martes, 24 de mayo de 2011

Tolerancia

Causa perplejidad el hecho de que no pocos norteamericanos se opongan al proyecto de construir una mezquita en Zona Cero, el solar donde se erigían las Torres Gemelas. En una reciente manifestación, decenas de neoyorquinos desplegaron sus pancartas con las consignas "¡No a la mezquita!" y "¡Respeten a nuestros muertos!"
"Que se lleven a la mezquita a veinte manzanas de aquí, pero que dejen de hurgar en nuestras heridas," protestaba la esposa de un bombero jubilado que perdió decenas de compañeros en los atentados del 11 de setiembre. Los cascos de los bomberos y de los trabajadores de la construcción fueron frecuentes entre los manifestantes. Jason McDonald, uno de los bomberos sobrevivientes que participó de las tareas de rescate, presente en el acto, decía, "Esto (la mezquita) es lo último que necesitamos junto a la Zona Cero, donde perdimos tantos seres queridos."
El acto fue organizado por Beth Gillinsky, directora de la Coalición en Honor a la Zona Cero, quien expresó en la ocasión, "No queremos la ley de Sharia en este país, queremos seguir siendo la tierra de los hombres y mujeres libres." Por su parte, Ted Sjurseth, cofundador de la America's 9/11 Foundation, proclamó, "Lo último que necesitamos es una mezquita a la sombra de donde estuvieron las Torres Gemelas."
A cincuenta metros de allí, separados por vallas policiales, un centenar de neoyorquinos rompió una lanza en simbólico gesto por la libertad de religión. Entre ellos estaba el imán Abdul Bagi, de una mezquita de Queens, quien dijo que "Estados Unidos ha sido siempre el país de la tolerancia y esta es una oportunidad para mandar ese mensaje al mundo."
Ciertamente, causa perplejidad el hecho de que haya gente que se oponga a que se levante este templo. La tolerancia, como decía el imán, debería ser un objetivo de todos en un mundo que ha conocido tantas desgracias, tantas tragedias. Así, pues, en un esfuerzo por promover la tolerancia, se debería permitir la construcción de esta mezquita.
Por la misma razón, también sería una excelente idea que junto a la mezquita se habiliten dos clubes nocturnos. Uno de ellos sería un club de strip-tease, y el otro sería un bar gay llamado "La Meca Gay."
Frente a la mezquita, la propuesta sería abrir un local de lencería femenina llamado M&M (Madonna y Mahoma). En sus enormes vidrieras, profusamente iluminadas, se exhibirían los más sensuales y atrevidos artículos de lencería. Un buen lema comercial para este establecimiento podría ser "Madonna y Mahoma, un solo corazón."
Adyacente a la mezquita, la propuesta es que haya un local de comidas rápidas llamado McMahoma donde se serviría un Combo McIslam con papas fritas y gaseosa grande.
Finalmente, en el local siguiente habría un "sex shop."
Todo esto sería una excelente oportunidad para que los musulmanes demuestren esa tolerancia que piden para ellos. Cada uno de los mecionados establecimientos funcionaría a pleno a la par de la mezquita. Cada uno se alegraría por el éxito del otro y entre todos le darían al mundo una gran lección de tolerancia. Nadie juzgaría a nadie, nadie acusaría a nadie de nada. Por el contrario, todos se alegrarían por el éxito de todos. Como decía Charles Chaplin, "Queremos la felicidad del otro, no la miseria del otro." ¿Quién tiene la vara para juzgar a quién? ¿Quién acusa de qué cosa a quién?
El 11 de setiembre de 2001, un tal Bin Laden creyó tener la vara para juzgar a 3.000 personas cuyo único error fue estar en mal lugar en mal momento. Lo hecho, hecho está. Pero la vida continúa y hay que convivir; es decir, vivir con el otro, aunque tal vez no estemos tan de acuerdo.
La tolerancia es como el fútbol: si jugamos, jugamos todos.

