Mostrando entradas con la etiqueta Historia. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Historia. Mostrar todas las entradas

miércoles, 1 de octubre de 2014

Un acto de valor

Es el 1 de diciembre de 1955. En Montgomery, Alabama, una mujer negra de 42 años llamada Rosa Parks se niega a cederle el asiento a un hombre blanco y moverse a la parte de atrás del ómnibus, como era la práctica habitual en esa región del sur de Estados Unidos. Fue detenida por su conducta, acusada de perturbar el orden. Rosa difícilmente lo sabría, pero su acto rebelde se cita como la chispa del movimiento, y se la reconoce como "la primera dama de los derechos civiles." En respuesta, Martin Luther King, un pastor bautista aún desconocido, condujo una protesta al sistema de transporte público de Montgomery, que simplemente convocaba a la población afroamericana a no usar los ómnibus. Debido al boicot, que duró un año entero y tuvo un notable acatamiento, las autoridades terminaron la práctica de segregación racial en los autobuses de la ciudad. El caso llegó a la Corte Suprema de Justicia de Estados Unidos, que declaró la segregación racial en los transportes públicos como inconstitucional.
Rosa Parks se convirtió en un ícono del movimiento de derechos civiles. Se mudó a Detroit a principios de la década de 1960 donde trabajó para el representante afroamericano John Conyers desde 1965 hasta 1988. Falleció el 24 de octubre de 2005 y sus restos fueron sepultados en la Rotonda del Capitolio, convirtiéndose en la primera mujer y la segunda persona afroamericana en recibir ese honor. Dedicó su vida a luchar contra el racismo recibiendo decenas de medallas y condecoraciones, entre ellas, la Medalla de Oro del Congreso de Estados Unidos.
El acto de valor de Rosa Parks dejó una marca indeleble. Algunos historiadores dudan sobre su contribución al movimiento de derechos civiles, han cuestionado incluso la veracidad de algunos de los elementos más míticos y la describen simplemente como una "costurera cansada" que se negó a ceder el asiento, pero como ella misma afirma en su autobiografía, "Si había algo de lo que estaba cansada era de ceder. No tenía miedo. Había decidido de una vez por todas que tenía que saber qué derechos tenía como ser humano y como ciudadana, incluso en Montgomery, Alabama."
La ironía de “incluir” a Montgomery no era en vano. Rosa Parks nació en un lugar y en una época en que la discriminación racial estaba muy arraigada y se aplicaba en forma violenta. En Pine Level, Alabama, donde vivió en su infancia, los niños blancos iban a la escuela en autobús, mientras que los niños negros debían caminar. Rosa recordó: “Ese era un modo de vida. No teníamos otra alternativa más que aceptar lo que era la costumbre. El autobús fue una de las primeras cosas que me hizo ver que había un mundo para negros y otro para blancos”. En una entrevista de radio, luego del incidente de Montgomery, declaró: "Había llegado el momento de actuar después de haber sido maltratada hasta un punto que ya no podía tolerar.”
Esta es la historia de Rosa Parks, una auténtica rebelde. Su acto de valor en aquel lejano 1955 fue una gran inspiración para muchos. Cuando Rosa conoció a Nelson Mandela, luego de que fuera liberado, Mandela le dijo: "Usted me dio ánimo todos estos años en prisión."
De hecho, ella y otras personas de color se habían negado a dar sus asientos en los autobuses. No sabemos sus nombres. Son aquellos héroes anónimos. Muchos luchan. Muchos son rebeldes. Y su valor ha fortalecido el valor del ser humano. Nunca se sabe cuándo llegará ese momento mágico en que cambia el curso de la historia.
Este año, la Oficina de Correos de Estados Unidos emitió una estampilla denominada "Rosa Parks Forever," una muestra de la marca indeleble que dejó su activismo y la valiente decisión que tomó aquel día en Montgomery, Alabama.
Rosa Parks no era ninguna “costurera cansada.” Como decía Bertolt Bretch: "Hay quienes luchan un día y son buenos. Hay otros que luchan un año y son mejores. Hay quienes luchan muchos años, y son muy buenos. Pero hay los que luchan toda la vida: esos son los imprescindibles."

viernes, 6 de junio de 2014

El Día-D más 70 años

El 6 de junio de 1944 fue el día más largo, la vuelta de bisagra de la historia expresada de manera dramática por Winston Churchill y su inmortal sentencia: "Jamás nos rendiremos." Palabras que esa madrugada cobraron un sentido que perdurará para siempre.
La Operación Overlord, la hazaña del Día-D, ejecutada por sorpresa y en la que se empeñó un enorme esfuerzo bélico, marcó el principio del fin del dominio nazi en Europa.
Entonces se había reunido, en el más absoluto secreto, un ejército de cientos de miles de hombres en Inglaterra. Los ingleses y los norteamericanos que habían cruzado el océano Atlántico se reunieron para invadir el continente que estaba bajo el dominio de Hitler. Todas las capitales –París, Viena, Varsovia, Bruselas, La Haya, Budapest, Belgrado, Praga, Bucarest, Oslo, Copenhague- tenían la cruz svástica.
De pronto, en Normandía, el mar se cubre de barcos y desembarcan las tropas aliadas. El cielo se pone negro de aviones. Llueven paracaidistas. La invasión se derrama arrolladora, y ningún contraataque alemán pudo ya parar el avance de aquellos soldados. Los ojos del mundo estaban puestos en ellos por medio de las tecnologías disponibles: los diarios, el cine y la radio. La invasión se implementó sobre las cinco playas conocidas como Utah, Gold, Sword, Omaha y Juno. En las tres primeras, los aliados no encontraron mayor resistencia, pero en Juno y en "la sangrienta Omaha" tuvieron lugar encarnizadas batallas. Eisenhower, comandante supremo de las Fuerzas Aliadas, dirigía a casi 3 millones de soldados. Más de la mitad de ellos eran estadounidenses; las tropas británicas y canadienses sumaban alrededor de un millón de efectivos, y también había combatientes franceses, polacos, checos, belgas, noruegos y holandeses. Al caer la noche del 6 de junio había 150.000 soldados de las Fuerzas Aliadas en las costas del continente europeo y miles más en camino. Quienes lucharon en las playas ese día cambiaron el curso de la historia.
Y así, imparables, los aliados avanzan sobre Hitler hasta que, en 1945, queda acorralado en el edificio de la Cancillería de Berlín. Para entonces, también se había producido el avance de Rusia y Hitler queda atrapado entre los americanos que embestían por el Oeste y los rusos por el Este. Acosado simultáneamente por ambos frentes, el Fürher ve derrumbarse el edificio de la Cancillería y muere como una rata en su propia ratonera.
Fue así como las fuerzas de la libertad le devolvieron la libertad a Europa. Ese fue el sentido de Normandía.
En la casa del mariscal Rommel, en Herrlingen, Alemania, sonaba el teléfono. Llamaba el jefe de su Estado Mayor para hacerle un resumen de la invasión.
Rommel lo escuchó horrorizado, y aunque estaba claro que aún quedaban por delante meses de lucha, sabía que el juego había terminado. Todavía no eran las 12 del mediodía y el día más largo de la historia ya era historia. La suerte estaba echada. Las cartas ahora jugaban para los aliados. Por un capricho del destino, el poderoso mariscal alemán no estuvo en la línea de fuego durante la batalla decisiva. El 6 de junio era el cumpleaños de su esposa y quiso estar en su casa con ella.
Para unos 2.500 soldados estadounidenses, británicos y canadienses, aquel día de gloria fue el último. La batalla de Normandía terminó al final del verano de 1944. En la actualidad, los restos de más de 100.000 soldados que murieron a lo largo de ese verano yacen en 27 cementerios.
Seis semanas después del Día D, un grupo de conspiradores intentó matar a Hitler, pero fracasaron. Rommel, acusado falsamente de estar involucrado en la conjura, se suicidó envenenándose para evitar el juicio y salvar a su familia de las represalias.
Entre los sobrevivientes del Día D se encontraban Bill Millin, el gaitero británico que acompaño el desembarco en la playa Sword. Después de la guerra se convirtió en enfermero y se radicó en Devon, Inglaterra. Millin falleció en 2010.
El comandante alemán Werner Pluskat, quien sobrevivió al combate de la playa Omaha, recibió órdenes de regresar a Alemania, donde más tarde sería tomado prisionero por los norteamericanos. Fue liberado al finalizar la guerra y dirigió una empresa de cemento alemana. Murió en 2002.
El teniente coronel Terence Otaway recibió la Orden del Servicio Distinguido por la toma de la batería antiaérea de Merville, en la playa Sword, y llegó a ser un empresario exitoso en Surrey, Inglaterra. Otaway decía que el Día D “no sólo fue la clave para la liberación de Europa, sino también el día en que las dispersas fuerzas aliadas se convirtieron en una máquina cohesionada. La OTAN y todas las alianzas occidentales actuales le deben su existencia.” Falleció en 2006.
Lo que siguió a Normandía fue la apoteósica liberación de París y la llegada triunfal de los aliados a Berlín. La guerra terminaba. Después de seis largos y peligrosos años, Europa volvía a conocer la paz.
La reconstrucción de Europa fue hecha por los mismos europeos, pero también por los americanos. Fueron manos americanas las que reconstruyeron Monte Casino en Italia, la Catedral de Reims en Francia, o una plaza de Varsovia o un teatro de Berlín. Y la historia da una vuelta completa. Comienza un nuevo tomo de una gran enciclopedia: la historia de Europa.
Finalmente, el Plan Marshall es la mano de América que se tiende a Europa para que se levante de nuevo y camine.
Se cumplen 70 años de ese acontecimiento crucial: el desembarco de los aliados en Europa, el primer paso para liberar el continente de la ocupación nazi.
Hoy quise recordarlo no sólo como la batalla trágica pero a la vez heroica que fue, un relato desgarrador del enfrentamiento entre hombres, sino también como la vuelta de bisagra al significar el principio del fin de un capítulo negro de la historia y salvar al mundo para la civilización.

lunes, 1 de julio de 2013

La Estatua de la Libertad en Buenos Aires

La Estatua de la Libertad es una imagen de fuerza épica. Su antorcha en alto, su tabula ansata romana sujeta en su mano izquierda constituyen un símbolo universal de libertad política y democracia. Su verdadero nombre es "La libertad iluminando al mundo" pero el mundo la conoce por su nombre "familiar." Esta obra colosal, que fue un regalo de Francia a Estados Unidos al cumplirse el centenario de su independencia, fue diseñada por el arquitecto y escultor Frederick Auguste Bartholdi, a cuya voluntad, talento y decisión se debe su realización. Sobre la tabula ansata está escrito en números romanos la fecha de la independencia de Estados Unidos, el 4 de julio de 1776, y hay inscripto sobre la base del pedestal un extracto de "El nuevo coloso, " el famoso poema de Emma Lazarus, que reza: "Dadme a vuestros rendidos, a vuestros pobres, los cansados, Vuestras masas anhelando respirar en libertad, El desamparado desecho de vuestras rebosantes playas. Enviad éstos, los desamparados, azotados por la tempestad a mí. ¡Levanto mi antorcha junto a la puerta dorada!" Desde entonces, este monumento es un emblema de la ciudad de Nueva York y símbolo de todo Estados Unidos que acoge inmigrantes del mundo entero.
Bartholdi quiso que su trabajo sea un símbolo inmenso e impresionante de la libertad humana para los millones de inmigrantes que vinieron a América en el siglo XIX buscando la libertad y el cumplimiento de sus sueños, y para todos los hombres del mundo que anhelan libertad. En la cabeza, lleva una corona de siete puntas que simboliza los siete mares y los siete continentes. La corona apunta hacia el exterior, hacia el mundo entero. Esa es la esencia: que la antorcha de la libertad brille no sólo para Estados Unidos sino para toda la humanidad. Hacemos hincapié nuevamente en “El nuevo coloso.” El poema diferencia específicamente la Estatua de la Libertad de la del Coloso de Rodas: “No como el broncíneo gigante de helénica fama, con sus conquistadores miembros a horcajadas de tierra a tierra.” Mientras el Coloso fue hecho para celebrar el dominio imperial de la ciudad de Rodas, la Estatua de la Libertad se erigió para dejar bien en claro que la libertad es patrimonio de toda la humanidad.
Pero lo que pocos saben es que esta obra colosal tiene su correlato en Buenos Aires, Argentina. En efecto, en el tradicional paseo de Barrancas de Belgrano hay una réplica a escala reducida sobre la barranca que da a la esquina de La Pampa y Arribeños, realizada por el mismo Bartholdi, y lo curioso es que fue inaugurada veinticinco días antes que su hermana mayor de Nueva York, el 3 de octubre de 1886, probablemente porque el presidente Julio Argentino Roca debía entregar la banda presidencial a su sucesor Miguel Juárez Celman nueve días más tarde. Al pie de la obra de bronce se puede verificar la firma de su autor, A. Bartholdi, y la leyenda Fondu por Le Val D'osne 68, 8 rue Voltaire, Paris.
El hombre es un ser de símbolos. Esto es porque el hombre es un ser social por definición y por eso es que siempre arde en nosotros ese anhelo de pertenecer, de sentirse parte de algo que compartimos con el semejante. La impresionante obra que se yergue como símbolo triunfal en la bahía de Nueva York es un ícono que representa las cosas que más anhelamos: la libertad de pensamiento, la libertad de oportunidad, la libertad de creer en Dios. Los símbolos son muy importantes para el hombre.
La llama eterna de la libertad está dignamente representada por la dama de la antorcha en alto. Su luz jamás se apagará. Cobijados por este poderoso símbolo, desde su sitio de honor en la bahía de Nueva York y su pedestal en las porteñas Barrancas de Belgrano, están estos altos anhelos del hombre. Aquí y allá, la libertad sigue iluminando al mundo.

