lunes, 1 de abril de 2013

Que la razón prevalezca

En 1948, Corea quedó partida en dos como consecuencia de la división de la península por los soviéticos y los norteamericanos. Sería redundante hablar de las diferencias entre los dos países, pero hay un dato que vale la pena destacar: Corea del Norte tiene el quinto ejército más poderoso del planeta, con más de un millón y medio de efectivos y otros cuatro millones en la reserva. Frente al paralelo 38 que divide a ambos países, hay once mil misileras con capacidad de alcanzar todo el sur y también Japón. Su historial nuclear incluye tres pruebas entre 2009 y el 11 de febrero pasado. Esto fue lo que le valió un conjunto de sanciones internacionales, apoyadas entre otros por China, en contra de este país sometido a la dictadura de los K (Kim, no Kirchner).
Los exabruptos vocales del dictador Kim Jong-un, que no deja pasar oportunidad para amenazar a cualquiera, según consta en sus furibundos discursos, causan conmoción en el mundo entero. Corea del Norte se autoproclama "en estado de guerra" con Corea del Sur y afirma que "todos los temas que se planteen entre Norte y Sur se manejarán en consecuencia." De hecho, el régimen de Pyongyang está amenazando a Corea del Sur y a las bases militares estadounidenses de la península casi a diario desde comienzos de marzo, cuando los ejércitos surcoreano y norteamericano realizaban ejercicios de rutina, y ha ordenado a sus poderosas fuerzas armadas permanecer en estado de alerta. Kim Jong-un elevó aún más el tono dela confrontación al ordenar tener preparados sus misiles para atacar "en cualquier momento" intereses de Estados Unidos y Corea del Sur.
"Ha llegado el momento de ajustar cuentas con Estados Unidos," dijo el sábado pasado el gobierno norcoreano a través de su agencia KCNA. Washington ha dicho que se toma “en serio” las amenazas norcoreanas. Por su parte, países como Inglaterra, Francia, Alemania, Rusia y China repudiaron las declaraciones de Kim y expresaron su preocupación por la delicada situación. El Foreign Office inglés afirmó que con sus “advertencias amenazadoras,” Corea del Norte sólo logrará “un mayor aislamiento,” y el Ministerio de Asuntos Exteriores de Francia expresó su “preocupación” por la situación y pidió que el gobierno norcoreano se abstenga de “toda nueva provocación.”
Estas provocaciones, en efecto, sientan un precedente gravísimo. Pero lo que llama la atención es que el mundo entero pareciera ignorar las verdaderas circunstancias que provocan esta tensión. Corea del Norte se encuentra bajo un régimen comunista, un sistema en que un estado omnímodo interfiere en la vida de los habitantes, los cuales son simples súbditos sometidos al capricho de sus déspotas. Gracias a un sistema de represión y de lavado de cerebro constante y permanente, ese tipo de gobierno logra mantenerse en el poder a lo largo de los años sometiendo a las masas a la sumisión y a la miseria más abyecta en todos los niveles. En ese sistema tan perverso, el ser humano carece de toda posibilidad de ejercer una representación mínima en el poder, de torcer el curso de los acontecimientos si éstos no responden al interés o a la voluntad popular, de cambiar las políticas en trance si no son eficaces. Por el contrario, los gobernantes no tienen ningún tipo de fiscalización y a nadie le rinden cuentas de su nefasto accionar. 
En la división de 1948, la parte que llevaba las de perder era el sur, ya que toda la industria estaba en el norte. ¿Qué fue lo que sucedió? Corea del Sur, que logró convertirse en una democracia liberal exitosa y adoptó una economía de mercado, se posiciona en la actualidad como una gran potencia económica con un notable nivel de vida para todos sus habitantes. Su vecino del norte, en cambio, eligió el camino que todos conocemos, y hoy el mundo asiste a la tragedia de un país cuyo ejército, como dije antes, es el quinto más poderoso mientras que su ingreso per cápita es inferior al de Uganda. Y ahora se dedican a amenazar al mundo como si tal cosa. Corea del Norte debe abandonar su retórica bélica, cancelar su programa nuclear y poner a la gente y el interés de la gente, no los caprichos del gobernante, en primer lugar.
Kim Jong –un es un dictador peligroso y delirante que está llevando al mundo a un estado de crispación que nadie sabe en qué va a devenir. Ante tanta demencia, entonces, es de esperar que la prudencia y la razón canalicen las acciones de la comunidad internacional en su conjunto para que la razón prevalezca y, ya como un reaseguro a futuro, buscar ayuda para incorporar a este país a un legítimo lugar en el concierto de las naciones.             