jueves, 19 de mayo de 2011

El populismo

El populismo es un movimiento totalitario de masas que utiliza el concepto de pueblo como si fuera una esencia supraindividual, una unidad monolítica perfecta. El líder, su partido y la nación constituyen un todo sin fisurar. La lealtad se debe ejercer de abajo hacia arriba, nunca en forma recíproca. El pueblo se debe al líder y el líder dice -sólo dice- que se debe al pueblo. Los grandes enemigos del populismo son la division de poderes, la alternancia política y la independencia de la justicia, aunque la simulen respetar -sólo lo simulan-.
Cuando este fenómeno de masas hace garra en la sociedad, influye en el pensar cotidiano y se convierte casi en esencia de la identidad colectiva. Mantiene una verdadera ilusión de paraíso perdido, ya que se manipula al pueblo para satisfacer al caudillo de turno o a su camarilla íntima del poder. Populismo no significa interés dominante por el bienestar del pueblo ni que gobierne en su favor. Lejos de ello, el pueblo no es servido sino enajenado por medio de esa ilusión. Cae bajo la convicción de quien simula amarlo y sacrificarse por su felicidad. Pero el pueblo en este caso no es sujeto sino masa que se conduce. Hasta su nombre es engañoso: populismo. Tiene literalmente el poder de destruir el carácter de la sociedad que cae bajo su encanto, bajo su hechizo, su insidia.
El arma de elección del populismo es el asistencialismo clientelista. Esa es la base sobre la cual prospera. Este asistencialismo no se aplica para que la sociedad prospere sino para que el pueblo obedezca al estado de la manera más abyecta. Genera un retroceso hacia la dependencia y hacia una postura acrítica de la sociedad. A los jefes que utilizan el asistencialismo no les interesa que los diversos sectores sociales maduren hacia la autonomía y el bienestar. No se esmeran para que prosperen sino, simplemente, para que subsistan. Para ellos, es mejor dar un pescado que enseñar a pescar. El populismo procura una sociedad de mediocres y cómplices con el fin de mantener la hegemonía; los quiere a todos como un ejército agradecido y conforme. El asistencialismo busca obtener retribuciones políticas, y no presenta iniciativas que estimulen un progreso real.
Para reconocer los orígenes del populismo, hay que remontarse a la Francia del siglo XIX. Napoleón III conmovió a las masas hasta seducirlas, y de esa manera desvió la energía de su rebelión hacia el sometimiento político. Más tarde, en Alemania, Bismarck imitó esta técnica hasta que finalmente, en el siglo XX, Hitler y Mussolini la perfeccionaron con la manipulación de masas.
En la Argentina hubo populismo conservador, radical y peronista. El populismo peronista llegó más lejos que los otros y hasta ahora continúa atrapado en sus propias redes ideológicas, pese a que siempre anda a la busca de la versión "auténtica" o "renovadora." El populismo de Perón fue frenético. En nombre de la llamada justicia social, convirtió al estado en una verdadera entidad de beneficencia regalando casas (repartió quinientos millones de pesos en viviendas sociales) e infinidad de ofrendas consistentes en ropas, medicinas, muebles, juguetes y hasta pan dulce y sidra para las fiestas de fin de año.
Perón consiguió abrir un enorme déficit fiscal allí donde había un considerable caudal de fondos y reservas acumulados durante los años de la Segunda Guerra Mundial. En ese sentido, actuó como un heredero que despilfarra de la manera más frívola una cuantiosa herencia recibida. Ese déficit fue la catástrofe que causó al aplicar estas políticas de neto corte populista. Dicha catástrofe fue causada por medidas keynesianas de estímulo al consumo, de nacionalización de prósperas y eficientes empresas de servicios como los ferrocarriles, la electricidad, el gas, los teléfonos, los más grandes bancos y en definitiva, todo lo que tuviera aspecto de inglés y yanki, ya que la consigna era excitar la retórica nacionalista del "establishment" sindical argentino, piedra angular del movimiento peronista. También se aplicaron controles de precios, de salarios, de tipos de cambio, de exportaciones e importaciones, y todo tipo de dislates estatistas y patrioteros. Sin mencionar las demagógicas regulaciones laborales inspiradas en la Carta del Lavoro de Mussolini.
De todo lo expuesto, las inevitables consecuencias fueron la ruina económica y una nación entregada al populismo nacionalista, el cual incluyó una prensa controlada, un poder judicial adicto, una escuela pública inundada con el culto a su personalidad y el virtual establecimiento de un estado policíaco para abordar los desafíos a su disidencia.
Por otra parte, cabe señalar que resulta particularmente curioso que se rinda pleitesía a Perón en razón de su nacionalismo cuando, en realidad, "ese varón argentino" tenía raíces tan europeas como Marcelo T. de Alvear. Su padre poseía dos estancias en Camarones, provincia de Chubut. Su bisabuelo había sido senador de Cerdeña y hasta el día de hoy no está claro si su verdadero apellido era Peroni. Otra característica verdaderamente sorprendente es que en 1973, ya en el marco de su tercera presidencia y cuando sólo le quedaban algunos meses de vida, llegó a coquetear con el liberalismo económico al declarar públicamente que "las empresas del estado no nos han traído más que dolores de cabeza" (!) y que "si los señores empresarios aceptan tomarlas en sus manos, la nación les estará en deuda." Debió ser la primera vez que el general de Lobos no se refería a los empresarios como "oligarcas" ni como "vendepatrias" sino como "señores." Y quiero suponer que cuando dijo "la nación," no era que estaba hablando de un diario.
El asistencialismo clientelista del populismo en el caso de la Argentina significó una involución hacia el subdesarrollo tercermundista; involución que es muy difícil de revertir, ya que perturba la inversión y afecta el aparato productivo. Su consecuencia fue siempre la pobreza.
El populismo busca una comunidad sin contradicciones, sin pluralidad. No sólo hace regalos a los pobres sino también a las demás franjas sociales. Los empresarios dejan de ser competitivos. En lugar de recurrir a la iniciativa y la excelencia, se instalan a la sombra del caudillo (o del estado que él comanda) para obtener privilegios y fáciles ganancias. Los beneficios son el resultado de la obsecuencia, la corrupción y el engaño. El sector productivo ve desperdiciadas sus mejores fuerzas, ya que no recibe estímulos como los que se dedican a ser obsecuentes con el poder. Al contrario: recibe postergación y desprecio.
De la misma manera, el populismo fomenta el letargo mental y espiritual. Inhibe la crítica de fondo y, en consecuencia, aleja la posibilidad de hacer buenos diagnósticos y aplicar soluciones eficientes. Todo lo que hay que hacer es pedir, exigir y hasta extorsionar al estado para que éste brinde todo. Como el pueblo y su líder son la misma cosa, el líder hace lo que el pueblo quiere (o dice que quiere) y el pueblo se lo cree. No hay más ley que la del pueblo y, por lo tanto, puede cambiarla o violarla a su antojo, porque supuestamente lo hace por deseo del pueblo. En realidad, la ajusta a sus intereses. El populismo atrapa la pasión de las masas que caen bajo su hechizante juego de seducción ideológica.
El 23 de octubre de 2011 hay elecciones presidenciales en la Argentina. Cristina Kirchner no ha anunciado aún su desición de postularse para un eventual segundo mandato presidencial. Los próximos cuatro años van a ser cruciales para una Argentina en un mundo con severos niveles de recesión y desocupación. Gane quien gane estas elecciones, él o ella tendrá la responsabilidad de elegir la senda por la cual conducir los destinos del país. Hay dos opciones claramente opuestas: el camino del populismo; esto es, persistir en la ilusión del estado social o estado benefactor despensador de prebendas y favores o, por el contrario, sentar las bases y condiciones para un marco de estabilidad jurídica que favorezca la inversión privada y una moneda fuerte como clave del crecimiento y el bienestar general. Tal vez una buena sería cambiar la parte de la marcha peronista que dice "combatiendo el capital" por "defendiendo el capital" y proceder en consecuencia. Hay que volver al Perón de 1973, el "Perón liberal." Indefectiblemente, mi Perón favorito.