jueves, 2 de agosto de 2012

El mensaje de un árbol

"Los dos miramos el cielo azul, el castaño sin hojas con sus ramas llenas de gotitas resplandecientes, las gaviotas y los demás pájaros que al volar por encima de nuestras cabezas parecían de plata, y todo esto nos conmovió y nos sobrecogió tanto que no podíamos hablar."
Ana Frank escribió estas emotivas palabras en su diario en febrero de 1944. Ella y su amigo Peter se habían asomado por la ventana del desván, en la parte trasera de la casa donde se ocultaban de los nazis. Era el único contacto con la libertad que tanto extrañaban en su escondite. Luego, en agosto, los delataron. Ana murió en marzo de 1945 en el campo de concentración de Bergen-Belsen, pero su legado sigue vivo.
Un retoño de este castaño que Ana menciona tres veces en su diario fue llevado al Centro Ana Frank Argentina, museo fundado el 12 de junio de 2009 para concientizar sobre los horrores de la guerra, los genocidios y las dictaduras. En la Argentina, donde se refugiaron muchos criminales de guerra nazis y hubo una dictadura militar, este museo funciona en el porteño barrio de Belgrano y atrae a muchos visitantes. Su director, Héctor Shalom, explica: "Comprender a Ana Frank ayuda a muchos jóvenes aquí a entender los horrores de la junta militar."
En 2010, Shalom llevó a la Argentina un retoño del castaño de Amsterdam. El largo viaje y los interminables trámites burocráticos no le hicieron nada bien al arbolito. "El vuelo intercontinental y la espera en el aeropuerto casi lo marchitaron," dice Shalom. Sin embargo, dos años después, ha ocurrido un milagro natural. Este retoño del castaño -árbol que no es nativo de América- se ha adoptado muy bien a su nuevo hábitat. Está creciendo en su jardín y se ha aclimatado a la inversión de las estaciones del año en el hemisferio sur.
El árbol de Ana Frank ha dado la vuelta al mundo. A medida que la enfermedad hacía estragos en el viejo castaño, dos grupos de personas empezaron a prepararse para el día en que ya no existiera. La Fundación de Apoyo al Arbol de Ana Frank recogió las castañas que cayeron al suelo y las sembró en macetas. Muchos de los retoños del árbol se donaron a organizaciones europeas que apoyaban la conmemoración de Ana Frank. En junio de 2011 se sembraron tres brotes del castaño en la calle Ana Frank de Weira, Alemania. La fundación conserva ahora unos 100 retoños.
La Fundación Ana Frank, la asociación oficial que administra el Museo Casa de Ana Frank en Amsterdam, también ha plantado retoños. En Europa, unas 70 escuelas llamadas Ana Frank han recibido algunos, al igual que varias organizaciones afines en Japón, Canadá y otros países. El monumento conmemorativo del Holocausto Yad Vashem, en Jerusalén, tiene uno. Y hacia finales de este año, la Casa Blanca, en Washington, y la Zona Cero de Nueva York tendrán retoños del árbol de Ana Frank, después de una cuarentena de tres años.
Además de estos arbolitos, la Fundación Ana Frank encargó a un vivero especial injertar siete esquejes. Seis de ellos se plantaron en el cementerio municipal de Amsterdam en 2005, para conmemorar el 60° aniversario del final de la Segunda Guerra Mundial.        
En la Argentina, el Centro Ana Frank recibe apoyo administrativo y económico de la Fundación Ana Frank de Amsterdam. En la planta baja del museo hay una exposición diseñada en Holanda sobre la historia de Ana Frank, de la ocupación alemana y de los campos de concentración. En el piso superior se han reconstruido la cocina, el cuarto y otras partes del escondite de Ana. Shalom consiguió piezas auténticas de hace 70 años para el inventario del museo, entre ellas un horno y jabón holandés en polvo. Hasta hay una versión del "Monopoly" de antes de la guerra que consiguió en Holanda. Las paredes, incluso, están decoradas con los mismos retratos de filósofos y estrellas de cine que Ana tenía en su habitación. El aire acondicionado es el único objeto contemporáneo.
Sábado 13 de mayo de 1944: "Ayer fue el cumpleaños de papá, que coincidió con sus diecinueve años de matrimonio con mamá. No vino la señora de la limpieza, y el sol brillaba como no lo había hecho todavía en 1944. Nuestro castaño está en flor, cubierto de hojas de arriba a abajo, e incluso más bello que el año pasado."
Esa fue la última vez que Ana mencionó el árbol. Hoy, en Buenos Aires, tras superar un largo viaje y la inversión de estaciones, su retoño se yergue desafiante en el jardín de una casa del barrio de Belgrano que recuerda el indecible horror de la barbarie nazi.
Hay un árbol que tiene algo que decirnos. El mensaje que este árbol, el árbol de la esperanza, recuerdo viviente de los horrores de la guerra tiene para nosotros es un mensaje de valor y fortaleza contra la discriminación y la intolerancia. Sólo el amor y la solidaridad vencerán al odio y al egoísmo. Es fundamental tomar conciencia, reflexionar y aprender de las cosas que han sucedido, recordando también la dictadura militar que tuvo lugar en el país. Podemos tomar la historia de Ana Frank como punto de reflexión para repensar los valores y conceptos de los derechos humanos, el respeto por las diferencias, la libertad y la democracia.

sábado, 12 de noviembre de 2011

La carta de Abraham Lincoln a una madre

Abraham Lincoln fue presidente de Estados Unidos desde el 4 de marzo de 1861 hasta su asesinato el 15 de abril de 1865. Le tocó afrontar las duras instancias de comandar su país en la cruenta Guerra de Secesión que amenazaba la continuidad misma de esa nación como tal. Durante su mandato, venció a los ejércitos confederados, emitió su Proclama de Emancipación y promovió la Decimotercera Enmienda Constitucional que dio como resultado la abolición de la esclavitud.
La angustia de las madres desconsoladas conmovía muy hondamente a Lincoln. El 21 de noviembre de 1864 escribió la carta más famosa y conmovedora de su vida, dirigida a Lydia Bixby, una mujer de Boston que había perdido a sus cinco hijos en la guerra. El siguiente es el texto completo de la carta:

Estimada señora,

Me han mostrado en los archivos del Ministerio de Guerra una declaración del ayudante del general de Massachusetts expresando que usted es madre de cinco hijos que han muerto gloriosamente en el campo de batalla.

Sé cuán inane e infructuosa ha de parecer cualquier palabra mía que intente distraerla de su aflicción por una pérdida tan abrumadora, pero no puedo abstenerme de ofrecerle el consuelo que quizá se encuentre en la gratitud de la república, para salvar a la cual, murieron.

Ruego al Padre Celestial pueda aplacar la angustia de su pérdida, y le deje sólo el afectuoso recuerdo de sus seres queridos y perdidos, y el solemne orgullo que usted debe sentir al haber realizado tan costoso sacrificio en el altar de la libertad.

Muy sincera y respetuosamente suyo,

A. Lincoln

Las palabras sinceras, simples, humanas de Abraham Lincoln nos ilustran su categoría como estadista, pero más aún como persona. Pienso en el acopio de valor que Lincoln habrá tenido que hacer para escribir esa carta a una madre que perdió a todos sus hijos porque creyeron en algo más grande que ellos mismos. Como lo describe Walt Whitman en su poema "This dust was once the man," Lincoln era "gentil, franco, justo, firme, de mano prudente." En definitiva, todo un hombre en el verdadero sentido de la palabra.
En ese mismo poema, Whitman se refiere al asesinato del Gran Emancipador como “el crimen más vil conocido en cualquier tierra o época.” Sin lugar a dudas, jamás se ha dicho una verdad más grande.

sábado, 1 de octubre de 2011

El día más largo de la historia

Hay una playa que tiene un raro privilegio: puede darse el lujo de decir que fue testigo de aquel día en que comenzó la segunda parte de la historia de Europa. Es la playa de Normandía.
El 6 de junio de 1944 fue el día más largo, el gran giro de bisagra de la historia con esta playa, con esta invasión y con esta inmortal sentencia de Winston Churchill: “Jamás nos rendiremos.” Palabras que a partir de esa madrugada, comienzan a cobrar un sentido que perdurará para siempre.
La Operación Overlord, la hazaña del Día-D, ejecutada por sorpresa y en la que se empeñó un enorme poderío bélico, marcó el principio del fin del dominio nazi en Europa y obligó a los alemanes a librar, poco después y sin éxito, la batalla de París. El aniquilamiento de la maquinaria de guerra germana habría de producirse 11 meses más tarde.
Entonces se había reunido, en el más absoluto secreto, un ejército de cientos de miles de hombres en Inglaterra. Los ingleses y los norteamericanos que habían cruzado el océano Atlántico se reunieron para invadir el continente que estaba bajo el dominio de Hitler. Todas las capitales –París, Viena, Varsovia, Bruselas, La Haya, Budapest, Belgrado, Praga, Bucarest, Oslo, Copenhague- tenían la cruz svástica. En París, los soldados nazis saludaban al Fürher que hablaba desde el balcón del Hotel Crillon con el característico grito de “Hail Hitler” que resonaba como si se volviera a oír en el mundo el “Ave César” de los tiempos de Roma. Y la ciudad estaba llena de banderas de svásticas, que en este caso se veían hasta perderse en el Arco del Carrusel.
De pronto, en Normandía, el mar se cubre de barcos y empiezan a desembarcar ejércitos de americanos y de ingleses. Las tropas de asalto desembarcaron en las cinco playas conocidas como Utah, Gold, Sword, Omaha y Juno. En las tres primeras, el desembarco fue un paseo, pero en Omaha y Juno tuvieron lugar encarnizadas batallas. Los planes iniciales de Rommel de arrojar a los aliados al mar resultaban impracticables y ningún contraataque alemán pudo ya parar el avance de aquellos soldados. Los ojos del mundo estaban puestos sobre ellos por medio de las tecnologías disponibles: la prensa escrita, el cine y la radio.
Y así, el cielo se pone negro de aviones. Llueven paracaidistas. Y una invasión de tropas se derrama arrolladora, empujando al Führer hasta que, en 1945, queda acorralado en el edificio de la Cancillería de Berlín. Para entonces, se había producido el vuelco de Rusia. Hitler, aliado de Stalin, decidió invadir las tierras que los rusos habían ocupado y avanzar hasta Stalingrado en 1941. Entonces, Stalin se vuelve a su vez contra su antiguo aliado, y Hitler queda atrapado entre los americanos que embestían por el Oeste y los rusos por el Este. Acosado simultáneamente por ambos frentes, el Fürher finalmente ve derrumbarse el edificio de la Cancillería, y muere aplastado como una rata dentro de su propia ratonera.
Fue así como las fuerzas de la libertad le devolvieron la libertad a Europa. Ese fue el sentido de Normandía.
Lo que sigue a Normandía es la reconstrucción de Europa por los mismos americanos. Fueron manos americanas las que reconstruyeron Monte Casino en Italia, la Catedral de Reims en Francia, o una plaza de Varsovia o un teatro de Berlín. Y la historia da una vuelta completa. Comienza un nuevo tomo de una gran enciclopedia: la historia europea. Es el comienzo de la historia americana en Europa.
El Plan Marshall es la mano de América que se tiende a Europa para que se levante de nuevo y camine. Ya en 1789, como ha dicho el historiador, “el viento vino de América.” Ahora fue la sangre y la vida. Regresaba la libertad. Fue el regreso del mismo viento.

