jueves, 6 de octubre de 2011

Las escuelas de Sarmiento

Profundo observador, viajero incansable, Domingo Faustino Sarmiento escribió “De la educación popular” en 1848, después de sus largos viajes por Europa y los Estados Unidos, en los que pudo observar minuciosamente las nuevas formas de la metodología educativa, junto con los espacios educativos que se estaban creando. Sus conceptos sobre la construcción de las escuelas, el diseño de las aulas, su orientación y mobiliario lo colocan hoy como el gran maestro de la infraestructura escolar argentina.
Algunos párrafos de su obra señalan distintas ideas sobre las escuelas de entonces que podrían aplicarse plenamente a los espacios escolares de hoy.
“Los pueblos bárbaros permanecen estacionarios, menos por el atraso de sus ideas que por lo limitado de sus necesidades y por sus deseos. Donde bastan una piedra o un trozo de madera para sentarse, la mitad de los estímulos de la actividad humana están suprimidos.”
En este concepto del gran sanjuanino está inequívocamente implícita su máxima más recordada: “Hay que educar al soberano.”
El texto prosigue: “Nuestras escuelas deben, por tanto, ser construidas de manera que su espectáculo, obrando diariamente sobre el espíritu de los niños, eduque su gusto, su físico y sus inclinaciones. No sólo debe reinar en ellas el más prolijo y constante aseo, cosa que depende de la atención y la solicitud obstinada del maestro, sino también tal comodidad para los niños, y cierto gusto y aún lujo de decoración, que habitúe sus sentidos a vivir en medio de esos elementos indispensables de la vida civilizada.”
La obra de Sarmiento detalla con absoluta claridad y conocimiento conceptos sobre el edificio escolar, desarrollando esas ideas con la claridad y amplitud de un gran maestro. No sólo de refiere al espacio educativo en sí, sino a los detalles del mobiliario escolar, a las condiciones de los espacios internos y externos de la escuela y a sus condiciones de orientación y confort. En resumen, Sarmiento se transforma aquí en el gran arquitecto que quizás vivió siempre en él, y que aparece en esta obra cuando tiene que expresar su manera de pensar los espacios para la educación.
La labor constructiva de Sarmiento comenzó en Buenos Aires con el reacondicionamiento del antiguo edificio de Perú y Moreno para crear en 1858 la escuela de Catedral al Sud, ejemplo avanzado para la época en materia de edificio escolar, y donde por primera vez ubicó los clásicos pupitres modulados que serían los protagonistas de todas sus futuras escuelas. Las ideas que entonces sembró Sarmiento en materia de edificios escolares dieron origen a infinidad de escuelas erigidas en todo el país, y se constituyeron indudablemente en los espacios creados para llevar a la práctica la Ley 1420 de Educación Común, base de toda nuestra educación pública y popular.
A partir de entonces, nuestro sistema educativo se apoyó decididamente en las concepciones sarmientinas, que fueron los pilares básicos de la educación que llega hasta nuestros días, y se mantienen vigentes a pesar de los cambios y avances de la estructura social del mundo y de nuestro país. Y fue gracias a la extraordinaria visión del inolvidable sanjuanino como los niños y los jóvenes argentinos de cualquier condición económica tuvieron acceso al muy republicano principio de igualdad de oportunidades.
Todos los aspectos vinculados con el espacio educativo fueron profundamente analizados por Sarmiento, desde las condiciones y características del terreno donde debía emplazarse el edificio escolar hasta los detalles de su diseño y construcción. También detalló en su obra las condiciones mínimas que hacen al confort de los alumnos y maestros en su tarea escolar, tratando aspectos básicos de asoleamiento, ventilación, iluminación y calefacción de las aulas, y su aplicación a las construcciones escolares de entonces, y que hoy se sigue utilizando en el diseño de las escuelas, con todo el apoyo que nos brinda el uso de la tecnología actual.
El equipamiento escolar mereció también su especial atención. El particular interés por el aspecto ergonométrico del mobiliario lo llevó a analizar las más avanzadas expresiones de la época en materia de asientos y pupitres que se estaban empleando en las escuelas norteamericanas. En sus visitas a las escuelas de Boston, observó con detenimiento la calidad formal del mobiliario y pudo comprobar como respondía a los requerimientos de cada edad escolar. Los pupitres articulados con cada asiento eran allí un excelente apoyo para el confort del alumno en particular y para toda la actividad escolar en general. No dudó Sarmiento en traer algunos prototipos de ese mobiliario, que luego desarrolló para las nuevas escuelas que habría de construir aquí. Ese equipamiento, con algunas mejoras que fueron introducidas con el paso del tiempo, se constituyó durante muchos años en los clásicos pupitres emblemáticos de muchas generaciones de argentinos.
Las nuevas formas de la educación y de los espacios educativos que hoy tratan de apoyarlas muestran indudablemente grandes cambios formales con respecto a la metodología tradicional. Pero si analizamos en profundidad los propósitos y objetivos de la enseñanza actual, encontraremos mucho del pensamiento de Sarmiento, reflejado en los principios y fundamentos del sistema educacional argentino.
El mismo criterio para los espacios educativos, que evolucionando desde mediados del siglo anterior nos muestra ahora expresiones marcadamente distintas de la escuela tradicional, refleja en su contenido las mismas ideas que Sarmiento quiso transmitir en sus libros, escritos en el siglo XIX.