lunes, 18 de marzo de 2013

Que McDonald's administre la inmigración

El presidente Barack Obama está llevando a cabo una reforma inmigratoria que en esencia es un "reprise" del Acta de Reforma y Control de la Inmigración (IRCA, por sus siglas en inglés) sancionada por Ronald Reagan en 1986. Ambas se apoyan en los mismos pilares: legalización para inmigrantes ilegales que cumplan ciertas condiciones, sanciones a empleadores que tomen empleados sin documentos, refuerzo de controles fronterizos y aumento de cuotas de visas para cierta clase de individuos favoreciendo a algunos -graduados de carreras técnicas avanzadas, por ejemplo- sobre otros. Pero estas decisiones serán tomadas por funcionarios, no por el mercado. Todo basado en la presunción de que el estado, por decreto y mágicamente, es la solución a todo lo que nos pasa en todos los órdenes de la vida. ¿Quién necesita de un enfoque más flexible, ni que hablar en sintonía con las necesidades de la economía, cuándo el gobierno puede salvarnos a nosotros de nosotros mismos?
Las reformas de la era Reagan no previeron la forma en que las nuevas necesidades económicas sortearían las restricciones generando los aproximadamente 11 millones de inmigrantes ilegales que residen en la actualidad en los Estados Unidos. ¿Por qué? Porque el estado no puede prever en qué consistirán las necesidades surgidas del funcionamiento de la economía a través del tiempo. Como en toda política intervencionista, el estado se atribuye la potestad de dirigir un mercado basado en decisiones que son tomadas por millones de individuos interactuando libremente a diario. El número de inmigrantes necesarios para cubrir puestos de trabajo, desde la recolección de frutas hasta la escritura de códigos informáticos es imposible de predecir desde una oficina del gobierno. Si los inmigrantes se trasladan de un país a otro, lo hacen por la simple razón de que en el país receptor hay empleadores interesados en contratarlos, con o sin el beneplácito del gobierno. El potencial de un trabajador inmigrante, que no cabe duda que ha venido a trabajar, es incalculable.
Richard Nixon dijo una vez que, de adoptarse un sistema más flexible que los cupos predeterminados de visas de inmigrantes, "cientos de millones de personas" emigrarían a los Estados Unidos. Pero él lo dijo en el contexto de la economía de la década del '70, cuando la economía global era muy diferente a la actual, mucho más estática y localizada, lejos de las innovaciones tecnológicas de hoy. En la actual economía, en la que asistimos a fenómenos de economías en rápido desarrollo que prometen ser líderes globales, los famosos "tigres asiáticos", por ejemplo, no es lógico suponer que un sistema más flexible abriría las compuertas para una invasión. En la primera parte de la última década, alrededor de 800.000 inmigrantes indocumentados entraron a los Estados Unidos cada año. Para el año 2010, la migración neta desde México, el principal país de origen, se había reducido a cero. La razón principal no fue el fortalecimiento de la patrulla fronteriza sino la desaceleración de la economía. Lo mismo había ocurrido después de pincharse la burbuja de las empresas punto.com. Ese es otro factor que Nixon tampoco hubiera podido prever.
El mayor problema de la inmigración es que está estigmatizada por muchos años de visiones basadas en la desinformación y el prejuicio. En ese sentido, uno de los más grandes temores es el peligro cultural que impera al respecto, y esto no es ninguna novedad. Los inmigrantes latinoamericanos, especialmente los mexicanos, que representan el fuerte de la inmigración a Estados Unidos a partir de mediados del siglo XX, sufrían la misma estigmatización que los irlandeses e italianos en el siglo XIX. Los inmigrantes erosionan la cultura local y la cambian para convertirla en otra. Pero lo cierto es que los inmigrantes muestran patrones de adaptación que echan por tierra cualquier argumento en su contra. Como regla general, la asimilación es fuerte en la segunda generación y se completa en la tercera. Esto se cumple tanto con los inmigrantes legales como con los ilegales. No solamente eso. La tecnología actual es un factor que ayuda mucho para la asimilación.
Volviendo a la economía, virtualmente todos los estudios demuestran que los inmigrantes ejercen una influencia pequeña, pero positiva, en la misma. La noción de que los inmigrantes le quitan el trabajo a los ciudadanos, en vez de cubrir las necesidades de la economía, es falsa y parte de la misma nebulosa de prejuicios con que se suele percibir el fenómeno de la inmigración.
¿Qué se puede hacer entonces? Volvamos a la presunción de que el capitalismo funciona. Dejemos el asunto en manos del mercado. Para eso, no se me ocurre nada mejor que la inmigración sea administrada por McDonald's. Sus locales están esparcidos por todo el orbe y sus servicios cubrirían todas las necesidades. Todo lo que hay que hacer es comprar, junto con el combo, una Immigration McCard para emigrar a los Estados Unidos. ¿A qué precio? A precio de mercado por la ley de la oferta y la demanda.
Así, poniendo la inmigración en el punto del mercado libre, los legisladores se sorprenderán de ver como la marea de inmigrantes fluctúa naturalmente. A veces, los números apenas se notarán.