jueves, 1 de septiembre de 2011

La historia de un museo

La historia nos demuestra que nadie está exento de la máxima “el poder corrompe, y el poder absoluto corrompe absolutamente.” Un ejemplo es la ciudad de Amsterdam, Holanda, que acredita una tradición reciente de pensamiento y gobierno liberal, pero guarda una historia más oscura de persecución.
Amsterdam fue mayoritariamente católica hasta 1578. Holanda se jactaba entonces de sus monasterios, sus grandes iglesias y sus parroquias. Sin embargo, como otros países de Europa en el siglo XVI, la Reforma de propagó y Amsterdam pasó a ser protestante.
Esto fue en parte una reacción a la Inquisición Española, que comenzó a fines del siglo XV. En un intento por mantener la ortodoxia católica en España, los judíos y musulmanes fueron obligados a convertirse o irse del país. Como en esos tiempos Holanda era una colonia española, miles de holandeses fueron muertos.
El 26 de mayo de 1578, los sacerdotes de Amsterdam, que entonces eran calvinistas, pasaron una resolución llamada la “Alteración” que declaró ilegal las iglesias y órdenes católicas. Los curas católicos fueron expulsados de la ciudad, y los templos católicos fueron puestos a disposición de las iglesias protestantes. Muchas de estas iglesias protestantes pertenecían a la Iglesia Reformada Holandesa, la cual tenía vínculos con Juan Calvino. Las Beguinas, una comunidad de mujeres católicas cuyo objetivo era servir a Dios sin apartarse del mundo terrenal, sufrieron la prohibición de usar sus uniformes distintivos mientras realizaban su función de atender a los enfermos y moribundos en las calles de la ciudad. Su iglesia fue cerrada en 1578. Entonces, fue entregada a los calvinistas ingleses en 1607.
Por años, la iglesia católica persiguió a los protestantes, y ahora actos similares eran cometidos contra católicos. Ministros protestantes fueron diligentes en notificar a las autoridades de la ciudad sobre prácticas católicas que ellos observaban, Sin embargo, no tuvieron éxito en erradicar al catolicismo por completo.
En 1661, Jan Hartman, prominente hombre de negocios de Amsterdam, adquirió tres casas junto al canal Oudezijds Voorburgwal. Hartman convirtió el ático de una de esas casas en una iglesia. Con la anuencia de las autoridades, que muchas veces aran sobornadas, grupos de fieles se reunían en secreto para realizar su culto católico. Entre los concurrentes, se encontraban siempre las hermanas Beguinas.
En la actualidad, esas tres casas constituyen el Museo Amstelkring, el segundo más antiguo de una ciudad que se caracteriza por sus muchos museos. Llamado también “Nuestro Señor en el Ático” por su increíble historia, recibe miles de visitantes cada año. El museo incluye importantes pinturas religiosas, un crucifijo de oro, candelabros, imágenes de santos, y un ostensorio de oro adquirido a un artesano en 1704. También hay artículos de plata, desde incensarios hasta pilas de agua bendita.
La lección más importante que este museo nos enseña es una lección sobre la tolerancia y los derechos individuales de todos, sin importar su religión o creencia. Y que la combinación de iglesia y estado siempre tendió a la intolerancia. Cuando los protestantes ganaron posiciones de poder en Europa, se empecinaron en perseguir a los católicos, a pesar de haber conocido la Inquisición Española. La reina María I de Inglaterra, conocida como María la Sanguinaria, condenó a morir en la hoguera a unos 300 disidentes en su esfuerzo de restituir la autoridad papal, pero cuando los protestantes recuperaron el poder con Isabel I, persiguieron fieramente a los católicos. Aún en la actualidad, a través del mundo, vemos y oímos de cristianos perseguidos por su fe en países como Myanmar, Indonesia e Irán.
Hay un museo en Amsterdam que cobijó a gente que creían en algo más grande que ellos mismos. Al mirar aquellos fieles en ese ático, reconocemos la necesidad de adorar a Dios como deseamos, y que los demás también tienen ese mismo derecho y que debemos ser tolerantes con ellos. Ciertamente, Dios está con todos los hombres que buscan adorarlo en el fondo de su corazón.

Un gran día para la libertad

1989 se recuerda como el año de la caída del muro de Berlín. Aquel 9 de noviembre se anunció oficialmente que los alemanes del Este podrían pasar la frontera, incluyendo el muro, sin necesidad de permisos especiales, a partir de la medianoche. En seguida, se congregaron miles de alemanes de ambos lados del muro y, a la hora señalada, los berlineses del Este, a pie o en automóvil, comenzaron a pasar sin dificultades por los diversos puestos de control. Abundaron las escenas de emoción: abrazos de familiares y amigos que habían estado separados por mucho tiempo, crisis de llanto, rostros que reflejaban incredulidad, brindis, regalos de bienvenida a los visitantes, y se ponían flores en los parabrisas de los automóviles que cruzaban la frontera y en los rifles de los soldados de los puestos de vigilancia. Muchos de los visitantes se dirigieron a los barrios elegantes de Berlín Occidental para celebrar su recién adquirida libertad, mientras que otros prefirieron escalar el muro y, armados de picos y cinceles, comenzaron a hacer realidad su sueño de muchos años, el derrumbamiento del muro de Berlín.
El bloque oriental dominado por los soviéticos sostenía que este muro, levantado el 13 de agosto de 1961 tenía como fin proteger a la población de “elementos fascistas” que conspiraban en contra de la “voluntad popular” de construir un estado socialista en Alemania del Este. No obstante, la verdadera finalidad era prevenir la emigración masiva, especialmente de artistas y profesionales calificados, que marcó a Alemania del Este y todo el bloque comunista luego de la Segunda Guerra Mundial. El muro se extendía a lo largo de 45 kilómetros que dividían la ciudad de Berlín en dos, y 115 kilómetros que separaban la parte occidental de la ciudad del territorio de la República Democrática Alemana. Había nueve cruces fronterizos a través del muro que permitían el paso de los visitantes provenientes de Berlín Occidental y del personal militar. El más famoso fue el conocido como Checkpoint Charlie, destinado al paso del personal militar y extranjeros. El número exacto de personas que perdieron la vida en el intento de superar la implacable vigilancia de los guardias de la RDA cuando se dirigían al sector occidental no se conoce con exactitud y está sujeto a disputas. La fiscalía general de Berlín reporta que el saldo total es 270 personas. Además, unas 3.000 personas fueron detenidas. Durante toda su existencia, se contabilizaron un total de aproximadamente 5.000 fugas al sector occidental.
La caída del muro de Berlín es un acontecimiento histórico que no ocurrió espontáneamente, sino que tiene sus orígenes en innumerables hechos de la vida política alemana, así como de la política internacional. John Kennedy, que desde un primer momento se había manifestado en contra, repudió aquella nefasta frontera en la misma Berlín en junio de 1963 con su inmortal “Ich bin ein Berliner.” Por su parte, el 12 de junio de 1987, Ronald Reagan desafió públicamente al líder soviético Mijail Gorbachov frente a las puertas de Brandenburgo con un tajante “Secretario General Gorbachov, derribe este muro.”
Pero el primer eslabón de una serie de eventos tuvo lugar en agosto de 1989, cuando Hungría decide abrir su frontera con Austria. Para fines de setiembre, más de 13.000 “turistas” de Alemania Oriental, habían escapado a Austria a través de Hungría. Aquel fue el primer acto de apertura al mundo occidental. La respuesta del gobierno de Berlín, entonces, fue prohibir el paso a Hungría, pero eso sólo sirvió para que los alemanes que intentaban escapar se refugiaran en la embajada de Alemania Occidental en Checoslovaquia.
Para octubre de 1989, se veía que la revolución en Alemania Oriental era inevitable. Comenzó con las marchas a favor de la libertad en Leipzig. El 9 de octubre, el jefe del partido comunista, Erich Honecker, ordenó reprimir las manifestaciones, pero Egon Krenz, jefe de seguridad, lo convenció de que retirara la orden. Nada impidió que continuaran las manifestaciones, ahora por toda Alemania Oriental. Gorbachov fue una pieza clave para evitar el derramamiento de sangre. En su visita a Berlín el 7 de octubre, advirtió a los dirigentes que no contarían con el apoyo soviético si recurrían a la fuerza para evitar las manifestaciones. Once días después, Honecker fue despojado de todos sus cargos y lo sustituyó Egon Krenz.
El 27 de octubre, Krenz promulgó una amnistía para los refugiados invitándolos a regresar al país. Sin embargo, el 3 de noviembre, la RDA autorizó a sus ciudadanos a viajar nuevamente a Checoslovaquia, lo que fue aprovechado por varios miles de personas para refugiarse en la embajada de Alemania Occidental en Praga. El 7 de noviembre, ante los éxodos masivos y las constantes manifestaciones, renuncia todo el consejo de ministros, el organismo que regía los destinos de la RDA. Dos días después, la frontera que separaba a las dos Alemanias, al igual que el muro de Berlín, pierden todo su significado. Ya no era necesario pasar a través de otros países como Checoslovaquia o Hungría.
El resto de la historia se dio por añadidura. Muy pronto, las topadoras derribarían aquella abominación que dividió una ciudad, un país y un mundo. Finalmente, el 3 de octubre de 1990, las dos Alemanias se reunifican en la actual República Federal de Alemania.
La noche del 9 de noviembre, mientras los berlineses llevaban a cabo la “destrucción” del muro con todos los medios a su disposición (picos, martillos, etc.) el célebre violoncelista ruso Mstislav Rostropovich, que había tenido que exiliarse en Occidente, fue a tocar al pie del muro junto a las personas que lo demolían. Esta anécdota fue considerada muy significativa.
Durante el proceso de demolición del muro, el artista alemán Bodo Sperling propuso preservar un trozo del mismo con el fin de crear una galería de arte urbano al aire libre. Varias asociaciones de artistas apoyaron la idea y, finalmente, fue creada la East Side Gallery sobre una sección de aproximadamente 1.300 metros del muro. Más de 100 artistas de diversos países fueron invitados a pintar murales en homenaje a la libertad. Este resto del muro original se ha convertido en la galería de arte al aire libre más extensa del mundo. Nikita Kruschev nunca imaginó, sin duda, que tendría ese destino.
Como tampoco imaginó que el 21 de julio de 1990, Roger Waters realizaría el concierto The Wall Live en Potsdamer Platz, con la participación de Scorpions, Van Morrison, Marianne Faithfull, The Band, Cindy Lauper y otros, con el fin de apoyar a la fundación Memorial Fund for Disaster Relief creada para paliar los impactos de guerras o desastres naturales.
El libre albedrío es una condición irrenunciable del ser humano. Cuando un sistema político recurre a la opresión, la persecución o la coerción, estamos asistiendo a acciones aberrantes pues se refieren a la dominación de otros. Ningún país o sistema político tiene legitimidad alguna en imponer sus creencias o ideologías en maneras que violan el derecho de otras personas a elegir libremente. La libertad es el bien supremo del hombre, y no debe ser restringida. El muro de Berlín significó el imperio del totalitarismo, su pleno ejercicio y que cuando ello tiene lugar, la libertad individual se desvanece. Su memoria debería servir para ayudarnos a tomar conciencia de lo que significa cuando un hombre intenta imponer por la fuerza o el terror su ideología a otro hombre.
Esta es la historia de la caída del muro de Berlín. Un gran día para la libertad. No podía faltar en mi blog porque, en definitiva, la única historia que importa es la historia de la libertad.