lunes, 3 de octubre de 2011

La propuesta de Keynes

El estado y el mercado son dos realidades humanas que, como tales, son imperfectas. Sin embargo, siempre hubo utopías que imaginaban un estado perfecto o un mercado perfecto. En los años veinte predominaba una visión de un mercado perfecto que muy pocos cuestionaban, hasta que la crisis de 1929 despedazó los sueños de esa imagen. Lo que siguió al “martes negro” fue la realidad de una gran crisis mundial de recesión y desempleo. Le tocó a un economista inglés, John Keynes, elaborar esta pérdida tan traumática. En su famoso libro “Teoría general del empleo, el interés y la moneda,” publicado en 1936, Keynes expuso la imperfección central de esta obra humana que es el mercado.
Esa imperfección consiste en una subutilización de los recursos disponibles. Esto ocurre cuando una parte importante de dichos recursos, en lugar de volcarse a inversiones productivas, se destina a la especulación (oro, fuga de capitales hacia paraísos fiscales, etc.) Cae entonces la producción de bienes y servicios. Cuando la demanda cae, comienza una espiral recesiva que desemboca en altas tasas de desempleo.
Keynes proponía que en esas crisis el estado saliera a gastar para reactivar la demanda. Keynes reintroducía de este modo al estado en el centro de la actividad económica. Pero esa intervención estimuladora de la demanda y el empleo debía realizarse a título excepcional, por breve tiempo, hasta que el ritmo natural del mercado se restableciera. Una vez logrado ese efecto, todo volvería al predominio el mercado que caracteriza a la civilización capitalista. Keynes no previó que aquello que empezó como una intervención excepcional del estado daría lugar a toda una corriente estatista como la que sucedió en las décadas siguientes. Para decirlo de otra manera, así como hay gente que es más papista que el Papa, hay muchos que son más keynesianos que Keynes.
A partir de la moderación de Keynes, que quería salvar al capitalismo introduciéndole reformas “localizadas,” esta doctrina desembocó en la sustitución definitiva del mercado por el estado como centro de la actividad económica. El estatismo temporario de Keynes fue tergiversado y convertido en estatismo permanente por políticos y burócratas cuya meta ha sido siempre maximizar su propio interés, así como el de las clientelas partidarias y empresarias que los acompañan.
Esto tuvo una consecuencia paradójica: el desempleo. O mejor dicho, lo que algunos economistas llaman el desempleo encubierto. El keynesianismo borró las altas tasas de desempleo en la década del treinta; pero a cambio, creó este desempleo encubierto: el nombramiento sin sentido de millones de personas en el aparato del estado o en las empresas que éste protegía sin que ninguna función útil o productiva justificara su presencia allí. De esta manera, tuvo lugar una verdadera ficción según la cual millones de personas cobraban un salario, pero no producían lo que cobraban. La idea, entonces, fue creer en un estado perfecto.