sábado, 14 de mayo de 2011

Occidente, siempre de pie

Desde que las bombas atómicas fueron lanzadas en Japón en 1945, los pacifistas soñadores de un mundo mejor pensaron que era muy peligroso que una sola nación tuviera el monopolio nuclear y creyeron que nada aseguraría más la paz que el acceso de otras potencias a los secretos atómicos. ¿Logró garantizar la paz esta política inspirada en el apaciguamiento? Al parecer, no mucho. De hecho, fue la política que permitió a la Unión Soviética ampliar notablemente su poderío y convertirse en una potencia militar de primer orden.
Los Estados Unidos usaron las armas atómicas para acabar cuanto antes con una guerra que no comenzaron, y que de otro modo pudo haberse prolongado por varios años más, con el peligro de que el enemigo pudiera llegar a tener acceso a las mismas armas nucleares, que hubiera usado de inmediato.
Pero una vez lograda la rendición de Japón, los Estados Unidos no usaron el monopolio nuclear para presionar a otros países. No lo usaron para disuadir a los comunistas de apoderarse de China. Lo pactado con la Unión Soviética antes de la era atómica fue cumplido al pie de la letra. Los países aliados fueron libres de expresar sus disidencias con la política norteamericana y los países vencidos fueron ayudados económicamente a recuperarse y, al poco tiempo, recobraron su independencia y soberanía.
En ningún momento los Estados Unidos intentaron decirle al mundo “las cosas van a hacerse como queremos nosotros porque tenemos la bomba atómica y la usaremos contra quien se oponga a nuestros intereses.” Por el contrario, un profundo sentimiento de responsabilidad, unido a un tremendo cargo de conciencia, fue el común denominador que inspiró a los gobernantes norteamericanos una vez finalizada la Segunda Guerra Mundial.
Hubo intercambio de información nuclear con otros países, a los que se brindó la posibilidad de tener ellos también armas nucleares. Pero el sueño de los pacifistas resultó a la inversa: a partir del momento en que la Unión Soviética fabricó su primer artefacto atómico, comenzó el chantaje contra Occidente.
Así estalló el conflicto en Corea, y el Kremlin dejó en claro que si los aviones norteamericanos bombardeaban las bases comunistas más allá del río Yalú, en territorio chino, arriesgarían un conflicto nuclear. Más tarde, en Cuba, la consigna fue “si los Estados Unidos intentan algo contra Fidel Castro, arriesgan un conflicto nuclear.” Y después en Vietnam, el mensaje fue “si los yankis intentan ganar esta guerra, se precipitarán en un conflicto nuclear.”
Y la amenaza se tornó rutina hasta el colapso mismo de la URSS. Por no arriesgar una guerra nuclear, Occidente tuvo que tolerar que dos de sus hijas, Hungría y Checoslovaquia, fueran aplastadas por los tanques rusos. Y también, una frustrante derrota en Vietnam y un no menos frustrante empate en Corea. Sin mencionar los crímenes de Pol Pot en Camboya, la toma de rehenes norteamericanos en Irán y la invasión soviética a Afganistán. Desde la finalización de la Segunda Guerra Mundial, Occidente prefirió la concesión, el apaciguamiento a la reacción, y fue llevado en varias oportunidades a guerras convencionales limitadas, que no podía ganar nunca sin arriesgar una hecatombe nuclear.
Finalmente, luego de 35 años de retroceso y apaciguamiento, surgió en los Estados Unidos una corriente de opinión que, viendo con consternación como su país iba siendo superado como potencia militar en todas las ramas por la Unión Soviética, se agrupó en torno a Ronald Reagan, cuya filosofía era: la única manera de disuadir al enemigo es ser superiores a él.
Durante los ocho años en que Reagan estuvo al frente de la Casa Blanca, Occidente dejó de retroceder. Las diferencias entre demócratas y republicanos, que hasta ese entonces sólo habían sido de matices dentro de un espectro moderado, se convirtieron decididamente en profundos cambios. Reagan conmovió al mundo al anunciar que el comunismo era “uno de los capítulos más negros de la historia de la humanidad” y que ya se encontraba “escribiendo sus últimas páginas.” Trabajando sobre ideas que ya estaban maduras en el inconsciente de los norteamericanos, sostuvo que la política exterior de apaciguamiento de los comunistas era ingenua, y advirtió que cada vez que se cedió frente a Moscú o frente a los gobiernos manejados desde Moscú, lejos de alejar el peligro de una guerra se lo acrecentó, pues ceder ante el enemigo sirve de estímulo a éste para realizar cualquier tipo de aventuras.
La actitud de Reagan fue enfrentar el expansionismo ruso sin concesiones. Su “receta” puesta en práctica plenamente, fue muy simple: fortalecer el ejército norteamericano como ningún otro gobernante lo había hecho desde 1945.
Esto trajo resultados. El comunismo empezó paulatinamente a retroceder perdiendo una tras otra las posiciones de poder que había conquistado hasta que en 1989, se produce la caída del muro de Berlín y finalmente, a fines de 1991, la Unión Soviética, el “imperio del mal” como el mismo Reagan la llamara, deja de existir.
La actitud frente al enemigo no debe ser el retroceso ni el apaciguamiento. Ceder ante el chantaje, lejos de garantizar un mundo seguro, acrecienta el peligro de una confrontación, ya que el enemigo, convencido de que nadie le hará frente, se sentirá envalentonado a lanzar un ataque. Sólo la decidida y valiente actitud de enfrentar al enemigo sin concesiones asegurará la subsistencia de la civilización, impidiendo el triunfo de la barbarie.
Esta fue la política realizada  por Ronald Reagan, un hombre que comprendió muy bien que Occidente debía ponerse de pie y estar siempre a la altura de sus perennes principios y valores.
 