lunes, 1 de agosto de 2011

El día que estuvimos en California

Hipólito Bouchard fue un militar y corsario francés que luchó al servicio de las Provincias Unidas del Río de la Plata y del Perú. Radicado desde muy joven en Buenos Aires, tomó parte activa en la Revolución combatiendo a las órdenes de Juan B. Azopardo, el almirante Brown y el general San Martín. Se caracterizó por tener un duro carácter que lo llevó a protagonizar varios incidentes con sus tropas y a tomar severas represalias contra quienes se le insubordinaban. En su personalidad, primaban su valentía y un gran espíritu combativo. Liberal y antimonárquico, fue fiel defensor de la causa de la independencia argentina poniendo a su disposición sus vastos conocimientos navales.
Luego de participar en el combate de San Lorenzo, se embarcó en la aventura que lo llevaría a circunnavegar el mundo comandando operaciones de corso, de combate y otras acciones en Madagascar, Indonesia, Filipinas, Hawaii y, finalmente, California. Al mando de la fragata La Argentina, llega a las costas de Monterrey el 20 de noviembre de 1818. La idea del almirante Brown era hostigar el comercio marítimo realista español y obtener recursos pecuniarios. El objetivo era tomar esa población, que en aquel entonces era una pequeña aldea destinada a padres franciscanos. Debido a su emplazamiento, Monterrey estaba aislada de la civilización por el desierto que la rodeaba, por lo cual la única vía de acceso era el mar. Bouchard llegó acompañado por un total de aproximadamente 200 hombres armados con lanzas, fusiles y algunos cañones.
En la madrugada del 24 de noviembre, Bouchard ordenó a sus hombres entrar en combate. Desembarcaron en las proximidades del fuerte de Monterrey, en una caleta oculta detrás de una colina. La resistencia del fuerte fue muy débil, y tras una hora de combate fue enarbolada la bandera argentina. “A las 8 horas desembarcamos, a las 10 era en mi poder la batería y la bandera de mi patria tremolaba en el asta de la fortaleza,” dice la escueta, pero colorida bitácora. Así, los argentinos tomaron la ciudad durante seis días en los que se apropiaron del ganado, quemaron el fuerte, el cuartel de los artilleros, la residencia del gobernador y varias casas de españoles junto a sus huertas y jardines.
El 29 de noviembre zarparon de la bahía de Monterrey dirigiéndose hacia un rancho llamado El Refugio, y sin encontrar resistencia, se apoderaron de los víveres y sacrificaron el ganado. Algunos milicianos esperaban en los alrededores esperando que alguno de los hombres de Bouchard se separara para tomarlo como prisionero. De esta manera, capturaron a un oficial y dos marineros. Bouchard los esperó durante todo el día 6 de diciembre, creyendo que se habían extraviado. Finalmente, decidió partir a Santa Bárbara, donde posiblemente los tuvieran apresados, no sin antes incendiar el rancho. Tras llegar a Santa Bárbara, el corsario envió un emisario al gobernador para proponerle un intercambio de prisioneros. Después de la negociación, los tres hombres capturados fueron liberados y Bouchard debió entregar un prisionero, “el borracho Molina, del que nos hubiéramos librado a cualquier precio.”
El 16 de diciembre, se dirigieron a la misión de San Juan Capistrano, donde solicitaron víveres a los oficiales realistas. Ante la negativa a este pedido, Bouchard decidió mandar a 100 hombres a tomar el pueblo. Tras una breve lucha, los corsarios se llevaron algunos objetos de valor e incendiaron las casas de los españoles. El 20 de diciembre, zarparon a la bahía Vizcaíno, y luego de algunas operaciones en la costa mexicana, emprendieron el regreso hacia Valparaíso, Chile, donde Bouchard se uniría a José de San Martín para colaborar con su campaña libertadora.
Surge la controversia entre los diversos historiadores sobre si catalogar a Monsieur Bouchard como “corsario” o “pirata.” Está claro, como vimos, que sus acciones no se caracterizaban precisamente por el tacto y la diplomacia. Acaso su capacidad, su lealtad, su honestidad de convicciones y su innegable servicio a la causa de la independencia nacional son los factores que lo exoneran definitivamente de todo juicio peyorativo. Si la resolución era hostigar a los españoles allí donde estén, ese objetivo podía darse por cumplido. La presencia española en el océano pacífico era muy importante en esos días, y era primordial debilitarlos como una estrategia para el logro de nuestra independencia.
Y de esta manera, California fue potestad y dominio argentino dando lugar a los hechos mencionados. Resulta ciertamente extraño y conmovedor pensar que en lo que hoy es la quinta unidad económica del mundo, flameó alguna vez la bandera argentina. Recovecos y vericuetos de la historia, si los hay. Los yankis fueron a la luna y nosotros, a California. Es la diferencia entre lo que hace un país del primer mundo y uno del tercero.

jueves, 3 de marzo de 2011

Manuel Dorrego

Manuel Dorrego nació en Buenos Aires el 11 de junio de 1787. En su breve y turbulenta existencia fue sucesivamente militar, periodista y político, viajando mucho por todo el continente americano. Integró el Partido Federal, cuyo máximo referente era José Gervasio Artigas.
Al estallar la Revolución de Mayo, Dorrego se encontraba en Chile, donde participó de la represión de una reacción realista y desde donde regresó para integrarse a las huestes criollas en la Guerra de la Independencia.
Se destacó como militar en el Ejército del Norte, y participó en los combates de Sansana y Nazareno. Más tarde, fue comandado por Manuel Belgrano, llegando al grado de coronel.
Participó como jefe de infantería de la reserva en las batallas de Tucumán y Salta, siendo uno de los primeros jefes en llegar a esta última. A pesar de su valor y capacidad tuvo, sin embargo, problemas a causa de su indisciplina. Eso lo privó de participar en las dos últimas batallas de la campaña del Alto Perú. El propio Belgrano comentaría, mas tarde, que habría ganado esas batallas de haber contado con Dorrego.
Volvió a incorporarse al ejército para apoyar la retirada del mismo del Alto Perú. Pero el nuevo jefe, San Martín, lo sancionó por nuevas faltas de disciplina, lo que le valió un retraso en su ascenso militar y no participar tampoco en la tercera campaña al Alto Perú.
Al iniciarse abiertamente el conflicto entre unitarios y federales, se encontró a las órdenes del Directorio, en ese momento de ideología unitaria, y luchó contra los caudillos federales, derrotando inicialmente a Fernando Ortogués en la batalla de Marmarajá el 14 de octubre de 1814, aunque luego fue derrotado por el entonces lugarteniente de Ortogués, José Fructuoso Rivera, en la batalla de Guayabos, el 10 de enero de 1815.
Sin embargo, la participación en el conflicto que afectaba al las Provincias Unidas del Río de la Plata lo hizo ir acercándose al ideario de Artigas. Se pronunció por el federalismo, buscando la autonomía de Buenos Aires en igualdad de condiciones que las demás provincias. Dirigió un grupo opositor al Directorio, en el que figuraban Manuel Moreno, Pedro José Agrelo, Domingo French, Vicente Pazos Kanki, Manuel Payola y Feliciano Chiclana. Apoyaba la moción republicana en contra de las intenciones del Directorio de instaurar una monarquía. Por otra parte, se opuso a la política del Director Supremo Juan Martín de Pueyrredón de aliarse con los portugueses para atacar a los unitarios en la Banda Oriental. Por ello, fue arrestado y expulsado por Pueyrredón.
Fue condenado al destierro en Santo Domingo, una colonia española. En el viaje, el capitán del barco que lo transportaba lo liberó y consiguió llegar a Baltimore, donde se radicó. Allí se le unieron otros miembros de su partido, también expulsados por Pueyrredón. Su exilio le sirvió para conocer el federalismo en profundidad, se familiarizó con el pensamiento liberal, leyó los periódicos e incluso editó uno en castellano. Se entrevistó con varios políticos y se afianzó en su posición liberal, republicana y federal.
De regreso en Buenos Aires en 1820, comenzó su carrera política propiamente dicha. Fue gobernador en dos brevísimos períodos, del 29 de junio al 20 de setiembre de 1820 y del 13 de agosto de 1827 al 1 de diciembre de 1828. En ambos, llevó adelante intensas campañas militares destinadas a dar al país una organización federal. Venció a las huestes de Estanislao López en San Nicolás de los Arroyos. Después, invadió la provincia de Santa Fe y derrotó a López en una pequeña batalla en Pavón. Días después, sin embargo, López lo derrotó en Gamonal.
Durante su segundo mandato, rechazó el grado de general que le fuera ofrecido explicando que sólo lo aceptaría cuando se considerara digno de tal honor, es decir, cuando lo ganara en el campo de batalla; pero muchos quisieron interpretar que quería decir cuando se considerara digno de ser comparado con Artigas, Belgrano o San Martín.
Su gobierno trató de ser federal, sin lograrlo por completo. Dorrego intentó organizar el país. Las provincias lo miraban con un gran respeto y le confiaron la jefatura de los ejércitos y las relaciones exteriores.
Trató de superar el tratado de paz que Rivadavia había firmado con Brasil, e intentó concluir la guerra con ese país que había comenzado bajo la gestión de aquel. Sin embargo, la presión inglesa, ejercida directamente por el embajador John Posnonby, e indirectamente a través del Banco de la Provincia, controlado por capitales ingleses trabaron su accionar. Por otra parte, las acciones militares directas de naves del Reino Unido y Brasil forzaron a Dorrego a ratificar los desventajosos términos de la paz que Rivadavia había aceptado. Finalmente, aceptó la independencia de la provincia en disputa, el Uruguay, el 29 de setiembre 1828. Días más tarde, las tropas argentinas estacionadas en Río Grande partían de regreso.
Dorrego era propenso a ganarse enemigos. Desde el periódico “El Tribuno” combatió la política centralizadora de Rivadavia en influyó con su predica en la crisis que culminó con su renuncia el 7 de julio de 1827. Los ánimos estaban caldeados, el enfrentamiento estaba latente y los unitarios esperaron su oportunidad. Esta llegó con el ejército que había combatido contra el Brasil, cuyos oficiales estaban abiertamente descontentos con el tratado de paz.
Dorrego estaba sencillamente indefenso: a la luz del día, se tramaba una conspiración para derrocarlo. Cuando le dijeron que Lavalle, antiguo compañero de armas y a quien Dorrego había recomendado en su momento para un ascenso estaba a punto de atacarlo, no lo podía creer. El 1 de diciembre de 1828 es el principio del fin: Lavalle, al frente de una insurrección militar, tomó el poder. Dorrego fue detenido y muy pocos días más tarde, apenas el 13 de diciembre, su vida se iba bajo las balas de sus fusiladores en Navarro, provincia de Buenos Aires. Mientras estuvo detenido escribió una carta a Estanislao López y otra a su esposa, Angela Baudrix, en las que les expresó: “dentro de unas horas seré fusilado, y todavía no sé la razón.”
Manuel Dorrego era un hombre ilustrado. Defendió el derecho al voto de los "criados a sueldo, peones jornaleros y soldados de línea.” El decía que “en un país republicano” todos debían tener participación “en la organización del gobierno y de las leyes.” A modo de desafío, planteaba lo siguiente: “¿Es posible que los asalariados sean buenos para lo que es penoso y odioso en la sociedad, pero que no puedan tomar parte en las elecciones?” Era una postura que tocaba muchos intereses y que le granjeó muchos enemigos. De hecho, cuando el gobernador fue derrocado y la legislatura disuelta, los unitarios celebraron que "los sirvientes volverán a la cocina."
El derrocamiento y posterior fusilamiento de Manuel Dorrego fue el primer golpe militar realizado en la Argentina contra un gobierno legítimamente elegido por el pueblo. La primera página de esa larga serie de desencuentros que signaría de tragedia la historia del país. En todos los casos, las consecuencias fueron el miedo, la violencia, las luchas fraticidas, el deterioro del aparato productivo y el aumento de la deuda externa; duras lecciones que le permitieron a los argentinos repensar su forma de actuar y aprender de sus errores, que hasta el día de hoy esperan no volver a cometer.