Recién en los años sesenta y setenta, un vigoroso renacimiento liberal desplazó las ideas de Keynes en el campo intelectual. Así como Keynes había señalado en su tiempo una falla central en el mercado, pensadores como James Buchanan, Milton Friedman, Frederick Hajek y Karl Popper descifraron la falla central del estado: los planificadores no pueden tener toda la información necesaria para orientar y reglamentar la acción económica de una sociedad. Sobre todo, les es imposible prever las innovaciones. Por lo tanto, cuando quieren planificarlo todo necesariamente se equivocan.
Podemos atribuir el alto desempleo que hoy padecen muchas naciones desarrolladas a tres causas concurrentes. Una es el factor que ya observó Keynes: los ciclos económicos del mercado. Cuando la economía se expande, crece el empleo. Cuando se retrae, crece el desempleo. Las naciones industrializadas atraviesan en estos momentos uno de esos ciclos recesivos.
Pero hay otras dos causas extra-keynesianas. Una es el factor tecnológico. El mercado exige competencia y capacitación constante y permanente. Para ser competitivas, las empresas tienden a incorporar computadoras y robots. Las máquinas son en muchos casos más competitivas que los individuos. En esta otra competencia laboral entre máquinas e individuos, aquellas casi siempre prevalecen. La desocupación, entonces, es un hecho tanto cualitativo como cuantitativo. Eso significa que resulta indispensable un sistema educativo que tenga una relación más práctica, directa y concreta con el mundo laboral que deben enfrentar los jóvenes. Lamentablemente, los gobiernos suelen interesarse poco en esa vinculación.
La tercera causa está ligada con el estatismo seudokeynesiano. En su empeño por proteger el empleo con rígidas normas que aumentan los costos empresariales, los diversos gobiernos logran que se retengan empleos ya establecidos al costo desalentar la toma de nuevos empleados. A ello se suma el desempleo de los empleados públicos que el estatismo nombraba y el mercado despide.
En los Estados Unidos, el desempleo es más bajo que en Europa. Allí hay una completa flexibilidad laboral: se toma y se despide fácilmente, lo que explica por qué cuando el ciclo económico sube el empleo crece. Pero en Europa existe un fuerte control estatal sobre normas laborales, debido a lo cual el empleo sube menos que el crecimiento de la economía aún en un ciclo ascendente.
La desocupación es uno de los problemas más serios en cualquier sociedad. Y la percepción real de este problema incluye no sólo lo económico sino también la tensión social y hasta los conflictos familiares. Allí, no importan los números sino que estamos asistiendo a la descomposición misma de sectores enteros de la sociedad. El cambio no consistiría entonces en soñar con un estado o un mercado perfectos, sino en emplear la realidad humana del estado como una espléndida herramienta para enmendar las imperfecciones de la realidad humana del mercado: ni más ni menos que la propuesta original de Mr. Keynes.
Está implícito que ese proceso debe hacerse con una cuota de prudencia, respetando los tiempos y los límites de la transición.