martes, 26 de abril de 2011

Una visita al FMI

Si algo ha hecho famoso al Fondo Monetario Internacional en los últimos sesenta y tantos años, han sido las manifestaciones públicas de repudio que sus empleados y expertos han recibido cada vez que acudían a un país a recomendar o supervisar un proyecto de estabilización o saneamiento económico. “El Fondo Monetario Internacional es el cancerbero del dólar yanki,” dijo una vez el Che Guevara. (¿Alguna vez habrá tenido un problema con un cancerbero de Afrika o de Mau-Mau y eso le causó un trauma?)
Pero ¿qué es realmente el Fondo? ¿En qué consiste esta organización tradicionalmente vista como el hambreador y explotador supremo de los pueblos? ¿Es el embajador universal de Satanás? ¿Es una conspiración de todos los diablos del infierno para someternos a nosotros? ¿Quién lo controla realmente? ¿Una raza de reptiloides extraterrestres? ¿Los Ellos de El Eternauta? ¡Qué no se endilga al Fondo! Es el causante de todas las hambrunas, inflaciones, recesiones, golpes de estado, corralitos, guerras, inundaciones, tsunamis, terremotos y cualquier clase de tragedia que tenga lugar al sur del Río Grande. Hasta debe ser el culpable de que la Selección Argentina no pase los cuartos de final en la Copa del Mundo. Este ensayo tiene por objeto desmitificar a un organismo sobre el cual se han tejido muchas fábulas ciertamente explotadas con fines políticos.
Sin duda, el aspecto más sorprendente del Fondo es que uno de sus fundadores, Harry Dexter White, era un comunista, del que existen pruebas de que en la década del ‘40 pasaba información confidencial al partido comunista norteamericano que, a su vez, la hacía llegar a Moscú. White era un alto funcionario del Tesoro de los Estados Unidos en la administración Roosevelt, a quien se encargó que diseñara un plan de reforma del sistema monetario internacional para ser aplicado una vez terminada la Segunda Guerra Mundial. En los años finales de la contienda, White mantuvo largas discusiones con el representante británico que era nada menos que John Keynes, quien había diseñado también un proyecto de reformas que tenía algunos puntos de discrepancias con el de White. Finalmente, prevaleció el plan norteamericano conocido, precisamente, como “Plan White,” que sirvió de base a los históricos acuerdos de Bretton Woods de 1944, uno de cuyos resultados fue justamente la creación del Fondo Monetario Internacional al año siguiente.
El mundo recién salía de la guerra más cruenta que hubiera conocido jamás, y a continuación venía el trance de la penosa recuperación económica. La idea era que este organismo funcionara como un canal de los fondos recibidos hacia un destino determinado según las necesidades monetarias; fondos que no eran ningún maná caído del cielo, sino que eran el resultado de la producción económica. Con el tiempo, el FMI fue volcando su mayor caudal de dineros a países conocidos hoy como subdesarrollados. América Latina se convirtió en una de las regiones en las que el Fondo intentaría aliviar los problemas de financiamiento de algunos gobiernos.
¿Estaban los gobiernos obligados a aceptar los préstamos del Fondo? No. A nadie se le puso nunca un revólver en la cabeza. A nadie se amedrentó. A nadie se amenazó de muerte ni nada por el estilo. Ni siquiera un presidente tan conservador y derechoso como Ronald Reagan intentó decirle a la Argentina: “Vamos a ofrecerles un préstamo de un billón de dólares y si ustedes no lo aceptan, les mandamos a los Marines.” Ni siquiera nos amenazaron con el Super Agente 86. Y además, ningún norteamericano fue director general de este organismo con sede en Washington.
La deuda externa no es otra cosa que un contrato entre bancos y gobiernos. Según el diccionario de la Real Academia Española, un contrato es un pacto o convenio entre partes que se obligan sobre materia o cosa determinada, y a cuyo cumplimiento pueden ser compelidas. Es natural, por lo tanto, que si los bancos prestaban, iban a requerir el cumplimiento de las condiciones previamente pactadas. Como en un partido de fútbol cuyo reglamento se establece de antemano, y a cuyo cumplimiento las partes pueden ser compelidas porque eso es precisamente lo que están haciendo: jugar al fútbol. Los bancos, cuya existencia se justificaba a través de los intereses a quienes les prestan dinero, iban a hacer luego eso: prestar dinero.
Se habla de los préstamos del Fondo como si fueran una maldición bíblica (o del Kama Sutra) y no como lo que son realmente: una acción humana deliberada. ¿Por qué culpar a los bancos de haber dado los dineros? El verdadero deudor latinoamericano no es otro que el estado. Deudor que luego iba a pasar la factura al pueblo, a través de los impuestos. Los prestamos que afluyeron a la Argentina, tanto del FMI como de otras instituciones como el Banco Mundial tuvieron, sin excepción, el aval de todos los gobiernos incluyendo a la presidenta (perdón, presiden-TA) Cristina Fernández de Kirchner.
El estado subscribió los préstamos en primer lugar. Así que, por favor, no nos culpen a nosotros, los liberales. Nosotros somos los primeros en querer restringir los movimientos del estado a las áreas que debe cumplir: salud, educación, justicia, defensa y relaciones exteriores. La prosperidad económica de una nación se basa en la operativa del sector privado, no en los movimientos del estado. Eso es lo que nosotros sostenemos. Lo último que quiere un liberal es un estado que meta la nariz en el tema préstamos. ¡El estado ni se tiene que enterar que el Fondo Monetario existe!
Mucha gente tenía simpatía por la Unión Soviética en los Estados Unidos en la década del ’40, por lo que el caso de White no resulta excepcional. La ironía del destino es que fuera precisamente un comunista quien habría de crear uno de los mayores objetos de odio de los comunistas de las últimas décadas. Tal vez, una estrategia para el Fondo sería anunciar este hecho con bombos y platillos por toda América Latina. Es posible que así sus funcionarios sean acogidos con un poco más de entusiasmo en todos los países que visitan. ¿El objeto crea el odio o el odio crea el objeto?