viernes, 1 de octubre de 2010

Rosas y espinas

La página más negra de la historia nacional se llama Juan Manuel de Rosas. El mismo de la mazorca, de las matanzas sangrientas, de la represión y el exilio, de la infame divisa punzó, infame no por su significado sino por ser obligatorio su uso. El mismo que se burlaba de la democracia y de la razón. El que proscribía a sus opositores políticos y hasta sus rivales económicos. El que intervenía en la función judicial para adecuar las decisiones de sus magistrados a sus propios intereses. El que vivía a cuerpo de rey en Palermo mientras que el pueblo estaba sumido en la miseria y carecía de posibilidades reales de progreso. El que se rodeó de una corte de obsecuentes y hostigó a los que no querían serlo. El que postergó sin razón la organización nacional. El que fuera descripto con asombro científico por Darwin como un tardío señor feudal.
El país conoció la sangre de los amigos de la libertad, derramada por el tirano. Los que recordamos con admiración y agradecimiento los alzamientos de la década heroica de 1810, miramos sombríamente las décadas de 1830 y 1840 signadas por el terror y la opresión, por el atraso y la oscuridad nacional. Florencio Varela, el médico que hablaba siete idiomas, fue asesinado en Montevideo por los sicarios del régimen. Cesáreo Bernaldo de Quirós es un pintor argentino famoso por su retrato de las masacres rosistas. Igualmente fiel es la crónica de José Mármol. A pesar de su pobre lealtad histórica, el film "Camila" nos recuerda otra faceta del gobernador: su orden infanticida de proceder a la ejecución de una joven embarazada arrasando con las leyes vigentes, la moral básica y el sentido común. Al decir de Esteban Echeverría, el foco de la federación estaba en el matadero.
La Argentina tuvo muchos próceres. Algunos ofrendaron la vida o la libertad por sus ideales como Paz, Belgrano o Liniers. Otros como San Martín, Alberdi o Sarmiento optaron por el exilio antes que renunciar a la característica que los había definido toda su vida: la coherencia. Pero gente ha habido que ni asumió sus responsabilidades ni se fue con la cabeza alta. Por el contrario, huyó. Y este escapista se lució por elegir como meta de su fuga una de las más profundas democracias que jamás pudo conocer: Inglaterra. Ni la Rusia zarista ni la Alemania prusiana resultaron del agrado del restaurador. Me extraña, entonces, que no se haya ido a vivir a Estados Unidos. Parafraseando al Quijote, hipócritas veredes, Sancho.
El 3 de febrero de 1852 es el gran giro de bisagra de la historia. Urquiza derrota al tirano en Caseros. El país sale de su letargo y se encamina hacia la organización definitiva. Atrás quedaba la noche de la tiranía rosista. Adelante, la historia de una nación en busca de su luz, su razón de ser y su libertad.

jueves, 2 de septiembre de 2010

Un hombre, una utopía

El muro de Berlín, el desembarco en Bahía Cochinos y la crisis provocada por la instalación de misiles soviéticos en Cuba a la vez que las luchas por los derechos civiles atormentaban su administración nacional, fueron factores de enorme peso político que debió afrontar el presidente John Fitzgerald Kennedy durante sus mil días de gobierno en los Estados Unidos.
El muro de Berlín fue una de las heridas más dañinas que la humanidad padeció desde la finalización de la segunda guerra mundial. Kennedy manifestó su oposición en 1961 y luego repudió aquella ignominiosa frontera desde la misma Berlín con su inolvidable "Ich bin ein Berliner." Y en 1962, al instalar los rusos sus bases de misiles de largo alcance en Cuba, el mismo Kennedy fijó una firme posición que obligó a Kruschev a desmantelar esas bases. El incidente de los misiles demostró que el primer ministro soviético tenía la clara intención de establecer en la isla caribeña la cabecera de puente de la avanzada comunista en América. La decidida intervención del mandatario norteamericano cambió, sin duda, el curso de la historia.
Sin embargo, el episodio más significativo que debió protagonizar el presidente fue su propia muerte, el 22 de noviembre de 1963. Fue asesinado en Dallas, Texas. John Kennedy partía muy pronto de este mundo y Occidente se quedaba sin su máximo conductor político. El magnicidio perpetrado en Dallas fue seguido de una serie de inexplicables desapariciones de testigos del hecho, y hasta el presente plantea una serie de interrogantes a los que no se ha dado satisfactoria respuesta. La primera consecuencia del crimen fue el asesinato del propio Lee Harvey Oswald, a quien todos los indicios presentaban como el principal sospechoso. Un tal Jack Ruby lo asesinaba en la penitenciaría de Dallas frente a las cámaras de televisión. A su vez, la posterior muerte de Ruby borró toda pista para la develación del magnicidio, ya que fue muy difícil aceptar que ambos crímenes no estuvieran conectados.
El juez Warren llegó a compilar en un voluminoso informe las pruebas de que, teóricamente, Oswald había actuado solo. ¿Hubo una conspiración? Hay muchos motivos para creerlo, pero las preguntas que nunca hallaron respuesta son, ¿quiénes? ¿por qué? ¿para qué? Kennedy tenía muchos enemigos a raíz de los graves hechos que debió afrontar durante los mil días en que estuvo al frente de la Casa Blanca. El peor de esos enemigos fue el que lo alcanzó en Dallas.
John Kennedy había logrado redefinir el sueño americano, ese sueño siempre inconcluso, esa utopía que jamás parece terminar de definirse. El mismo había dicho que la sociedad americana era un proceso, no una conclusión. Como si acaso hubiera podido ver que viente años más tarde, ese proceso sería nuevamente redefinido por un pueblo que ya había adherido en forma mayoritaria a la revolución conservadora del presidente Ronald Reagan.
Más tarde, el fallecimiento de Jacqueline Kennedy cerraba definitivamente el ciclo. Y los mismos niños que un frío día de noviembre de 1963 habían despedido al presidente, hacían lo propio, ya adultos, con la ex primera dama en el mismo lugar que treinta años atrás había detenido el pulso del mundo.
Los tiempos han cambiado, pero John Kennedy dejó una herencia que permanece viva en una Norteamérica que cree en su futuro, que constantemente se reinventa y redefine a sí misma, que busca permanentemente su utopía y espera algún día encontrarla sólo para volver a soñar. Desde su eterna morada en Arlington, un hombre llamado John F. Kennedy sigue divisando esa utopía.

jueves, 5 de agosto de 2010

Los Peregrinos

El viaje de los Peregrinos a América del Norte comenzó con los Puritanos de North Nottinghamshire, quienes estaban en desacuerdo con la iglesia anglicana y decidieron separarse de la misma. Ellos creían en la libertad de culto y en la tolerancia religiosa. Su forma de pensar les trajo persecución, ya que se consideraba que la religión y la lealtad a la corona iban juntas. El grupo se dirigió en primer lugar a Holanda. Sin embargo, las desfavorables condiciones en ese país los llevaron a decidir emigrar al Nuevo Mundo, allende el océano.
Un grupo de separatistas se trasladó entonces de Holanda a Inglaterra. Se hicieron los preparativos para el viaje y tras obtener la aprobación real, un contingente de 102 pasajeros se embarcó en el Mayflower, comandados por el capitán Christopher Jones. Después de 66 días de penosa navegacion en que no tuvieron alimentos frescos y el agua estuvo estrictamente racionada, avistaron costas americanas el 19 de noviembre de 1620. Llegaban a Cape Cod, Massachusetts, mientras que su destino original había sido el río Hudson en Nueva York, unos cientos de millas hacia el sur. Sin embargo, no estaban disconformes con esta nueva ubicación. Por fin, podían ser libres. Nada les impediría practicar su religión según los dictados de su propia conciencia.
Luego de explorar las costas de la bahía de Cape Cod, una partida de expedición desembarcó el 21 de noviembre en Plymouth, el sitio escogido por los viajeros para establecerse. Finalmente, el Mayflower es anclado en la ensenada de Plymouth y el desembarco general se produce cinco días más tarde, el histórico 26 de noviembre.
De inmediato, comenzaron con las tareas de exploración en tierra firme. La nueva tierra vino con un gran número de dificultades. Era pleno invierno y no había tiempo de sembrar. Eso iba a impactar en ellos fuertemente.
Al encontrarse en un lugar remoto, alejado de la civilización europea, decidieron suscribir su propio documento constitucional, el histórico Mayflower Compact. Fue firmado por los 41 hombres del grupo en un intento por contemporizar los intereses de los religiosos y aquellos con mentalidad más "materialista."
El tiempo corría y el hambre y el frío causaban estragos. En febrero, dos y hasta tres personas morían por día. Sólo 50 del grupo original de 102 sobrevivieron para celebrar el primer Día de Gracias. Aquellos que sobrevivieron, lo hicieron sólo porque los indios les enseñaron a cazar y pescar. Los Peregrinos no le llamaron "Día de Gracias" a ese día de otoño de 1621, aunque ciertamente le agradecían a Dios por haberlos guiado a su nuevo hogar.
Y aunque los Peregrinos recibieron ayuda y asistencia de los indios, pronto empezaron a realizar incursiones en sus territorios. Hubo sangrientas luchas y conflictos.
A pesar de su reducido número, los separatistas que vinieron al Nuevo Mundo en busca de libertad religiosa se convirtieron pronto en el grupo político-religioso dominante en la flamante colonia. Hasta 1664, la ciudadanía estuvo restringida a los miembros de la iglesia. Los que disentían eran marginados de la colonia. Paradójicamente, aquellos que buscaban libertad hicieron de su iglesia la base para la exclusión de sus adversarios políticos. La combinación de gobierno y religión siempre ha tendido a la intolerancia.
Al mirar la historia de los Peregrinos, reconocemos la necesidad de adorar a Dios como deseamos. Podemos entender también que los demás tienen el mismo derecho que nosotros y que debemos ser tolerantes con ellos. Ciertamente, Dios estaba con estos hombres que le dieron tanto impulso al país que llegó a ser tan grande.