sábado, 1 de octubre de 2011

El día más largo de la historia

Hay una playa que tiene un raro privilegio: puede darse el lujo de decir que fue testigo de aquel día en que comenzó la segunda parte de la historia de Europa. Es la playa de Normandía.
El 6 de junio de 1944 fue el día más largo, el gran giro de bisagra de la historia con esta playa, con esta invasión y con esta inmortal sentencia de Winston Churchill: “Jamás nos rendiremos.” Palabras que a partir de esa madrugada, comienzan a cobrar un sentido que perdurará para siempre.
La Operación Overlord, la hazaña del Día-D, ejecutada por sorpresa y en la que se empeñó un enorme poderío bélico, marcó el principio del fin del dominio nazi en Europa y obligó a los alemanes a librar, poco después y sin éxito, la batalla de París. El aniquilamiento de la maquinaria de guerra germana habría de producirse 11 meses más tarde.
Entonces se había reunido, en el más absoluto secreto, un ejército de cientos de miles de hombres en Inglaterra. Los ingleses y los norteamericanos que habían cruzado el océano Atlántico se reunieron para invadir el continente que estaba bajo el dominio de Hitler. Todas las capitales –París, Viena, Varsovia, Bruselas, La Haya, Budapest, Belgrado, Praga, Bucarest, Oslo, Copenhague- tenían la cruz svástica. En París, los soldados nazis saludaban al Fürher que hablaba desde el balcón del Hotel Crillon con el característico grito de “Hail Hitler” que resonaba como si se volviera a oír en el mundo el “Ave César” de los tiempos de Roma. Y la ciudad estaba llena de banderas de svásticas, que en este caso se veían hasta perderse en el Arco del Carrusel.
De pronto, en Normandía, el mar se cubre de barcos y empiezan a desembarcar ejércitos de americanos y de ingleses. Las tropas de asalto desembarcaron en las cinco playas conocidas como Utah, Gold, Sword, Omaha y Juno. En las tres primeras, el desembarco fue un paseo, pero en Omaha y Juno tuvieron lugar encarnizadas batallas. Los planes iniciales de Rommel de arrojar a los aliados al mar resultaban impracticables y ningún contraataque alemán pudo ya parar el avance de aquellos soldados. Los ojos del mundo estaban puestos sobre ellos por medio de las tecnologías disponibles: la prensa escrita, el cine y la radio.
Y así, el cielo se pone negro de aviones. Llueven paracaidistas. Y una invasión de tropas se derrama arrolladora, empujando al Führer hasta que, en 1945, queda acorralado en el edificio de la Cancillería de Berlín. Para entonces, se había producido el vuelco de Rusia. Hitler, aliado de Stalin, decidió invadir las tierras que los rusos habían ocupado y avanzar hasta Stalingrado en 1941. Entonces, Stalin se vuelve a su vez contra su antiguo aliado, y Hitler queda atrapado entre los americanos que embestían por el Oeste y los rusos por el Este. Acosado simultáneamente por ambos frentes, el Fürher finalmente ve derrumbarse el edificio de la Cancillería, y muere aplastado como una rata dentro de su propia ratonera.
Fue así como las fuerzas de la libertad le devolvieron la libertad a Europa. Ese fue el sentido de Normandía.
Lo que sigue a Normandía es la reconstrucción de Europa por los mismos americanos. Fueron manos americanas las que reconstruyeron Monte Casino en Italia, la Catedral de Reims en Francia, o una plaza de Varsovia o un teatro de Berlín. Y la historia da una vuelta completa. Comienza un nuevo tomo de una gran enciclopedia: la historia europea. Es el comienzo de la historia americana en Europa.
El Plan Marshall es la mano de América que se tiende a Europa para que se levante de nuevo y camine. Ya en 1789, como ha dicho el historiador, “el viento vino de América.” Ahora fue la sangre y la vida. Regresaba la libertad. Fue el regreso del mismo viento.

jueves, 22 de septiembre de 2011

Es el mal menor, señor presidente

En su discurso de ayer en la Asamblea General de las Naciones Unidas, el presidente de Bolivia, Evo Morales, dijo: “No queremos que el agua sea un negocio privado.”
Muy bien. Veamos cuál es la alternativa: que sea un monopolio del estado.
Si a un productor de naranjas se le ocurre aumentar el precio a mil dólares el kilo y encuentra quien se las compre, quiere decir que ese precio es correcto según la ley de la oferta y la demanda. ¿Eso significa que todo el mundo tendrá que pagar a tan alto precio las naranjas? No, porque ese precio tan alto será un incentivo para que surjan otros productores y vendedores que le harán competencia al primero, y al aumentar la oferta disminuirá la demanda y bajarán espontáneamente los precios. Salvo, claro está, que el individuo que vendía las naranjas a mil dólares el kilo sea un funcionario del estado, porque en ese caso, con toda seguridad, las naranjas serán declaradas “de interés nacional” y se creará por decreto una Secretaría Nacional de Frutas y Cítricos y entonces sí, el que quiera naranjas deberá pagar cualquier cosa por ellas.
En última instancia, toda la vida es elegir el mal menor. Y hasta ahora, en toda la historia de la humanidad, nada ha demostrado ser más eficaz que el mercado libre y su piedra angular, la ley de la oferta y la demanda, si de asegurar el progreso se trata.
Además, ¿para qué esperó el día de la primavera para decir eso? ¿Nos quiso arruinar los festejos?

