. Esa dispersión es la que garantiza un margen –mayor o menor- de autonomía a los individuos y, al mismo tiempo, es una fuente de conflictos a todo nivel. En Miami hay tiroteos y libertad. En Cuba, ninguno de los dos. Queda en la conciencia de cada uno de nosotros determinar cuál de las dos alternativas representa el mal menor.
De lo expuesto, no debe inferirse que debamos resignarnos a convivir con la violencia y las injusticias sociales que azotan nuestras sociedades. Tenemos que ponernos de acuerdo en la manera en que vamos a enfrentar estos problemas tan serios. Juan Bautista Alberdi decía que las soluciones a los problemas de la libertad surgían de la misma libertad. Nada más lejos de eso que el régimen cubano.
Y en definitiva, el infierno cotidiano de escasez, racionamiento, censura, vigilancia, persecución, encarcelamientos y fusilamientos que ese gobierno está causando a sus súbditos desde hace 52 años, nos hace dudar mucho que nadie –mejor dicho, nadie que no sea un cínico- pueda hablar honestamente de algo que remotamente se parezca a la felicidad en ese país. ¿Dónde atesoran más a los niños? ¿En qué instancias ser pobre en Cuba puede ser mejor que ser pobre en Miami?
La respuesta está en una pobre lancha de aluminio en la que 14 alfabetizados cubanos apelotonados como sardinas, moviéndose a las 4 de la mañana como ladrones para no ser descubiertos, escapan horrorizados de un feliz paraíso socialista en busca de un país donde no saben si encontrarán felicidad, pero sí saben que encontrarán libertad.
La comunidad cubano-estadounidense estaba conmovida. Algunos comparaban al pequeño Elián con Moisés y otros con Jesús. Una residente de Miami declaró al Washington Post, “Elián es una señal de Dios diciéndole a la comunidad exiliada: ‘No los he olvidado.’” Cualquier cosa que pudiera pasar después, agregaba, estaba “en las manos de Dios.”
Como era de esperar, el asunto se politizó enseguida. En Cuba, la batalla por el regreso del niño fue transformada en prioridad de estado. Las siempre tensas relaciones con Washington temblaron de nuevo y Fidel Castro en persona encabezó una campaña patriótica sin precedentes desde los días de la revolución. Los cubanos fueron movilizados en torno a la nueva causa nacionalista. En Estados Unidos, los grupos del exilio lo convirtieron en una divisa anticastrista y batallaron sin tregua ante los tribunales para que el niño se quedase en Miami con unos familiares que ya estaban radicados allí. Puesto que la madre de Elián, que lo acompañaba en la lancha, había muerto en el naufragio, la maraña judicial sólo podía hacerse más compleja.
Finalmente, agentes del FBI sacaron por la fuerza a Elián de la casa de sus familiares en Miami. Juan Miguel, su padre biológico, que lo reclamaba desde Cuba, había ganado la batalla judicial y el niño fue enviado de regreso a su país natal a vivir con él.
Hubo pirotecnia de opiniones desde la izquierda hasta la derecha. Y vale la pena tratar de entender el mensaje que encierra, a nivel moral e intelectual, el drama de un pequeño de cinco años solo en el mundo flotando en un neumático en pleno océano al rayo del sol.
La revista Newsweek, reconocida como “liberal” (en el sentido norteamericano) nos da una pista para entender esto. En aquella ocasión, publicó lo siguiente: “Ser un niño pobre en Cuba puede, en muchas instancias, ser mejor que ser un niño pobre en Miami. Cuba es una sociedad más pacífica que atesora más a sus niños.” Por su parte, un noticiero de la televisión cubana reproducido luego por la cadena CBS reportaba a un cubano que declaraba: “Pienso que los niños en Estados Unidos no pueden tener una vida similar a la que tienen en Cuba, porque hemos estado viendo por televisión, por ejemplo, que ha habido muchos tiroteos hasta en las escuelas. Así que yo pienso que la educación aquí en Cuba es buena.”
Es en este punto en que los intelectuales progresistas reivindican la sociedad cubana como libre contrastándola con los países latinoamericanos sometidos al peso de las ignominias sociales. ¿Acaso queremos tiroteos en las escuelas? No hay tiroteos en las escuelas cubanas. ¿Acaso queremos el analfabetismo? En Cuba ha sido definitivamente erradicado. ¿Acaso queremos deficiencias en la atención médica? En Cuba, la salud pública cubre todo el país y alcanza a toda la población. ¡Aquella es la verdadera libertad!