sábado, 10 de julio de 2010

Los mártires de Chicago

Desde su establecimiento en la mayoría de los países del mundo por acuerdo del Congreso Obrero Socialista de la Segunda Internacional celebrado en París en 1889, el 1 de mayo es una jornada de reivindicación y homenaje a los sindicalistas y anarquistas de Chicago que fueron ejecutados por su participación en las jornadas de lucha que tuvieron su origen en la huelga iniciada el 1 de mayo de 1886, y su momento culminante tres días más tarde, el 4 de mayo, en la Revuelta de Haymarket Square.
Los hechos que dieron lugar a estos acontecimientos deben ser contextualizados en la revolución industrial. A fines del siglo XIX, Chicago era la segunda ciudad más grande de los Estados Unidos y sus humildes barriadas obreras albergaban a cientos de miles de trabajadores que vivían en precarias condiciones. Una de sus reivindicaciones básicas era la jornada laboral de ocho horas de acuerdo a la consigna "ocho horas para el trabajo, ocho horas para el sueño y ocho horas para la casa." La mayoría de los obreros estaban afiliados a la Noble Orden de los Caballeros del Trabajo, pero tenía más preponderancia la Federación Estadounidense del Labor, de tendencia anarco-socialista. En su cuarto congreso, realizado el 17 de octubre de 1884, ésta había resuelto que a partir del 1 de mayo de 1886 se recurriría a la huelga si no se obtenía esta reivindicación y recomendaba a la vez a todas las organizaciones sindicales que apoyaran a los obreros en sus respectivas jurisdicciones. En 1868, el gobierno federal había promulgado la llamada Ley Ingersoll, estableciendo la jornada máxima de ocho horas. Sin embargo, como en la práctica tal ley rara vez se cumplía, los sindicatos decidieron empezar a movilizarse.
El 1 de mayo de 1886, 200.000 trabajadores iniciaron la huelga en Chicago, donde las condiciones de trabajo eran particularmente duras. La única fábrica que no había parado era la planta de maquinaria agrícola McCormick. El día 2, la policía había disuelto violentamente una manifestación de más de 50.000 personas y el día 3, mientras se producía la salida de un grupo de trabajadores rompehuelgas de la mencionada planta, los manifestantes se lanzaron sobre ellos comenzando una batalla campal. Sin previo aviso, la policía empezó a disparar a quemarropa sobre el gentío causando seis muertos y varias decenas de heridos. El anarquista Adolf Fischer, redactor del periódico en alemán Arbeiter Zeitung, hizo imprimir ese mismo día 25.000 volantes incitando a los trabajadores a "tomar las armas." Este hecho se utilizaría luego como principal prueba acusatoria en el juicio que lo llevaría a la horca. La proclama terminaba convocando a un acto en Haymarket Square al día siguiente, el fatídico 4 de mayo.
El acto se realizó con normalidad, pero como al finalizar el mismo una parte importante de la concurrencia se negaba a desconcentrarse, la policía arremetió ferozmente. En medio de la confusión causada por la refriega, estalló un artefacto explosivo que mató a un oficial e hirió a varios otros. La policía abrió fuego sobre la multitud causando un número indeterminado de muertos y heridos. Se declaró el estado de sitio y el toque de queda y en los días siguientes se efectuaron cientos de allanamientos y detenciones.
El 21 de junio de 1886, se inició la causa contra 31 responsables, siendo luego reducido el número a ocho. En la actualidad, se considera que su juicio fue una verdadera farsa motivada por intereses políticos. De hecho, se los juzgaba por sus ideas y su condición de obreros rebeldes. En ningún momento se respetó norma procesal alguna. Aunque nada pudo probarse, los ocho de Chicago fueron declarados culpables de ser enemigos de la sociedad y el orden establecido. La prensa, que no había hecho más que ridiculizar este movimiento obrero calificándolo de "lunático, antipatriota, anarquista, demagogo, indignante, irrespetuoso y comunista," sostuvo la culpabilidad de todos los acusados y la "necesidad de ahorcar a los extranjeros."
Se dictaron las sentencias. Samuel Fielden y Michael Schwab recibieron cadena perpetua. Oscar Neebe, quince años de trabajos forzados. Adolf Fischer, Georg Engel, Albert Parsons, Hessois Auguste Spies y Louis Lingg fueron condenados a morir en la horca. Lingg se suicidó en su celda y los otros fueron ejecutados en Chicago. José Martí dejó una prolija -pero más que eso, conmovedora- crónica de la ejecución: "...salen de sus celdas. Se dan la mano, sonríen. Les leen la sentencia, les sujetan las manos por la espalda con esposas, les ciñen los brazos al cuerpo con una faja de cuero y les ponen una mortaja blanca como la túnica de los catecúmenos cristianos. Abajo está la concurrencia, sentada en hilera de sillas delante del cadalso como en un teatro... Firmeza en el rostro de Fischer, plegaria en el de Spies, orgullo en el de Parsons. Engel hace un chiste a propósito de su capucha, Spies grita, 'la voz que vais a sofocar será más poderosa en el futuro que cuantas palabras pudiera yo decir ahora.' Les bajan las capuchas, luego una seña, un ruido, la trampa cede, los cuatro cuerpos caen y se balancean en una danza espantable..." Era el 11 de noviembre de 1887.
A fines de mayo de 1886, los diversos sectores patronales accedían a otorgar la jornada de ocho horas. Por fin, los trabajadores se beneficiaban. La Federación de Gremios y Uniones Organizadas de los Estados Unidos expresaba en la ocasión: "Jamás en la historia de este país ha habido un levantamiento tan general entre las masas industriales. El deseo de una disminución de la jornada de trabajo ha impulsado a millones de trabajadores a afiliarse a las organizaciones existentes, cuando hasta ahora habían permanecido indiferentes a la agitación sindical."
En los Estados Unidos no se celebra el 1 de mayo. En su lugar, se celebra el Día del Trabajo (Labor Day) el primer lunes de setiembre desde 1882. Teóricamente, el presidente Grover Cleveland auspició la celebración en setiembre por temor a que la fecha de mayo reforzase la influencia de los movimientos socialistas.

jueves, 8 de julio de 2010

La libertad iluminando al mundo

Corría el año 1865. Ya había terminado la Guerra de Secesión y el presidente Lincoln, el mismo que había expresado que "nuestra defensa estriba en considerar a la libertad como heredad de todos los hombres en todas partes de la tierra," había sido asesinado. Durante una comida en la finca de Laboulaye en las proximidades del Palacio de Versailles, nació la idea de ofrecer a los Estados Unidos un monumento conmemorativo del nacimiento de esa nación y de la amistad francesa. Uno de los presentes era el escultor alsaciano Frédérick Bartholdi, a cuya voluntad, talento y decisión se debe que aquella idea, aquel sueño haya podido concretarse.
Así como Lincoln, otros hombres se encargaban de recordarnos el concepto de libertad. "Preferiría más pertenecer a una nación pobre, pero libre, que a una nación rica que hubiera dejado de amar la libertad," expresaba Woodrow Wilson. "Los que pueden renunciar a su libertad por una mezquina seguridad no merecen ni libertad ni seguridad," señalaba Benjamin Franklin. "¿Para qué sirven el arado o la vela o la tierra o la vida si falta la libertad?" eran las palabras de Ralph Waldo Emerson.
Elegido el lugar en que la obra sería emplazada, la Isla de la Libertad en la bahía de Nueva York, la excavación de los cimientos comenzó en abril de 1883 y la piedra fundamental del pedestal de "la novia de todos," como la llamara Ronald Reagan, fue asestada el 5 de agosto de 1884.
Se constituyó la Unión Franco-Americana con el fin de formular proyectos, recolectar fondos y proseguir el programa. Por su parte, Joseph Pulitzer, a la sazón director del New York World, realizó una gran campaña de publicidad para recaudar fondos. Para Bartholdi, el mandato era imperativo. "Nuestro trabajo avanza -declaraba orgulloso en noviembre de 1882-. La estatua comienza a sobrepasar las casas y en la próxima primavera, la veremos contemplar la ciudad entera como el más grande monumento de París."
Las distintas partes de la estatua fueron terminadas en Francia en julio de 1884. En la ocasión, el embajador estadounidense Levi P. Morgan expresó: "Dios permita que ella pueda permanecer hasta el fin de los tiempos como un emblema imperecedero."
Completado el embarque de la enorme mole -seccionada en bloques- el buque francés Isére zarpó del puerto de Ruan el 21 de mayo de 1885 y llegó a Sandy Hock, a la entrada del puerto de Nueva York, el 17 de junio. Terminada, la Estatua de la Libertad Iluminando al Mundo fue entregada el 28 de octubre de 1886.
Ese día histórico, el presidente Grover Cleveland decía que "no olvidaremos que la libertad ha hecho aquí su hogar, no ha de ser descuidado su predilecto altar," y la antorcha sostenida por el brazo en alto de la estatua, era encendida por primera vez.
Ya levantada frente a la aguas, la estatua de la Liberad fue lo primero que contemplaron "millones de hombres y mujeres que adoptaron esta tierra porque en esta tierra encontraron un lugar en el que las cosas que más anhelaban podían ser suyas: libertad de oportunidad, libertad de pensamiento, libertad de creer en Dios," como lo señaló, al cumplirse el cincuentenario de la inauguración, Franklin Roosevelt. "Aquí encontraron vida -concluía- porque aquí había libertad para vivir."
Era la libertad iluminando al mundo. Y un ejemplo de lo que, en libertad, puede hacer la voluntad del hombre.

jueves, 1 de julio de 2010

La historia de un ferrocarril

El Ferrocarril Pacífico Canadiense (Canadian Pacific Railway) es la línea ferroviaria histórica que presta servicio entre Montreal y Vancouver con ramales a Toronto y algunas ciudades importantes de los Estados Unidos como New York, Chicago y Minneapolis. Recorre un total de aproximadamente 14.000 millas en territorios de ambos países y se la considera desde siempre un emblema del nacionalismo canadiense. La imagen de un castor fue elegida como su distintivo porque es uno de los símbolos nacionales del Canadá y representa el carácter laborioso que hizo posible su realización. Las obras fueron realizadas mayoritariamente por inmigrantes europeos y chinos.
La existencia misma del Canadá como nación llego a depender en algún punto de la terminación acertada de un proyecto importante de ingeniería civil: la creación de un ferrocarril transcontinental. La provincia de British Columbia exigía un ferrocarril nacional como condición para unirse a la Confederación del Canadá. El gobierno del primer ministro John Macdonald acordó, en 1871, construir un ferrocarril que comunicara a esa provincia del pacífico con las provincias del este del país en un plazo de diez años. Macdonald lo consideraba esencial para la creación de una nación unificada y articulada a través de todo el continente. Por su parte, intereses comerciales en Quebec requerían fácil acceso a fuentes de materias primas en Ontario y mercados en el oeste del país.
El más grande obstáculo para su realización era de índole económica. Sin mencionar las dificultades de construir un ferrocarril a través de las Montañas Rocosas Canadienses, la línea entera iba a requerir cruzar 1.000 millas de un territorio tan inhóspito como el árido Escudo Canadiense en la provincia de Ontario. Para asegurar esa ruta, el gobierno ofreció grandes incentivos incluyendo vastos otorgamientos de tierras en el oeste del país.
En 1873, debido a un escándalo de sobornos conocido como Pacific Scandal, cae el gobierno de John Macdonald. El nuevo primer ministro, Alexander Mackenzie, empezó la construcción de algunos segmentos del ferrocarril como una empresa pública bajo la supervisión del Departamento de Obras Públicas. El trecho que une Thunder Bay con Winnipeg fue comenzado en 1875. Sin embargo, la falta de fondos públicos condicionaba una lenta y desmotivadora tarea. Con el regreso de Macdonald al poder en 1878, una política más agresiva fue adoptada. Macdonald confirmó que Port Moody, British Columbia, sería la terminal de la línea transcontinental y anunció que el ferrocarril seguiría los ríos Fraser y Thompson entre dicha terminal y Kaloomps. El gobierno federal lanzó bonos en la bolsa de Londres y llamó a licitación para construir la sección entre Yale y Savona's Ferry en Kaloomps Lake. El contrato fue otorgado a Andrew Onderdonk, cuyos hombres empezaron a trabajar en mayo de 1880. Tras haber completado esa sección, Onderdonk recibió contratos para construir entre Yale y Port Moody y entre Savona's Ferry y Eagle Pass.
En octubre de 1880, un nuevo grupo empresarial firmó contrato con el gobierno. Acordaron construir el ferrocarril por una suma equivalente a seiscientos veinticinco millones de dólares canadienses actuales, más un otorgamiento de cien mil kilómetros cuadrados de tierras. Todas las secciones que habían sido construídas por el gobierno fueron transferidas a la nueva compañía que también fue eximida de pagar impuestos por veinte años. El 15 de febrero de 1881, la legislación que confirmaba el contrato recibió aprobación real y la Compañía del Ferrocarril Pacífico Canadiense quedó formalmente incorporada al día siguiente.
La línea empezó su expansión hacia el oeste desde Bonfield, Ontario. Se determinó que la traza sería a través del árido Palliser's Triangle en Saskatchewan y de Kicking Horse Pass sobre Field Hill. Esta ruta era la más directa para viajar al oeste y pasaba muy cerca de la frontera con Estados Unidos; la idea era competir con las empresas ferroviarias de ese país que querían copar el mercado canadiense. Claro que nada iba a ser fácil.
Una consecuencia iba a ser encontrar una ruta a través de los montes Selkirk en una época en que ni siquiera se sabía si tal ruta existía. La tarea de encontrarla fue asignada a un perito topógrafo llamado Albert Rogers, quien se obsesiona por encontrar el paso que inmortalizaría su nombre. En abril de 1881, descubrió el paso que hasta el día de hoy se conoce como Rogers Pass.
Otro obstáculo era que la ruta propuesta cruzaba un territorio controlado por los indios Blackfoot. Se eligió como mediador a Albert Lacombe, un diligente sacerdote misionero que logró convencer a Crowfoot, jefe de los Blackfoot, de que la realización de esta obra era absolutamente necesaria. En recompensa por su buena voluntad, la empresa le otorgó al jefe Crowfoot un pase especial para viajar gratis de por vida en el tren.
La dificultad más grande se presentó en Kicking Horse Pass. En las primeras cuatro millas al oeste de esa cima, el terreno desciende abruptamente 350 metros. La empresa -sumamente ajustada de fondos- tuvo que construir allí un tramo de vías con una inclinación que excedía notablemente el nivel máximo recomendado para la época y que incluso supera los niveles que los ferrocarriles modernos suelen utilizar. Sin embargo, esta ruta era mucho más directa que otra que había sido previamente propuesta a través de Yellowhead Pass y ahorraría varias horas de viaje.
En 1882, a pesar de una serie de inundaciones que retrasaron mucho los trabajos, se construyeron 400 nuevas millas para la línea principal, así como varios desvíos y ramales. El ramal de Thunder Bay se completó en junio de 1882, permitiendo que circule todo el tráfico fluvial y ferroviario desde el este de Canadá hasta Winnipeg por primera vez en la historia del Canadá. A fines de 1883, el ferrocarril había alcanzado las Montañas Rocosas apenas cinco millas al este del problemático Kicking Horse Pass. En 1883 y 1884 se trabajaría en las montañas de British Columbia y en la costa norte del Lago Superior.
A este punto, la construcción iba en franco progreso, pero la empresa corría riesgos de quedarse sin recursos. En respuesta, el gobierno otorgó un importante préstamo conocido como Railway Relief Bill. En mayo de 1885, estalla la llamada Rebelión del Noroeste (Northwest Rebellion) en el distrito de Saskatchewan encabezada por Louis Riel, un canadiense de origen mestizo que se oponía al otorgamiento de tierras y que contaba con apoyo de los indios. El director William Cornelius Van Horne, entonces en Ottawa, sugirió al gobierno que el ferrocarril podía transportar tropas hasta allí en 10 días. Algunas secciones estaban incompletas o no se habían usado antes, pero el viaje se hizo en 9 días y la rebelión fue rápidamente doblegada y Riel fue ejecutado. Este personaje había protagonizado una revuelta similar en 1869 en el área de Red River y tiene ribetes de héroe popular en el folklore canadiense. Quizás porque el gobierno estaba agradecido por este último servicio, decidió otorgar un nuevo préstamo y acordó refinanciar la ya abultada deuda de la compañía.
El 7 de noviembre de 1885, el operario Donald Smith coloca el último perno del Ferrocarril Pacífico Canadiense en Craigellachie, British Columbia, haciendo honor a la promesa original de unir a la provincia "rebelde" con sus hermanas del este. Cuatro días antes, se había colocado el último perno de la sección del Lago Superior algunas millas al oeste de Jackfish, Ontario. Si bien el ferrocarril se completó cuatro años después de la fecha originalmente propuesta de 1881, se terminó seis años antes de la nueva fecha de 1891 que Macdonald diera en 1881. El viaje inaugural por la ruta transcontinental tuvo lugar entre el 28 de junio y el 4 de julio de 1886.
La exitosa construcción de un proyecto tan masivo fue considerada una impresionante hazaña de ingeniería y voluntad política en un país tan vasto y de terrenos tan difíciles. Fue, de lejos, el ferrocarril más largo construído hasta entonces. Su ardua realización a través de tantos obstáculos, a través de tantas dificultades demostró que el interés nacional, la visión de futuro y la vocación de servir a la comunidad son valores que están por encima de todo interés político. Los miles de anónimos trabajadores cuyo sacrificio hizo posible esta obra sabían que no sólo estaban construyendo un ferrocarril, sino también el futuro de una gran nación.