martes, 20 de septiembre de 2011

Motivo de orgullo

En su histórico discurso del 26 de junio de 1963 frente al muro de Berlín, John F. Kennedy expresó: "Todo hombre libre es ciudadano de Berlín. Por lo tanto, como hombre libre, digo con orgullo las palabras 'Ich bin ein Berliner' (soy un berlinés)." De la misma manera, pareciera que los partidarios del estatismo intervencionista encuentran un motivo de orgullo en demonizar a los ricos y lanzar cien planes para reestructurar la economía. Precisan que se les recuerde que es exactamente aquello por lo que están bregando en realidad. Están bregando por la burocracia, la planificación centralizada, y las embestidas contra nuestra libertad y bienes. Sin embargo, esto no llega al fondo de la cuestión. Esencialmente, están bregando en contra del mayor motor de la prosperidad material de la historia humana, la fuente de la civilización, la paz y la modernidad: el capitalismo.
De hecho, la mayoría de los adversarios del capitalismo no se oponen meramente a los "grandes" como Goldman Sachs, Halliburton, Vanderbilt o incluso al mismo McDonald's. Por el contrario, se oponen a la libre empresa como una cuestión de principios. Objetan, por ejemplo, la libertad de los empleadores de contratar y despedir a quien deseen por el salario que fuese mutuamente acordado. Protestan contra el derecho de los empresarios a ingresar en el mercado sin ninguna restricción. Desaprueban que las empresas se encarguen de la infraestructura, suministren energía, alimentos, agua y otros artículos necesarios y manejen el transporte sin la intromisión gubernamental. Lamentan que los ricos sean cada vez más ricos, y que lo sean a través de medios puramente pacíficos. Se oponen a la libertad de participar en las fusiones de empresas sin la bendición del estado central, incluso en la simple venta de aquellas. Están en contra del trabajador que disiente de la burocracia sindical. Es exactamente la operativa del libre mercado lo que ellos desprecian, no es el nexo consolidado entre el estado y las grandes empresas lo que la mayoría de ellos desea hacer añicos. Por cada socialdemócrata progresista que odia al capitalismo monopolista por razones que pudiesen llegar a ser correctas, hay diez que deploran la parte que corresponde al capitalismo más que a ese aspecto monopolista.
Es simplemente un hecho que el capitalismo, aunque obstaculizado por el estado, ha sacado a la mayor parte del mundo de la lamentable e innegable pobreza que caracterizó a toda la existencia humana durante milenios. Fue la industrialización la que salvó el trabajador común del tedio constante de la agricultura primitiva. Fue la mercantilización del trabajo la que condenó a la esclavitud, la servidumbre y el feudalismo. El capitalismo es el que sacó a las mujeres de los talleres de costura y las puso al frente de firmas que facturan cifras millonarias, es el benefactor de todos los niños que disfrutan de tiempo para estudiar y jugar en lugar de soportar el trabajo agotador sin interrupciones en el campo. El capitalismo es el que prioriza la posibilidad de beneficiarse del mutuo intercambio por sobre cualquier hipótesis de conflicto.
Hace un siglo, los marxistas reconocieron la productividad del capitalismo y su preferencia por el feudalismo, al que éste reemplazó, pero predijeron que el mercado empobrecería a los trabajadores y conduciría a una mayor escasez material. Ha ocurrido lo contrario y ahora los izquierdistas atacan al capitalismo mayormente por otras razones: produce demasiado y es un desperdicio, lesiona el medio ambiente, exacerba las divisiones sociales, aísla a las personas de una conciencia espiritual de su comunidad, nación o planeta, entre otros factores.
No obstante, todas las más elevadas, más nobles y menos materialistas aspiraciones de la humanidad descansan en la seguridad material. Incluso aquellos que odian al mercado, ya sea que trabajen en él o no, prosperan con la riqueza que éste genera. Si el amigo de Marx, Engels, no hubiese sido gerente de una fábrica, habría carecido del tiempo libre necesario para ayudar a pergeñar su destructiva filosofía. Todo estudiante de posgrado en ciencias sociales, todo socialista en Cadillac de Hollywood, todo cristiano de izquierdas bienhechor, y todos aquellos para quienes el socialismo en sí mismo es religión, todo artista, académico, filósofo, docente o teólogo anti-mercado vociferan desde encima de una tribuna improvisada producida por el propio sistema capitalista que desprecian. Todo lo que hacemos en nuestras vidas—materialista o de una naturaleza más noble— lo hacemos en la comodidad que ofrece el mercado. Mientras tanto, los más pobres en un sistema capitalista moderno, aún asumiendo las grandes cuotas de estatismo que suele haber en ellos, viven mucho mejor que todas las personas más ricas hace un siglo. Estas bendiciones se deben al capitalismo, y darle rienda suelta aun más es finalmente lo que eliminará la pobreza tal como lla conocemos. Esta fuerza en favor del progreso merece nuestro apoyo audaz. Nos ha dado todo lo que tenemos. Lo menos que podemos hacer es dejarlo en paz.