jueves, 21 de abril de 2011

Unos fantasmas recorren el mundo: las empresas

El Manifiesto Comunista decía, “un fantasma recorre el mundo,” refiriéndose al comunismo. Para la izquierda actual, los fantasmas que recorren el mundo no son uno sino varios: las empresas.
¿Y qué es una empresa? Es un engendro diabólico regenteado por hienas fascistas. Es una maquinaria voraz diseñada para saquear las riquezas de los pueblos y someterlos a la explotación y al colonialismo. Es una corporación que contribuye a acentuar la división internacional del trabajo, la cual tiene como finalidad que unos países ganen y otros pierdan. Es un instrumento de dominación de las clases trabajadoras. Es un medio de perpetuar las injusticias sociales en el planeta. Cuanto más sufren los pueblos, más felices son los CEOs.
Como diría Juan Bautista Alberdi, los colores de que me valgo serán fuertes, podrán ser exagerados, pero no mentirosos, y no hay duda que esta es la espeluznante escena que anida en el inconsciente colectivo de la gente de izquierda en lo que al concepto de “empresa” se refiere. Alzan la voz al unísono en contra de estas herejías de los tiempos modernos.
¿Qué es lo que hasta tal punto los enfurece y escandaliza? El fracaso y los desastres provocados por las políticas estatistas e intervencionistas que ellos pregonan en todas partes, pero muy especialmente en los países donde más profundamente fueron aplicadas: los países latinoamericanos y otros del tercer mundo. Y su obstinación en insistir en dichas políticas.
Para comprender realmente por qué le llueven tantas diatribas a estas entidades por parte de la izquierda intelectual y revolucionaria, nos conviene empezar el análisis al revés: qué no es una empresa.
Una empresa no es una institución de caridad como la Cruz Roja o el Ejército de Salvación. No tiene interés en regalar dinero a un país en que invierte, precisamente porque eso es lo que hace: invertir, actividad que no puede desligarse del objetivo de conseguir beneficios. Lo que hacen, entonces, es buscar ganancias. Si una empresa invierte dinero en otro país, lo hace porque supone, porque ha calculado que puede recuperarlo y obtener mayores beneficios en el tiempo. Esa empresa se arriesga a diario en ese país, porque la colocación de los productos o servicios que ofrece está sujeta al impredecible equilibrio de la oferta y la demanda, fuera de toda intromisión estatal. Más aún, una empresa va a un país determinado cuando se le permite ir, se van cuando se les obliga a irse. Esto hecha por tierra la teoría de que las empresas son una suerte de ejército expeditivo que avasalla fronteras transnacionales. ¿Por qué General Motors, McDonald’s o Coca-Cola no existen en Cuba? Porque el gobierno no les permite entrar. ¿Por qué compañías telefónicas o ferroviarias inglesas o norteamericanas se fueron de la Argentina en la década del ’40? Porque Perón las obligó a irse.
Una empresa exitosa produce más de lo que gasta y, consecuentemente, desea que su esfuerzo sea recompensado con beneficios. El mundo se mueve en función de obtener beneficios. El sistema mundial mismo reposa sobre esa premisa. Nadie se especializa en perder. Todos (los que hacen bien su trabajo) se especializan en ganar. ¿Por qué hay que suponer que obtener utilidades es moralmente reprochable? El ser humano progresa cuando puede ejercer plenamente sus facultades creativas en beneficio suyo y de quienes lo rodean. En ese sentido, la búsqueda del beneficio es sana y moral.
Al abrirse una economía al capital privado nacional o extranjero, siempre y cuando haya un mínimo de condiciones, esa economía se beneficia. Es como un juego de poleas que va sacando del pozo al país en su conjunto. Los capitales se desplazan de nación confiable a nación confiable buscando siempre el mercado más seguro, rentable y predecible para efectuar sus inversiones. Cuanto más serio y predecible es un país, más garantías da para invertir. No es casualidad que los países más pobres de la Tierra sean aquellos que se encuentran sometidos a burocracias monstruosas, a dictaduras delirantes, ya que al no contar con esas condiciones mínimas, se cierran sobre sí mismos como un pulpo, apenas comercian con el mundo y nadie quiere invertir en ellos. Nigeria cuenta con grandes recursos naturales; sin embargo, su población sufre una pobreza rampante. ¿Quién tiene la culpa? ¿El FMI? ¿Barack Obama? ¿La General Motors? ¿Microsoft? ¿Bill Gates? No. Son las décadas de regímenes militares que ha vivido ese país. Corea del Sur, al finalizar la guerra en 1953, quedó despojada de toda su industria, ya que ésta se encontraba en el Norte. Obvio sería hablar de la diferencia entre las dos Coreas hoy. La Unión Soviética hundió en la miseria más abyecta a todos los países que dominó, muchos de los cuales lograron más tarde una increíble mejora en el nivel de vida de sus ciudadanos convirtiéndose así en sociedades serias y predecibles.
¿A quién conviene que una empresa radicada en un país determinado obtenga beneficios? A todos. Ellas traen dinero, tecnología, trabajo, y todo el beneficio que obtengan vendrá de haber logrado dar una salida a los bienes y servicios que produzcan. Si esos bienes lo venden internamente, el mercado local habrá crecido. Si los exportan, el país habrá logrado una salida para productos locales que de otra forma no habría conseguido, beneficiándose con la decisión que tomará la empresa de mantener o incluso expandir sus inversiones en el país donde habrá instalado sus negocios. Si es por eso, pues, conviene que ganen millones y por qué no billones de dólares. ¿Quién se perjudica? Los intelectuales que ven postergados sus clamores de luchar contra el imperialismo y otras yerbas propias de la izquierda resentida e ignorante.