Yo voy a disentir.
La libertad no significa caminar únicamente por campos “felices.” Esto resulta particularmente duro de aceptar y entender porque va en contra de un ideal en el que cualquiera de nosotros, de izquierda o de derecha, creería: la libertad y la felicidad van juntas, son las dos caras de la misma moneda. Pero no lo son. Quiero decir, no siempre. La libertad y la felicidad pueden darse juntas; pero también, separarse y tomar rumbos diferentes, a veces hasta diametralmente opuestos, y esto coloca al hombre en la disyuntiva de elegir. Es cierto que Cuba ha dado pasos muy importantes en erradicar el analfabetismo, difundir los deportes, y poner la medicina, los libros y las artes al alcance de todos, pero también es cierto que ha montado una estructura de poder omnímodo y sofocante. En ese sentido, Cuba ha optado por la “felicidad” de su pueblo. La antítesis es que se ha apartado del principio de la libertad.
En esa estructura de poder, la posibilidad de elegir está reducida a cero. Quien quiere eligir algo distinto de lo que el sistema ha programado para él (leer los libros que quieran, decir sin miedo lo que piensan, estar o no de acuerdo con el gobierno, repetir o no sus consignas, reunirse libremente, peticionar a las autoridades, votar por el partido que deseen, entrar y salir libremente del país, usar y disponer de la propiedad privada) es un traidor, un enemigo de la revolución que no quiere aceptar la “vida feliz” que se le impone. ¿Cómo no estar de acuerdo con un gobierno que nos enseña a leer y escribir, nos da salud, trabajo y educación, y nos redime de los males sociales que pesan sobre los otros países de América?
El hecho de que en las otras sociedades haya muchas más opciones para elegir –es decir, de pensar distinto a los demás, de cambiar de trabajo o domicilio, de disentir o aun de combatir el sistema- no significa que la felicidad esté garantizada. En la práctica no es así, obviamente, pues ello depende en última instancia de las posibilidades reales de cada individuo (educación, aptitudes, entorno familiar, etc.). Pero eso las hace, al menos potencialmente, más próximas de aquella utopía en la que el ser humano será libre… y feliz. En estas sociedades, el poder no está concentrado en una sola estructura sino dispersado en varias que compiten entre sí y recíprocamente se neutralizan. Esa dispersión es la que garantiza un margen –mayor o menor- de autonomía a los individuos y, al mismo tiempo, es una fuente de conflictos a todo nivel. En Miami hay tiroteos y libertad. En Cuba, ninguno de los dos. Queda en la conciencia de cada uno de nosotros determinar cuál de las dos alternativas representa el mal menor.
De lo expuesto, no debe inferirse que debamos resignarnos a convivir con la violencia y las injusticias sociales que azotan nuestras sociedades. Tenemos que ponernos de acuerdo en la manera en que vamos a enfrentar estos problemas tan serios. Juan Bautista Alberdi decía que las soluciones a los problemas de la libertad surgían de la misma libertad. Nada más lejos de eso que el régimen cubano.
Y en definitiva, el infierno cotidiano de escasez, racionamiento, censura, vigilancia, persecución, encarcelamientos y fusilamientos que ese gobierno está causando a sus súbditos desde hace 52 años, nos hace dudar mucho que nadie –mejor dicho, nadie que no sea un cínico- pueda hablar honestamente de algo que remotamente se parezca a la felicidad en ese país. ¿Dónde atesoran más a los niños? ¿En qué instancias ser pobre en Cuba puede ser mejor que ser pobre en Miami?
La respuesta está en una pobre lancha de aluminio en la que 14 alfabetizados cubanos apelotonados como sardinas, moviéndose a las 4 de la mañana como ladrones para no ser descubiertos, escapan horrorizados de un feliz paraíso socialista en busca de un país donde no saben si encontrarán felicidad, pero sí saben que encontrarán libertad.