Durante el último siglo, los más ardientes defensores del capitalismo —la escuela de Mises, Hayek y Rothbard, e incluso los seguidores menos radicalizados de Rand y Friedman— han sido claros respecto de que se refieren a la libertad del individuo en los derechos de propiedad y el intercambio, y casi todo el mundo entiende esto. Los enemigos del capitalismo, en su mayoría, confunden falsamente a la libre empresa con el privilegio consentido por el estado.
Mises dijo que “una sociedad que elige entre el capitalismo y el socialismo no elige entre dos sistemas sociales; elige entre la cooperación social y la desintegración de la sociedad." Hayek creía en “la preservación de lo que se conoce como el sistema capitalista, del sistema de libre mercado y propiedad privada de los medios de producción, como una condición esencial para la propia supervivencia de la humanidad.” Rothbard abrazó el capitalismo de libre mercado como "una red de intercambios libres y voluntarios en la cual los productores trabajan, producen, e intercambian sus productos por los productos de otros a través de precios formados de manera voluntaria." El capitalismo y la libertad van de la mano ya que, como enseñaba Milton Friedman, la libertad y la democracia jamás se encuentran en ausencia de una economía de mercado.
A los estatistas les preocupa que el capitalismo ponga demasiado énfasis en el capital, pero esto en verdad no significa nada. Sólo a través del consumo diferido podemos construir la civilización, mediante la acumulación de bienes. Esta es la esencia del énfasis capitalista. Entonces, ¿por qué no asumir la visión a largo plazo del capitalismo, tanto como un término que merece ser abrazado como un camino para la economía que imaginamos?
Marx y sus seguidores —cuyas ideas, en la medida en que han sido implementadas, han dado lugar a una miseria, hambruna y esclavitud humanas sin precedentes— se posicionan como los adversarios del capitalismo. Los socialistas de todas las tendencias afirman que el verdadero socialismo nunca ha sido probado, y algunos sostienen que los partidarios del mercado están atrapados sin una respuesta mejor que afirmar que el verdadero capitalismo tampoco nunca ha sido intentado. Sin embargo, a diferencia del “verdadero socialismo,” el cual Mises demostró que era imposible a gran escala, el capitalismo simplemente existe allí donde se lo deja sin ser molestado. Es la parte del mercado que es libre. Pero independientemente de cómo lo definamos, en términos de satisfacer las necesidades de las masas y dar sustento a la sociedad, es preferible el capitalismo defectuoso que el socialismo defectuoso en cualquier momento. Hay también capitalismo "subsidiado" y capitalismo de amigos. De hecho, en la Argentina actual no estamos asistiendo a otra cosa que a un capitalismo subsidiado por la espectacular emisión monetaria del gobierno de Cristina Kirchner. El menemismo, por su parte, no fue más que un verdadero capitalismo de amigos.
Sin embargo, hay que destacar que oponerse a ese tipo de capitalismo es parte de la causa capitalista, al igual que oponerse a la religión estatal es parte del principio de la libertad de cultos. Los frutos del capitalismo pueden ser usados para el mal, y son sin duda utilizados de esta manera por el estado. Por ejemplo, la burocracia se alimenta de la producción de las empresas privadas. La experiencia histórica demuestra que el estado se vuelve más rico en términos absolutos con el capitalismo que con cualquier otro sistema. Eso es cierto. Pero esta es meramente una acusación práctica y moral del estado, no del concepto de capitalismo.
Paradójicamente, no es esta faceta negativa del capitalismo lo que lleva a los anticapitalistas a serlo. Para ellos, el problema no es que el estado mantenga toda una burocracia que llega a ser hasta monstruosa: el problema es el espíritu emprendedor sin restricciones. Vale decir, todo pasa por resentimientos y complejos sociales.
Al anticapitalismo se lo define mejor, parafraseando a Mencken, por el temor de que alguien, en algún lugar, se esté haciendo rico. Observando al estado, los anticapitalistas objetan a alguien que hace dinero, y en verdad deberían sentirse avergonzados de que las instituciones del estado de las que son partidarios sólo puedan montar con éxito una maquinaria burocrática aprovechándose del sistema de ganancias. De modo significativo, su objeción no es con la burocracia mantenida por el capitalismo, es con el capitalismo que mantiene a la burocracia.
Algunas palabras son dramáticas y los conceptos que representan también lo son. Kennedy hizo una defensa encendida y valiente de la libertad en aquel lejano 1963. Libertad es una palabra que parece demasiado idealista en un mundo que aún dista mucho de ser perfecto. Pero este ideal, en la medida en que se le permite florecer, señala el camino hacia un futuro de armonía y abundancia. Lo mismo pasa con el capitalismo. No dejemos que sus enemigos estropeen una buena palabra para el más grande sistema económico en la historia de la raza humana.
Esto, señores estatistas, como lo de Kennedy, es motivo de orgullo; no lo de ustedes.