lunes, 11 de abril de 2011

Fases y propósitos del odio antiyanki

De todas las características del intelectualismo progresista latinoamericano, quizás ninguna sea tan definitoria como el odio antiyanki. No se concibe una mesa de café que no haya sido testigo de alguna diatriba en contra del país del norte. En esta entrada, intentaremos dilucidar cuáles son las verdaderas razones de este odio, y veremos cuán idiota es. Vamos adelante con nuestro objetivo de analizar bien a fondo esta animosidad.
El odio antiyanki fluye de cuatro vertientes diferentes. La primera es cultural. Estados Unidos es la cuna de movimientos socioculturales -el rock, por ejemplo- que tienden a ser de alcance universal. En las pacatas y autoritarias sociedades latinoamericanas, herederas de una España ultracatólica, esta liberalización de las costumbres encontró una gran resistencia traducida en resentimiento. Hasta el más acérrimo opositor tuvo que admitir que no había manera de pararlos: era como barrer las olas del mar. Vemos que el odio antinorteamericano ni siquiera es un odio privativo de la izquierda (contrariamente a lo que se podría suponer), sino que también puede darse entre las derechas más conservadoras y recalcitrantes.
Ahora bien, el ser humano es una criatura moral con poder de elección y eso implica la posibilidad de elegir, valga la redundancia. Si por “cultura” se entiende un conjunto de modo de vida y costumbres, ¿quién tiene la vara para imponer el modo de vida políticamente correcto? ¿Quién le impone qué cosa a quién? ¿Y cuál es la idea? ¿Que los jóvenes argentinos seguidores del grupo Kiss cambien su pasión por los Chalchaleros o por Estela Raval (a los cuales respeto mucho)? Objetivamente, podría llegar a ser; pero ¿qué beneficio traería eso para el país? Las escuelas y los hospitales argentinos no van a funcionar mejor porque la gente deje de escuchar rock y empiece a escuchar más tango.
El segundo canal de odio es el canal histórico. Este sí involucra a la izquierda. Y mucho. En este punto, la izquierda incurre en una falta muy recurrente: efectuar una lectura de los hechos basada en una interpretación ideológica totalmente fuera de contexto.
Desde la independencia en 1776 hasta la finalización de la guerra con España en 1898, Estados Unidos dejó de ser un país no muy grande –algo más de la mitad de lo que es hoy Argentina- y pasó a convertirse en un coloso planetario “de costa a costa” con territorios en el Pacífico, en el Caribe y en el Círculo Polar Artico. Para los intelectuales del progresismo, esta expansión tan formidable no es sino una muestra de la rapacidad del águila norteamericana, voraz e insaciable, que ha saqueado territorios, sometido a sus habitantes y explotado y agotado sus recursos.
Vamos por partes. En primer lugar, hay que tener en cuenta la atmósfera internacional en que esos hechos se inscribieron y juzgarlos no con la mirada extemporánea y descontextualizada de hoy –y las innovaciones tecnológicas actuales- sino con la visión que entonces prevalecía. En 1885, representantes de Inglaterra, Francia y Alemania se reúnen oficialmente en Berlín para precisar las “zonas de influencia” en que África quedará dividida. Inglaterra vive la gloria de su período victoriano y el escritor Rudyard Kipling proclama la “responsabilidad del hombre blanco,” es decir, llevar a los "pueblos oscuros y atrasados," esos pueblos “mitad demonios y mitad niños,” el brillo de la civilización y las ventajas del desarrollo. Victoria, además de reina de Inglaterra, era “emperatriz de la India.” El kaiser Guillermo I gobernaba con mano de hierro a Alemania. El zar Alejandro III era amo y señor de Rusia. Todo lo cual se hacía y se decía de manera totalmente pública, legal y oficial, a todo el mundo le parecía lo más normal y prácticamente nadie, de izquierda o de derecha, cuestiona esta visión positivista del orden mundial decimonónico. Marx, por ejemplo, estaba de acuerdo, pues cómo creer en la victoria final del proletariado allí donde ni siquiera existía. Primero era necesario crearlo, y eso sólo resultaba posible por la enérgica labor de las potencias europeas civilizadas.
En lo personal, me indigna que se hable de "imperialismo" para referirse a un país que no es un imperio sino una república. Sus expansiones en modo alguno, es cierto, estuvieron exentas de atropellos, pero hay que considerar que fueron hechas por soldados, no por hermanas carmelitas; y hasta el más progresista de los progresistas va a admitir que los primeros son más indicados que las segundas para realizar tales menesteres y que, por ende, el gobierno iba a encomendar a ellos, no a ellas, llevar a cabo ese tipo de misión.
Por otra parte, una interpretación victimista de la historia en la que los roles se dividen entre ángeles y demonios (una “asignación” de roles así dispuesta según mejor se ajuste a intereses políticos del momento) no contribuye a enmendar la causa profunda de los males que aquejan a las diversas sociedades. Por el contrario: contribuye a perpetuarla.
La fase tres, la económica, se apoya en gran parte en la histórica. Obsérvese: a comienzos del siglo XX surgió en Europa una corriente de pensamiento que buscó justificar el fracaso de la predicción marxista revolucionaria en los países ricos con el argumento de que el capitalismo seguía vigente por obra del imperialismo. La increíble paradoja que los marxistas deben asumir es que el propio Marx, como ya mencionamos, apoyaba el colonialismo como una forma de acelerar en los países subdesarrollados el advenimiento del capitalismo, que sería el indispensable paso previo del socialismo y, por fin, del comunismo. Marx nunca sostuvo que la pobreza de América Latina era causada por la riqueza norteamericana o europea sino que esa noción es en realidad una postura tercermundista surgida mucho después. Esta ideología fue la que llevó a la formación de todas las organizaciones guerrilleras latinoamericanas de los años ’70 y continúa vigente entre los seguidores del filósofo alemán, quien sería el primero en refutarla. Y nadie como el francés Jean Francois Revel ha definido su finalidad: “el objetivo del tercermundismo es acusar y si fuera posible destruir las sociedades desarrolladas, no desarrollar las atrasadas.”
Toda crítica económica debe realizarse dentro de un marco de objetividad y coherencia. El progresista se desgañita por defenestrar el capitalismo yanki como causante de todas las calamidades habidas y por haber, pero esa crítica nunca incluye a países como Canadá, Suiza, Corea del Sur o Japón que se caracterizan por tener, precisamente (sólo con algunos matices de diferencia), ese mismo capitalismo. Por el contrario, dicha coherencia brilla por su ausencia. El antinorteamericanismo está basado en una interpretación tergiversada de las cuestiones económicas y culturales y es una visión totalmente prejuiciosa y superficial de ellas. En una palabra, no es serio, prospera sobre un fondo de desinformación histórica, de demagogia y de ingenuidad, y explota conscientemente el odio, la envidia y el resentimiento.
Todo el pensamiento de la izquierda actual se basa en la noción de que Estados Unidos es directamente responsable de las miserias de los países pobres. Según esa línea de pensamiento, el subdesarrollo de dichos países es el producto del enriquecimiento de otros. En última instancia, su pobreza se debe a la explotación de que son víctimas por parte de los países ricos del planeta.
¡Seguro, muchachos! Vamos a ver unos ejemplos.
Mr. Jones es un ingeniero de Boston; es casado, tiene tres hijos, trabaja en una empresa de microprocesadores y en sus ratos libres le gusta jugar al golf. ¿Cuál es la consecuencia de eso? Que el ingreso per cápita de Nicaragua sea de sólo 2.600 dólares anuales.
La relación causa-efecto es irrefutable, ¿verdad?
Mrs. Smith es una corredora de bienes raíces de Nueva York y en su caso particular está muy contenta porque a raíz de una serie de exitosas operaciones, consiguió un muy esperado ascenso en su firma. Le gusta el cine, la música clásica y el jazz, está estudiando francés y espera viajar a París este año. Está bien claro que es por eso que el ingreso de Zambia sea aún menor que el nicaragüense. ¿Cómo dudarlo?
Mr. Taylor tiene un lavadero de autos en Chicago. Le está yendo tan bien que piensa abrir una sucursal. Y como cada acto tiene consecuencias, con cada Ford Explorer que se lava en su establecimiento aumenta el índice de mortalidad infantil una décima de punto en Guatemala.
Mr. Harris de Detroit…
La cuarta y última fase de este odio es la más delicada. Involucra entrar de lleno en un territorio netamente freudiano. En el inconsciente de los buenos odiadores antiyankis, aquella gente representa al padre al que hay que matar para lograr la felicidad. Ellos son el chivo expiatorio (léase cabeza de turco) al que se le transfieren las culpas. Son los responsables de que proyectos políticos de la talla cívica de la Nicaragua sandinista o la Cuba de Castro no hayan logrado el maravilloso lugar que se merecían en el concierto de las naciones. Son los causantes del derrumbe de la Argentina en 2001 a pesar de la ductilidad de la alianza UCR- Frepaso. En vez de poner en práctica una economía de mercado, el intelectual progresista realiza lo que en psicología se conoce como “transferencia,” que no es otra cosa que enfardar a un tercero las responsabilidades por las propias fallas. Justamente, es en esa acusación de "imperialismo" en que se le transfieren las culpas. Para los intelectuales de los corillos de café, los males de los pueblos se siembran, como los manzanos de Johnny Appleseed, en los Estados Unidos. Las causas del atraso, pues, hay que buscarlas en sus prósperas y ordenadas ciudades, en su espléndido nivel de vida, en sus triunfos tecnológicos, en sus universidades, en sus bibliotecas, en sus maravillosas bellezas naturales.
Todos los países tienen los mismos defectos que Estados Unidos, pero pocos tienen sus virtudes. No existen muchos países con tanta libertad política, económica, religiosa y cultural, y con una tradición democrática de tantos años. Todas las razas y religiones se encuentran representadas en este país, lo que lo hace el más heterogéneo, multicultural, multirracial, multiétnico y multirreligioso del mundo. En ese sentido, su cultura es rica; más aún, enriquecedora.
Por lo tanto, el hecho de que esta ola de odio se dirija contra este país solamente demuestra la eficacia de la infiltración marxista en los medios de información. Estados Unidos es, en cierto modo, el espejo en que se mira el mundo, incluso ellos mismos. La imagen que rebota es que la democracia representativa y el sistema capitalista de libre empresa son los mejores sistemas políticos y económicos conocidos por el hombre. La historia, no los corillos de café, debe ser la encargada de juzgar a este país tan grande.