martes, 1 de junio de 2010

La Incursión Doolittle

Durante la Segunda Guerra Mundial, la Incursión Doolittle fue la primera operación aérea estadounidense, realizada en abril de 1942, sobre territorio japonés.
Después del ataque a Pearl Harbor, el 7 de diciembre de 1941, Roosevelt buscaba la manera de dar una respuesta. El general George Marshall y su Estado Mayor Conjunto buscaron el plan que fuese la mejor alternativa para realizar esta iniciativa, lo cual resultaba en ese momento tremendamente difícil dado los escasos medios con que Estados Unidos contaba en el área del Pacífico. Cualquier iniciativa implicaría arriesgar los únicos portaaviones disponibles, que eran cinco en ese momento. El plan debía ser muy bien elaborado y analizado.
La idea del plan vino de un oficial del arma de submarinos llamado Francis Low, quien había visto que era factible operar con bombarderos embarcados en portaaviones. Se seleccionó al USS Hornet como plataforma de lanzamiento. La cubierta de despegue no estaba diseñada para lanzar bombarderos, por lo que era necesario determinar el tipo de aparato que realizaría la misión y también a quién encargársela.
El general Arnold nombró al teniente coronel James H. Doolittle como director de la operación. Doolittle era un experimentado aviador y pionero en campos de la aviación de exploración y seleccionó al bombardero B-25 Mitchell, un bombardero medio, bien armado, que podía despegar del USS Hornet si la tripulación era bien entrenada. Doolittle definió que el objetivo de la misión iba a ser acercarse con los portaaviones a 400 millas de la costa japonesa y bombardear Tokio y algunas ciudades más con 16 aparatos B-25. Cada avión llevaría 4 bombas de 500 libras cada una, de alto poder explosivo. Una vez cumplida su misión, los bombarderos aterrizarían en bases chinas, ya que no volverían al portaaviones.
El 2 de abril de 1942, el Hornet junto con su escolta y los B-25 zarparon de la base aeronaval de Alameda, California. En algún punto del Pacífico norte se les unió desde Pearl Harbor el USS Enterprise. La flota iba al mando del almirante William Halsey.
El viaje transcurrió entre mar agitado, niebla y lluvia. El 18 de abril, a primeras horas de la mañana, fue avistado un buque patrulla japonés, el Nitto Maru, encontrándose la flota americana todavía a unas 700 millas. El buque patrulla fue atacado y hundido enseguida a cañonazos. Ahora bien, nadie podía saber si el buque había comunicado por radio a las autoridades japonesas la posición del portaaviones. El coronel Doolittle decidió no correr riesgos, poniendo a sus bombarderos inmediatamente en el aire. Los preparativos de despegue fueron frenéticos, las tripulaciones ocuparon sus apartos y encendieron motores, se cargó apresuradamente el combustible y se procedió al despegue. Uno a uno, los bimotores aceleraron a máxima potencia y despegaron de la cubierta del Hornet. Doolittle iba en el primer aparato, al frente de sus hombres.
Los 16 B-25 se dirigieron inmediatamente a sus objetivos. Sin esperar a hacer formación, descendieron a una altura de vuelo rasante y se dispusieron para un bombardeo a plena luz del día. Al acercarse a la costa japonesa, Doolittle distribuyó sus aviones: diez fueron destinados a Tokio, dos a Yokohama y los cuatro restantes a Nagoya, Osaka, Kobe y Yokosuka. La sorpresa fue total para los japoneses.
Doolittle y sus bombarderos aparecieron sobre Tokio distribuídos en tres columnas, al norte, al centro y al sur de la ciudad. El día estaba seminublado pero la visibilidad era adecuada para un bombardeo visual. La formación remontó sobre los 300 metros de altitud y comenzó a bombardear. Luego, se alejaron en distintas direcciones para confundir al enemigo, no sin antes recibir un débil y poco eficaz fuego antiaéreo que aunque dañó un par de aparatos, no consiguió derribar ninguno. Los otros objetivos fueron certeramente bombardeados. En Yokohama, uno de los B-25 casi alcanzó al submarino portaaviones I-25 que meses después operaría en las costas de Oregon, protagonizando el primer bombardeo sobre territorio estadounidense. Por culpa de aquellas 300 millas de más, ninguno de los B-25 alcanzó los aerodromos chinos. Varios de los aviones se estrellaron, pero la mayor parte de ellos fueron abandonados al acabárseles el combustible, lanzándose sus tripulaciones en paracaídas. De los ochenta aviadores, sesenta y cuatro, incluyendo el coronel Doolittle, se salvaron. Fueron rescatados por patriotas chinos, con cuya ayuda se filtraron por las líneas japonesas, rumbo a la libertad. Desde el punto de vista militar, fue muy poco lo que se logró con aquella incursión, pero entonces los japoneses tuvieron ocasión de apreciar que se enfrentaban con un enemigo obstinado, totalmente capaz de devolver los golpes que le fueran asestados.

miércoles, 5 de mayo de 2010

Hungría y su lucha por la libertad

1956 se recuerda en la historia como el año de la gesta húngara contra el gobierno comunista que había implantado la Unión Soviética en Budapest desde fines de la Segunda Guerra Mundial.
Aquel 23 de octubre, día en que los húngaros salieron a la calle para iniciar una revolución por la libertad, comenzó con una manifestación estudiantil que reclamaba una mayor liberalización del régimen. La ebullición fue en aumento y pronto esa agitación se convirtió en el estallido de un pueblo oprimido.
Por todo Budapest se extendieron los justos reclamos: la retirada de las tropas soviéticas, elecciones libres, libertad de expresión y profundos cambios en las condiciones de vida de los obreros y campesinos.
Ese mismo día llegaron a congregarse más de 200.000 personas frente al parlamento para reclamar la presencia del ex-primer ministro Imre Nagy. La revolución estaba en marcha, pero sólo duraría unos días, hasta que las tropas soviéticas intervinieron decididamente con sus tanques y reprimieron la sublevación.
La mañana del 24 comenzó con una atmósfera de esperanza e ilusión para los húngaros. El líder Nagy formó un nuevo gobierno sin elementos comunistas y una multitud salió a la calle alborozada a festejar.
A partir de entonces se declaró una lucha abierta entre las fuerzas soviéticas de ocupación y los civiles húngaros que apoyaban a Nagy. Incluso, parte del ejército húngaro se unió a los patriotas.
No había nada que detuviera a una población que quería libertad. Paso a paso, los soviéticos eran obligados a retroceder. Todo vestigio comunista era borrado de la capital. Se quemaron retratos de Lenin y Stalin.
Entretanto, mientras se anunciaba que Nagy iba a impugnar el Pacto de Varsovia, comenzaban a liberarse los presos políticos de los campos de concentración.
Pese a la escazes de alimentos y otras necesidades surgidas de la revuelta, un generalizado optimismo comezaba a aparecer. Además, todo el pueblo recibió con júbilo la liberación del cardenal Mindszenty, tras soportar más de seis años de prisión.
Hasta el sábado 3 de noviembre, todo hacía suponer que la lucha del pueblo húngaro por su independencia iba a triunfar. Sin embargo, Moscú alzó el puño y golpeó alevosamente.
Al día siguiente, el triste 4 de noviembre, veinte divisiones rusas y más de mil tanques decidieron acabar con todo intento de lucha. La revolución moría aplastada a sangre y fuego. Nuevamente, la cortina de hierro caía sobre Hungría. La bota soviética volvía a pisar.
Con la creación de la Tercera República Húngara en 1989, el 23 de octubre fue declarado feriado nacional en merecido reconocimiento a aquellos patriotas que salieron a la calle porque creyeron en algo más grande que ellos mismos. La historia nos recuerda que, muy a menudo, la libertad debió ser comprada con el coraje y el sacrificio de muchos valientes y que, por lo tanto, esa libertad lograda a tan duras instancias constituye para nosotros un patrimonio innegociable.