jueves, 15 de septiembre de 2011

El único bloqueo que hay en Cuba es el de Fidel Castro

La verdad sobre el “bloqueo” de Cuba la expuso de manera inmejorable el secretario de Estado español de Cooperación Internacional Inocencio Arias, durante la III Cumbre Iberoamericana celebrada en Bahía, Brasil, el 16 de julio de 1993: “Cuba no está bloqueada –declaró-. Sólo lo estuvo por unos días en 1962. Sólo está embargada por el país más importante de la Tierra. España, por ejemplo, invierte capitales allí, envía turismo y practica cooperación. Si la isla caribeña estuviera bloqueada no hubiésemos podido hacer llegar, como hicimos hace unos días, cien millones de pesetas en leche en polvo.”
En efecto, con la excepción de unos cuantos días de noviembre de 1962, cuando Kennedy ordenó a la marina norteamericana impedir el desembarco de armas atómicas soviéticas en la isla, Cuba jamás ha estado bloqueada. Salvo con Estados Unidos, ha podido comerciar libremente con todos los países del mundo, cuyos barcos y aviones nunca fueron entorpecidos por nadie para llegar a puertos cubanos a descargar mercaderías. Incluso el embargo norteamericano ha sido muy relativo, ya que los productos de los Estados Unidos, mientras pudo pagarlos, Cuba los obtenía a través de terceros, sobre todo México, Panamá y Canadá sin dificultad. El ex ministro de Hacienda cubano Manuel Sánchez Pérez ha contado cómo pudo obtener en su despacho de La habana, el mismo día en que por una revista se enteró de su existencia, una computadora norteamericana que encargó a través de una firma panameña.
El “bloqueo” es un mito fomentado por un régimen que pretende justificar de esa manera su fracaso. La pobreza crónica de Cuba no puede atribuirse a causas externas, como el mentado “bloqueo norteamericano,” sino al monumental fracaso del modelo económico comunista. La pobreza cubana debe buscarse en un inherente autobloqueo propio de un sistema económico desastroso y no en causas externas. Concretamente, el bloqueo que tiene el pueblo cubano es su paupérrimo nivel de ingresos.
En 1992, el congreso norteamericano aprobó la enmienda Torricelli, precisamente con el objeto de reforzar este embargo extendiendo la prohibición de comerciar con Cuba a las filiales de empresas norteamericanas en el extranjero. Pero aún en el caso de que esta disposición se cumpla –una posibilidad muy teórica- el régimen castrista podría seguir comprando lo que le haga falta en otros países. No lo hace por la simple razón de que no tiene con qué. Después de medio siglo de dictadura castro-comunista, Cuba es un país quebrado. Nadie compra ni vende nada. Nadie tiene un peso partido por la mitad. Así de simple.
Después de medio siglo de absoluto delirio por parte de un cínico senil que se cuenta entre los primeros millonarios del mundo mientras que el pueblo vive en condiciones lamentables e infrahumanas, Cuba ha sido reducida a una sombra de país, con un aparato productivo desintegrado por el dirigismo estatal, la burocracia y la corrupción, sin una sola industria que funcione, salvo la censura y la persecución. Pero esta desintegración de Cuba es aún más lamentable si se tiene en cuenta que el régimen se benefició durante casi tres décadas con subsidios y créditos (se estima entre cinco mil y diez mil millones de dólares cada año) de la Unión Soviética, una ayuda más elevada que la recibida por cualquier otro país del Tercer Mundo.
¿Y en qué se emplearon esos gigantescos recursos? En equipar al aparato militar más poderoso de América después del de Estados Unidos, en entrenar y financiar organizaciones terroristas, en guerras estúpidas e inútiles como las de Angola y Mozambique en la década del '70, en enormes proyectos agroindustriales sin la menor sustentación técnica que nadie se atrevía a objetar, y en mantener los altos niveles de vida de la runfla de obsecuentes que rodean al barbado y bárbaro dictador y lo mantienen en el poder.
Son estas “políticas” sumadas al asfixiante verticalismo y a la persecución sistemática de toda oposición; esto es, de toda forma de libertad individual, lo que han hecho de Cuba lo que es ahora. En eso consiste el verdadero bloqueo. En síntesis, el único bloqueo que hay en Cuba es el de Fidel Castro. Todo lo demás son cuentos chinos.
Lo que Cuba necesita, pues, no es que le permitan comerciar con Estados Unidos -¿con qué lo haría?- sino que Estados Unidos la subvencione y la ayude a salir adelante. Tiene que haber un nuevo Plan Marshall.
Para todos los que estamos convencidos de que toda dictadura –de izquierda o de derecha- es abominable, el mal absoluto de un pueblo, la mejor manera de demostrar solidaridad y compasión por el pueblo que la padece es ayudarlo, por todos los medios posibles, a acabar cuanto antes con ella. Es la manera de ayudar a los disidentes, a los opositores que se juegan la vida combatiéndola.