lunes, 4 de abril de 2011

Por qué el capitalismo es bueno para el alma

Clive Hamilton, director del Instituto de Australia, uno de los foros de discusión y análisis independientes más importantes de ese país, declaró en un reciente debate que el capitalismo es "malo para el alma." Justamente, una de las más grandes críticas de los intelectuales de izquierda al capitalismo es su vacío pasional. A diferencia de ideologías opositoras como el socialismo o los movimientos ambientalistas, el capitalismo no tiene apelativo romántico, no enciende pasiones, no lucha contra ningún imperialismo, no promueve héroes como el Che Guevara, no propone luchas por un mundo mejor. En la economía de mercado, el futuro no está delineado por la imposición de utopías sino por la ley de la oferta y la demanda. El capitalismo puede argumentar que es el mejor sistema conocido hasta ahora por el hombre para la producción de bienes de consumo, pero eso no enciende los corazones, no suena romántico ni idealista, no incita a la rebelión como el socialismo. El capitalismo produce pero no incita. El socialismo incita pero no produce.
La historia del socialismo está llena de ejemplos de terribles tragedias en todos los países socialistas; sin embargo, su encanto sigue atrayendo a miles de jóvenes idealistas que jamás han puesto un pie en ninguno de esos países sino que fueron a Disney.
El socialismo, además, comparte su encanto con los movimientos ambientalistas. Ambos son controversiales y se autodefinen como alternativa al existente sistema capitalista. Ambos inspiran a los jóvenes y encienden su imaginación. Ambos son moralistas y quieren purificar a la humanidad de su profundo egoísmo y materialismo. Ambos realizan una cruzada moral en contra de un sistema capitalista que sólo persigue beneficios económicos. Ambos son apocalípticos, presumen de ser capaces de leer el futuro y advierten, como los profetas del Antiguo Testamento, que habrá catástrofes si no cambiamos nuestro estilo de vida. Ambos son utópicos, sosteniendo la promesa de redención a través de un nuevo orden social basado en una humanidad más iluminada. Y ambos descalifican a sus oponentes como materialistas, egoístas, reaccionarios, capitalistas encumbrados en clases altas carentes de sensibilidad social y agentes del imperialismo yanki. El problema con estos movimientos es que se toman tan en serio a sí mismos que han perdido todo sentido de la ironía. Expertos en cambio climático y calentamiento global dan la vuelta al mundo en sus jets privados para asistir a eventos sobre cambio climático y calentamiento global y las organizaciones antiglobalistas coordinan sus actividades utilizando métodos de comunicación global.
El aburrido capitalismo no puede competir con tanta emoción. ¿Dónde está el romanticismo en levantarse, ir a trabajar, volver al hogar, mantener una casa, criar una familia, pagar impuestos y sentarse en un sillón a mirar televisión? ¿Cuál es la cruzada moral de comprar y vender, de producir y consumir, de depositar dinero en el banco? En ese sentido, si se quiere, el capitalismo es frío, es desapasionado. El socialismo representa luchas, revoluciones, tomas de poder y cambios sociales. El capitalismo representa la vida diaria, burguesa y capitalista.
Para saber si el capitalismo es realmente "malo" o “bueno" para el alma, nos conviene examinar la cuestión metafóricamente, más que teológicamente. Desde ese punto de vista, el que corresponde al contexto de nuestro análisis, afirmar que algo es bueno para el alma implica puntualmente que ese algo ha acrecentado nuestra capacidad para que la vida sea mejor. En esta interpretación menos literal y más secular de “alma,” el capitalismo arrasa con todos los premios. ¿Qué rival tiene?
Desde los tiempos de Adam Smith, sabemos que el capitalismo trae aparejada la ganancia para todas las partes involucradas. Esto es obvio en la relación entre productores y consumidores, porque los beneficios generalmente van a aquellos que se anticipan a lo que otras personas quieren y entonces lo entregan al menor costo posible. Pero también es válido en la relación entre empleadores y empleados. Uno de los elementos más siniestros del marxismo es sugerir que esa relación es intrínsecamente antagónica: para obtener beneficios, los empleadores deben forzosamente reducir los salarios. Eso no es verdad. Eso es sencillamente una patraña. De hecho, los trabajadores en los países capitalistas avanzados prosperan cuando sus empresas incrementan los beneficios. Ir en pos de las ganancias resulta en condiciones de vida más altas para los trabajadores así como en más y mejores productos y servicios para los consumidores.
La forma en que esto ha acrecentado la capacidad de la gente para vivir una vida mejor se puede ver en la espectacular reducción de los niveles de pobreza de todo el mundo. En 1820, el 85 por ciento de la población mundial vivía con el equivalente actual de un dólar por día. Para 1950, esa proporción había caído al 50 por ciento. En la actualidad, es alrededor del 20 por ciento. La pobreza mundial ha caído más en los últimos 50 años que en los previos 500. Esta dramática reducción de los niveles de pobreza no se debe a las políticas socialistas de redistribución de la riqueza sino al capitalismo. Para poner este extraordinario logro en perspectiva, el promedio de la expectativa de vida en los países más pobres al final del siglo veinte era 15 años mayor que la expectativa de vida en el país más rico del mundo -Inglaterra- al comienzo de ese siglo. Autopistas, puentes, rascacielos, obras de ingeniería hidráulica, redes eléctricas, estaciones de comunicación satelital, servicios de telefonía e Internet no son producto de las políticas socialistas de redistribución de la riqueza sino del capitalismo. Y si bien es cierto que el capitalismo no necesariamente es garantía de libertad y de democracia, también es cierto, como puntualizaba Milton Friedman, que dichas condiciones jamás se dan en ausencia de una economía libre. Históricamente, el capitalismo sacó a la humanidad del feudalismo medieval. Cada vez que el hombre hace un movimiento lo hace hacia el capitalismo, no alejándose de él. Nadie saltó nunca el muro de Berlín de Oeste a Este y no hay oleadas de refugiados que se desplacen de Corea del Sur a Corea del Norte, ni de Taiwan a China Roja.