El día que estuvimos en California
Hipólito Bouchard fue un militar y corsario francés que luchó al servicio de las Provincias Unidas del Río de la Plata y del Perú. Radicado desde muy joven en Buenos Aires, tomó parte activa en la Revolución combatiendo a las órdenes de Juan B. Azopardo, el almirante Brown y el general San Martín. Se caracterizó por tener un duro carácter que lo llevó a protagonizar varios incidentes con sus tropas y a tomar severas represalias contra quienes se le insubordinaban. En su personalidad, primaban su valentía y un gran espíritu combativo. Liberal y antimonárquico, fue fiel defensor de la causa de la independencia argentina poniendo a su disposición sus vastos conocimientos navales.
Luego de participar en el combate de San Lorenzo, se embarcó en la aventura que lo llevaría a circunnavegar el mundo comandando operaciones de corso, de combate y otras acciones en Madagascar, Indonesia, Filipinas, Hawaii y, finalmente, California. Al mando de la fragata La Argentina, llega a las costas de Monterrey el 20 de noviembre de 1818. La idea del almirante Brown era hostigar el comercio marítimo realista español y obtener recursos pecuniarios. El objetivo era tomar esa población, que en aquel entonces era una pequeña aldea destinada a padres franciscanos. Debido a su emplazamiento, Monterrey estaba aislada de la civilización por el desierto que la rodeaba, por lo cual la única vía de acceso era el mar. Bouchard llegó acompañado por un total de aproximadamente 200 hombres armados con lanzas, fusiles y algunos cañones.
En la madrugada del 24 de noviembre, Bouchard ordenó a sus hombres entrar en combate. Desembarcaron en las proximidades del fuerte de Monterrey, en una caleta oculta detrás de una colina. La resistencia del fuerte fue muy débil, y tras una hora de combate fue enarbolada la bandera argentina. “A las 8 horas desembarcamos, a las 10 era en mi poder la batería y la bandera de mi patria tremolaba en el asta de la fortaleza,” dice la escueta, pero colorida bitácora. Así, los argentinos tomaron la ciudad durante seis días en los que se apropiaron del ganado, quemaron el fuerte, el cuartel de los artilleros, la residencia del gobernador y varias casas de españoles junto a sus huertas y jardines.
El 29 de noviembre zarparon de la bahía de Monterrey dirigiéndose hacia un rancho llamado El Refugio, y sin encontrar resistencia, se apoderaron de los víveres y sacrificaron el ganado. Algunos milicianos esperaban en los alrededores esperando que alguno de los hombres de Bouchard se separara para tomarlo como prisionero. De esta manera, capturaron a un oficial y dos marineros. Bouchard los esperó durante todo el día 6 de diciembre, creyendo que se habían extraviado. Finalmente, decidió partir a Santa Bárbara, donde posiblemente los tuvieran apresados, no sin antes incendiar el rancho. Tras llegar a Santa Bárbara, el corsario envió un emisario al gobernador para proponerle un intercambio de prisioneros. Después de la negociación, los tres hombres capturados fueron liberados y Bouchard debió entregar un prisionero, “el borracho Molina, del que nos hubiéramos librado a cualquier precio.”
El 16 de diciembre, se dirigieron a la misión de San Juan Capistrano, donde solicitaron víveres a los oficiales realistas. Ante la negativa a este pedido, Bouchard decidió mandar a 100 hombres a tomar el pueblo. Tras una breve lucha, los corsarios se llevaron algunos objetos de valor e incendiaron las casas de los españoles. El 20 de diciembre, zarparon a la bahía Vizcaíno, y luego de algunas operaciones en la costa mexicana, emprendieron el regreso hacia Valparaíso, Chile, donde Bouchard se uniría a José de San Martín para colaborar con su campaña libertadora.
Surge la controversia entre los diversos historiadores sobre si catalogar a Monsieur Bouchard como “corsario” o “pirata.” Está claro, como vimos, que sus acciones no se caracterizaban precisamente por el tacto y la diplomacia. Acaso su capacidad, su lealtad, su honestidad de convicciones y su innegable servicio a la causa de la independencia nacional son los factores que lo exoneran definitivamente de todo juicio peyorativo. Si la resolución era hostigar a los españoles allí donde estén, ese objetivo podía darse por cumplido. La presencia española en el océano pacífico era muy importante en esos días, y era primordial debilitarlos como una estrategia para el logro de nuestra independencia.
Y de esta manera, California fue potestad y dominio argentino dando lugar a los hechos mencionados. Resulta ciertamente extraño y conmovedor pensar que en lo que hoy es la quinta unidad económica del mundo, flameó alguna vez la bandera argentina. Recovecos y vericuetos de la historia, si los hay. Los yankis fueron a la luna y nosotros, a California. Es la diferencia entre lo que hace un país del primer mundo y uno del tercero.