domingo, 11 de septiembre de 2011

El 11 de septiembre de 2001, diez años después

El 11 de septiembre de 2001, 19 terroristas de Al Qaeda perpetraron el mayor atentado criminal de la historia. Secuestraron aviones de líneas comerciales que estrellaron contra las Torres Gemelas y el Pentágono, en Washington. Un cuarto avión cayó en Pennsylvania. El saldo total fue aproximadamente 3.000 personas muertas.
Esta tragedia definió, sin duda, una fractura histórica que marcó el fin de una época. Miles de víctimas inocentes lo caracterizaron.
Los Estados Unidos reaccionaron y definieron una nueva misión: la guerra contra el terrorismo. Ya no se trataba, como antes de la caída del muro de Berlín, de un mundo bipolar enfrentado en los bloques Este-Oeste, sino de un enemigo nuevo y peligroso corporizado en células terroristas caracterizadas por el odio y el fanatismo. Una vez reconvertido el aparato de poder norteamericano de la Guerra Fría, se debía garantizar la conducción de las acciones a través del vector militar.
Así, la invasión a Afganistán, el país gobernado por los talibanes que cobijaba a Al Qaeda y la ocupación de Irak bajo la dictadura de Saddam Hussein constituyeron el núcleo de la guerra contra el terrorismo. En el primer caso, se trató de una respuesta a estos ataques terroristas mientras que en el segundo se puso en práctica una tesis: la democratización de las tierras árabes impediría el resurgimiento de grupos terroristas y la consolidación de regímenes despóticos con posibilidad de acceso a armas nucleares. A partir de ese momento, se prefiguró el presente.
El balance de la guerra contra el terrorismo está a la vista. La guerra en Afganistán se ganó. Los talibanes están afuera del poder y nada parece indicar que sea posible que vuelvan. En Irak, se celebran elecciones democráticas. La organización Al Qaeda está siendo desarticulada. Sus dos principales jefes, Osama Bin Laden y el libio Atiyah Abd Al-Rahman fueron muertos en mayo y en agosto de este año, respectivamente. Otros jefes fueron capturados o también muertos.
En el caso de Al Qaeda, estos golpes recibidos llevaron a la organización terrorista a redireccionar sus operaciones. Ahora sus cuadros están radicados en la frontera afgano-pakistaní y particularmente en el norte de África. Aquí practican tráfico de todo tipo, y secuestros y atentados que tienen por blanco a intereses franceses. La relocalización de esta organización explica el interés del mundo entero en esa región, sobre todo en Libia, Túnez, Marruecos, Argelia y Mauritania. Estas células terroristas existen. Por eso, lejos de ignorarlas, el mundo libre debe concentrarse en poner la máxima presión sobre ellas, pues si se continúa con ese esfuerzo, existen serias posibilidades de incapacitarlas definitivamente como amenaza.
Hay una guerra mundial antiterrorista que comenzó el 11 de septiembre de 2001. Una guerra que debemos ganar. La razón no puede ser más simple. Está en juego la supervivencia de la civilización sobre la barbarie. Y recordemos que la barbarie no tiene códigos ni límites. La barbarie tiene un rostro encapuchado y cobarde. La barbarie no diferencia raza, color, religión ni credo y, en cambio, siembra el odio, el caos y el mal en todas partes.