Pero el capitalismo ha llegado demasiado lejos, dicen sus detractores. Nos hemos vuelto demasiado materialistas, demasiado ambiciosos, como asevera Hamilton con su observación. Nuestra preocupación por el dinero ha invadido cada rincón de nuestras vidas y estamos tan obsesionados con el consumo que hemos perdido de vista todo sentido de auténtica realización. Como resultado, somos cada vez más infelices e insatisfechos y, por lo tanto, es hora de detenerlo. A la pregunta de “¿cuándo?,” la respuesta de los estudiantes y de los intelectuales es invariablemente “¡ahora!” Hamilton dice que el problema con el “excesivo materialismo” comenzó “en las últimas dos o tres décadas.” Siguiendo, entonces, esa línea de pensamiento, ¿qué habría pasado si ese famoso “ahora” se hubiese realizado, por ejemplo, en 1985? Internet no sería el único avance que no existiría de haberse impuesto esta postura antiprogreso económico, antimaterialista y anticapitalista. Tampoco habría notebooks, ni blackberries ni teléfonos celulares, ni siquiera las convenientes y económicas tarjetas telefónicas actuales. No habría CDs, ni DVDs, ni i-Tunes, ni cámaras digitales, ni televisores plasma. No existiría la televisión satelital. No habría twitter, ni chat ni mails. No habría autos híbridos y casi nada de energía solar o eólica. No se habría descubierto el genoma humano. No se habría avanzado en el tratamiento de Alzheimer y de sida ni en la exploración espacial. No habría cultivos transgénicos.
Naturalmente, la mayoría de nosotros podríamos vivir perfectamente sin todas esas cosas. Pero lo que nadie puede ni remotamente argumentar es por qué sería "bueno para el alma" privarse de ellas. ¡Hasta los hippies las tienen!
Y si el "problema" con el "excesivo materialismo" continúa, lo más probable es que todo estos extraordinarios logros e inventos sean aún más perfectos en el futuro.
Ningún sistema económico puede garantizar el progreso o la felicidad. Todo lo que podemos exigir, razonablemente, es que se den las condiciones necesarias que nos permitan construir vidas felices y prósperas para beneficio nuestro y de quienes nos rodean. En ese sentido, el capitalismo ha pasado las más severas pruebas de control de calidad. Y lo ha hecho con honores. En virtud de apuntalar un sistema transparente de derechos de propiedad privada, el capitalismo ofrece seguridad individual, permite que la gente interactúe libremente afianzando vínculos familiares, grupos de amistades y foros de intereses comunes, y maximiza las oportunidades para realizar el potencial humano a través de trabajo y motivación en las más diversas actividades. Marx argumentaba que las condiciones de la felicidad humana no podían ser satisfechas en una sociedad capitalista. Su teoría de la “miseria del proletariado” sostenía que el capitalismo ni siquiera podía garantizar la provisión de refugio y comida porque la pobreza de masas, la miseria y la ignorancia eran las inevitables consecuencias de la acumulación de capital por parte de una pequeña clase capitalista dominante. Hoy sabemos que Marx estaba espectacularmente equivocado. Los trabajadores no sólo ganan un sueldo digno, sino que poseen confortables hogares, tienen participación y acciones en las compañías que los emplean, van a la universidad, ascienden posiciones, y establecen sus propios negocios. La “clase proletaria” de Occidente ha estado tan ocupada en expandir sus horizontes que ya se ha olvidado del mandato histórico de derribar al capitalismo. De hecho, no son proletarios sino propietarios.
Este triunfo de lo que podríamos llamar un verdadero capitalismo de masas dejó muy mal parados a los marxistas, hasta que en la década de 1960, el filósofo alemán Herbert Marcuse postuló que el capitalismo proveía a la masas de sus necesidades, pero decía que en realidad eso los priva de cualquier significado y propósito en sus vidas. Marcuse sugería que la publicidad engendraba “falsas necesidades” por los bienes de consumo que el capitalismo provee, mientras que los verdaderos y más profundos deseos permanecían “sublimados” e incumplidos. La clase trabajadora está “alienada” porque todas las experiencias están mediatizadas a través de esta vacía consumición de productos.
¿Por qué no se ponen de acuerdo? Mientras Marx decía que el capitalismo no puede proporcionar a la gente los bienes que necesitan, Marcuse se quejaba de que les suministraba demasiados.
Quizás el mayor atractivo de vivir en una sociedad capitalista no sea que la economía funcione, sino el hecho de que podamos escribir libros criticando al capitalismo y venderlos para ganar dinero en esa misma sociedad capitalista. Es lo que hacía Marcuse, que vivía en Estados Unidos.
Hay una tendencia a creer que podemos diseñar –y eventualmente imponer- mejores sistemas que aquellos que la tradición o la evolución nos ha legado. Desconfiamos de los sistemas evolucionados, como los mercados, que parecen funcionar sin dirección personalizada de acuerdo a leyes y dinámicas que, en realidad, nadie entiende plenamente. Nadie planeó el capitalismo global, nadie lo conduce y nadie realmente lo comprende. Esto ofende particularmente a los intelectuales, porque el capitalismo los vuelve prescindibles. Se las arregla perfectamente sin ellos. No los necesita para funcionar. No los requiere para programar ni coordinar ni redefinir nada. Los críticos intelectuales del capitalismo creen que saben lo que es mejor para nosotros, pero millones de personas interactuando en el mercado continúan ignorándolos. Esta, en última instancia, es la razón por la que creen que el capitalismo es “malo para el alma:” satisface las necesidades humanas sin su autorización.