miércoles, 28 de abril de 2010

La Primavera de Praga

Durante la Guerra Fría, la Primavera de Praga fue un proceso de apertura política en Checoslovaquia que tuvo lugar entre enero y agosto de 1968. Este movimiento buscaba modificar progresivamente aspectos totalitarios que el régimen comunista tenía en ese país y poner en marcha una serie de reformas de corte liberal legalizando la existencia de múltiples partidos políticos y sindicatos, promoviendo la propiedad privada, la libertad de prensa y de expresión, el derecho de huelga, etc. Acabó cuando las tropas del Pacto de Varsovia invaden Checoslovaquia y ponen fin a este proceso.
En 1967, Checoslovaquia experimentaba una recesión económica causada por el modelo soviético de industrialización que se le imponía desde Moscú. El presidente Antonín Novotny fue perdiendo apoyo y el 5 de enero de 1968 fue reemplazado por Alexander Dubcek, Secretario General del Partido Comunista de Eslovaquia. Las reformas de Dubcek en cuestiones de procesos políticos, a las que él se refería como "socialismo con rostro humano" cobran forma en abril, cuando el gobierno lanza un "Programa de Acción" que garantiza la libertad de prensa, de expresión y de circulación. El programa se basaba en la premisa de que "el socialismo no puede significar solamente la liberación de los trabajadores de la dominación de la clase explotadora, pero debe hacer más por las disposiciones para una vida más plena con la personalidad de cualquier democracia burguesa." El programa limitaba el poder de la policía secreta que hasta ese entonces se había movido con total impunidad por todo el país, y avanzaba hacia la federalización de Checoslovaquia en las dos naciones que la componían históricamente: los checos y los eslovacos. Se abarcaba también la política exterior, incluyendo el mantenimiento de buenas relaciones diplomáticas tanto con los países de Occidente como con la Unión Soviética y otros estados comunistas. Se hablaba de una transición por medio de elecciones democráticas. Por primera vez en muchos años, voces opositoras al régimen empezaban a escucharse en los medios de comunicación.
En cuanto a economía, el programa establecía que el país debía incorporarse a la "revolución científico-técnica en el mundo" dejando atrás la era estalinista de industria pesada y producción de materia prima y energía. Además, se disponía recompensar debidamente a los trabajadores por sus calificaciones y competencias técnicas. Se declaraba que era necesario que las posiciones importantes fueran ocupadas por "gente capaz con cuadros de expertos de educación socialista" a fin de poder competir con las economías capitalistas. Era un proceso integral de reformas que estaba destinado a cambiar el curso de la historia.
Pero a algunos miles de kilómetros de allí, más concretamente hacia el este, había gente a la que no le convenía que se pusiera en práctica un proyecto tan idealista. Aunque el programa de Dubcek no pretendía en realidad una destrucción completa del antiguo sistema, fue visto por los jerarcas soviéticos como una amenaza a su hegemonía sobre otros países de Europa oriental donde gobernaban partidos comunistas y estaban totalmente dispuestos a anular esa amenaza. A los rusos les interesaba increíblemente el territorio checoslovaco por su estratégica ubicación en pleno corazón de Europa. No debemos olvidar que, en 1956, habían invadido Hungría. Y así, el 20 de agosto de 1968, las tropas de la Unión Soviética, Bulgaria, Polonia y Hungría invadieron la República Socialista de Checoslovaquia, como se la conocía oficialmente en ese momento. 200.000 soldados (cifra que posteriormente aumentaría a 600.000) y 2.300 tanques del Pacto de Varsovia invadieron el país. Ocuparon el aeropuerto de Ruzyne, en Praga, desde donde se dispuso el despliegue de más tropas, y confinaron a las fuerzas locales en sus propios cuarteles. Dubcek llamó a su pueblo a no resistir. Sin embargo, su prudente pedido no fue escuchado. Hubo protestas en las calles. Hubo activistas que se dedicaron a pintar las señales de tránsito para confundir a los invasores. Muchos pueblos pequeños fueron "rebautizados" con el nombre de Dubcek. La oposición popular a la invasión se expresó en innumerables actos de resistencia. El más significativo, sin duda, fue el de Jan Palach, el joven estudiante que se quemó a lo bonzo en la Plaza Wenceslao de Praga. Por su parte, el 25 de agosto, un grupo de ocho jóvenes rusos que se oponían a la invasión hicieron una protesta en la Plaza Roja de Moscú. Adquirió una especial significación la pancarta que desplegaron con el lema "por vuestra libertad y la nuestra." Fueron detenidos acusados de "antisoviéticos."
Dubcek, que había sido detenido en la noche del 20 de agosto, fue trasladado a Moscú para "negociar." Bajo fuerte presión de los políticos soviéticos, firmó el Protocolo de Moscú por el que se acordó que el Secretario General permanecería en su cargo y un programa moderado de reformas continuaría.
Los países occidentales no intervinieron militarmente en absoluto, sino que sólo ofrecieron una voz crítica por la invasión. La noche de la invasión, Canadá, Francia, Dinamarca, Paraguay, Gran Bretaña y Estados Unidos pidieron una reunión del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas. En la reunión, el embajador checoslovaco, Jan Muzik, denunció la invasión. Su par soviético, Jacob Malik, insistió en que las acciones del Pacto de Varsovia eran de "ayuda fraternal" en contra de las "fuerzas antisociales." En realidad, no hacía más que recurrir a la Doctrina Brezhnev, según la cual la Unión Soviética tenía derecho a intervenir cuando un país del "bloque del este" pareciera estar haciendo un giro hacia el capitalismo.
Al día siguiente, varios países propusieron una resolución que condenaba la intervención y exigía una retirada inmediata. Se procedió a la votación. Diez de los quince miembros del Consejo aprobaron la propuesta. La Unión Soviética (con poder de veto) y Hungría se opusieron. Inmediatamente, delegados de Canadá presentaron otra moción solicitando a un representante de Naciones Unidas que viajara a Praga y trabajara para la liberación de los dirigentes checoslovacos. Protestas contra la ocupación se realizaban en todo el mundo, incluyendo la ya mencionada en Rusia.
En abril de 1969, Dubcek fue sustituído como Secretario General por Gustav Husak, y comenzó un período de "normalización." Husak revirtió las reformas de Dubcek, expulsó a los miembros liberales del partido y destituyó de su función pública a los profesionales e intelectuales que abiertamente expresaban su desacuerdo y disconformidad. Trabajó para restablecer el poder de las autoridades policiales y fortalecer los vínculos con otros países socialistas. También trató de volver a centralizar la economía, ya que una cantidad considerable de libertad se había concedido a la industria privada durante la Primavera de Praga. Las opiniones políticas fueron nuevamente censuradas en los medios de prensa y las declaraciones de cualquier persona que no se consideraba de "plena confianza política" también fueron prohibidas. El único cambio significativo que sobrevivió fue la federalización del país, que dio como resultado la creación de la República Socialista Checa y la República Socialista Eslovaca en enero de 1969.
Años más tarde, el líder soviético Mijaíl Gorbachov, reconoció que sus políticas de liberalización, glanost y perestroika tenían una gran deuda con la Primavera de Praga y el "socialismo con rostro humano" de Dubcek. Un régimen democrático es coherente consigo mismo: está diseñado para vivir y aprovechar la libertad. Un régimen totalitario también es coherente consigo mismo: su lógica interna es la opresión. No deja ningún resquicio por donde puedan filtrarse el libre pensamiento y la libre expresión, sus dos grandes enemigos. Toda alternativa es anulada, todo rival es encarcelado o muerto, toda rebeldía es acallada. Si un régimen hasta ese momento cerrado abre una hendija, firma su propia sentencia de muerte. La libertad son islas que tienden a expandirse hasta formar un archipiélago y, por fin, un continente. O como decía George Orwell, la libertad es poder decir libremente que dos más dos son cuatro. Si eso se concede, todo lo demás se dará por añadidura.
Después de que cayese el comunismo en Checoslovaquia con la Revolución de Terciopelo en noviembre de 1989, Alexander Dubcek fue elegido presidente de la Asamblea Federal, cargo que desempeñó hasta junio de 1992.
El 1 de enero de 1993, Checoslovaquia se escindió en las actuales República Checa y República Eslovaca.
Por una ironía del destino, Alexander Dubcek no vivió para verlo. Falleció en noviembre de 1992.

miércoles, 21 de abril de 2010

William Wallace

Los historiadores se han puesto de acuerdo en muy pocos aspectos sobre la vida de Wallace. Sin embargo, nadie duda que su vida fue épica. Canciones sobre William Wallace se han cantado a través de los siglos y no solamente por los trovadores de Escocia. Aún Winston Churchill escribió, con profunda admiración, sobre el coraje y el espíritu del gran caudillo.
Su fecha de nacimiento no se sabe con exactitud. Se estima entre 1270 y 1272. Con anterioridad a 1297, su vida sólo está referida por las rimas del trovador Blind Harry. Hijo de un modesto propietario de Renfrewshire, se educó en el colegio de Dundee donde, para vengar un insulto, apuñaló al hijo del gobernador refugiándose luego en los bosques.
William Wallace fue el primero en demostrar seriamente la intención de reacción nacional contra los planes de conquista de Edward I, rey de Inglaterra. En mayo de 1297, encabezó un pequeño contingente contra elementos reales en Lanark, quemó algunas casas de esa localidad y mató al sheriff. Luego viajó al norte a unir fuerzas con Andrew Moray, quien estaba organizando la resistencia al otro lado del río Forth.
Se sabe que desconoció el tratado de Irving, por el que se sometía Escocia a Edward, y al frente de una partida de insurrectos salió al encuentro del conde de Surrey y lo derrotó en Stirling el 17 de junio de 1297. Posteriormente, asoló las poblaciones de Inglaterra hasta York. De regreso a Escocia, se le otorgó el título de Guardián del Reino. Sin embargo, su falta de parentesco con las grandes familias era motivo de rechazo entre los nobles, que lo miraban con recelo y no lo apoyaban debidamente para seguir la campaña contra las bien entrenadas tropas inglesas. De esa manera, Wallace y sus hombres se lanzaron al combate en Falkirk, en julio de 1298, pero poco pudieron contra los ingleses y sus brigadas de arqueros, por lo que, tras un breve y amargo encuentro, los escoceses se dispersaron. Algunos historiadores opinan que la mejor estrategia hubiera sido no presentar batalla en absoluto, pero si la caracterización folklórica de Wallace es correcta, él era en mucho el soldado simple e impulsivo, el luchador natural.
Transcurrieron entonces varios años de oscura existencia para Wallace que, según parece, renovó la lucha de partidas. Los relatos le atribuyen infinidad de hazañas. Durante largo tiempo se ignoró donde se ocultaba a pesar de sus incesantes hostilidades. Hacia 1300 habría visitado Francia. En 1304 quedó expresamente fuera de la ley por haberse negado a comparecer ante un congreso celebrado en Saint Andrews por nobles ingleses y escoceses. Se ignora cómo el valiente caudillo fue a dar a manos de sus perseguidores. Lord Monteith, a quien Blind Harry acusa de haber entregado a Wallace, probablemente no cometió más falta que enviarlo a Inglaterra desde el castillo de Dumbarton, del que era gobernador y al que había sido llevado Wallace como prisionero. Conducido a Londres, el prisionero fue trasladado a Westminster Hall y juzgado por alta traición, cargo que él impugnó ya que, según afirma, "jamás juré lealtad al rey de Inglaterra."
Los cronistas dejaron un prolijo informe de la ejecución del rebelde, que tuvo lugar públicamente en la plaza de Smithfield el 23 de agosto de 1305. Fue colgado en la horca y descuartizado en el potro. Su cabeza quedó expuesta en el puente de Londres y sus brazos y piernas fueron enviados a cuatro poblaciones diferentes "para terror y escarmiento de cuantos los vieran."
No tuvo el efecto deseado. El heroísmo del gran escocés se considera un legado que repercutió para siempre en el espíritu y la forma de ser de su pueblo. William Wallace derrotó ejércitos, asoló ciudades, sembró el terror en la nación más poderosa de su tiempo. Carente de toda instrucción militar formal, infligió a los ingleses una de las peores derrotas de su historia: la batalla de Stirling.
Hoy, sendos monumentos a William Wallace y Robert the Bruce, el rey de Escocia, guardan la entrada al castillo de Edinburgh, mientras que en Londres, una placa colocada frente al sitio donde Wallace fuera ejecutado conmemora su vida, así como su tortuosa muerte y el enorme coraje con que la afrontó.