Luego de participar en el combate de San Lorenzo, se embarcó en la aventura que lo llevaría a circunnavegar el mundo comandando operaciones de corso, de combate y otras acciones en Madagascar, Indonesia, Filipinas, Hawaii y, finalmente, California. Al mando de la fragata La Argentina, llega a las costas de Monterrey el 20 de noviembre de 1818. La idea del almirante Brown era hostigar el comercio marítimo realista español y obtener recursos pecuniarios. El objetivo era tomar esa población, que en aquel entonces era una pequeña aldea destinada a padres franciscanos. Debido a su emplazamiento, Monterrey estaba aislada de la civilización por el desierto que la rodeaba, por lo cual la única vía de acceso era el mar. Bouchard llegó acompañado por un total de aproximadamente 200 hombres armados con lanzas, fusiles y algunos cañones.
En la madrugada del 24 de noviembre, Bouchard ordenó a sus hombres entrar en combate. Desembarcaron en las proximidades del fuerte de Monterrey, en una caleta oculta detrás de una colina. La resistencia del fuerte fue muy débil, y tras una hora de combate fue enarbolada la bandera argentina. “A las 8 horas desembarcamos, a las 10 era en mi poder la batería y la bandera de mi patria tremolaba en el asta de la fortaleza,” dice la escueta, pero colorida bitácora. Así, los argentinos tomaron la ciudad durante seis días en los que se apropiaron del ganado, quemaron el fuerte, el cuartel de los artilleros, la residencia del gobernador y varias casas de españoles junto a sus huertas y jardines.
El 29 de noviembre zarparon de la bahía de Monterrey dirigiéndose hacia un rancho llamado El Refugio, y sin encontrar resistencia, se apoderaron de los víveres y sacrificaron el ganado. Algunos milicianos esperaban en los alrededores esperando que alguno de los hombres de Bouchard se separara para tomarlo como prisionero. De esta manera, capturaron a un oficial y dos marineros. Bouchard los esperó durante todo el día 6 de diciembre, creyendo que se habían extraviado. Finalmente, decidió partir a Santa Bárbara, donde posiblemente los tuvieran apresados, no sin antes incendiar el rancho. Tras llegar a Santa Bárbara, el corsario envió un emisario al gobernador para proponerle un intercambio de prisioneros. Después de la negociación, los tres hombres capturados fueron liberados y Bouchard debió entregar un prisionero, “el borracho Molina, del que nos hubiéramos librado a cualquier precio.”
El 16 de diciembre, se dirigieron a la misión de San Juan Capistrano, donde solicitaron víveres a los oficiales realistas. Ante la negativa a este pedido, Bouchard decidió mandar a 100 hombres a tomar el pueblo. Tras una breve lucha, los corsarios se llevaron algunos objetos de valor e incendiaron las casas de los españoles. El 20 de diciembre, zarparon a la bahía Vizcaíno, y luego de algunas operaciones en la costa mexicana, emprendieron el regreso hacia Valparaíso, Chile, donde Bouchard se uniría a José de San Martín para colaborar con su campaña libertadora.
Surge la controversia entre los diversos historiadores sobre si catalogar a Monsieur Bouchard como “corsario” o “pirata.” Está claro, como vimos, que sus acciones no se caracterizaban precisamente por el tacto y la diplomacia. Acaso su capacidad, su lealtad, su honestidad de convicciones y su innegable servicio a la causa de la independencia nacional son los factores que lo exoneran definitivamente de todo juicio peyorativo. Si la resolución era hostigar a los españoles allí donde estén, ese objetivo podía darse por cumplido. La presencia española en el océano pacífico era muy importante en esos días, y era primordial debilitarlos como una estrategia para el logro de nuestra independencia.
Y de esta manera, California fue potestad y dominio argentino dando lugar a los hechos mencionados. Resulta ciertamente extraño y conmovedor pensar que en lo que hoy es la quinta unidad económica del mundo, flameó alguna vez la bandera argentina. Recovecos y vericuetos de la historia, si los hay. Los yankis fueron a la luna y nosotros, a California. Es la diferencia entre lo que hace un país del primer mundo y uno del tercero.
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