miércoles, 6 de marzo de 2013

Venezuela: ¿Y ahora qué?

Hugo Chávez logró tañer una cuerda en la psiquis de los venezolanos: se erigió ante ellos como el líder carismático que venía a salvarlos de los embates de las corporaciones. Su modelo populista de redistribución de la riqueza, ícono de la retórica tercermundista, fue el elemento que caló hondo en una población venezolana que, elección tras elección, lo llevaba al triunfo; y una vez asegurado su lugar en el poder, le daba riqueza al pueblo gracias al furor mundial de las materias primas, lo cual lo distinguió de sus predecesores que no contaron con esa ventaja.
Así, creó un culto a su personalidad que fue en crescendo de acuerdo al aumento internacional del costo del petróleo. Cuando llegó al poder en 1999, el barril de petróleo costaba alrededor de 9 dólares; hoy está casi a 90. Chávez empezó a financiar políticos leales a su causa en otros países latinoamericanos como Bolivia, Nicaragua y Ecuador, y acabó creando su bloque de aliados en el continente, ALBA, para impulsar el proyecto que denominaba "socialismo del siglo XXI." Mientras tanto, creó una política interna de concentración del poder público, de desvío de la economía para sus propios fines, y de persecución a todos los sectores opositores y a la prensa no adicta. La influencia de Chávez en el continente creció en una forma directamente proporcional a los precios del petróleo en el mundo.
Su muerte plantea la incógnita de la continuidad de su proyecto ¿Puede hablarse de un chavismo sin Chávez? ¿Seguirá teniendo influencia en América Latina?
Una clave para resolverlo sería observar que actitud tomarán a continuación sus antiguos aliados, los que se beneficiaron a partir de contar con él en el gobierno. Por ejemplo, Venezuela envía 10 mil barriles de petróleo diarios a Cuba. Si los hermanos Castro no hubieran contado con ese suministro vital en todos estos años, ¿habrían podido mantenerse en el poder? Vale la pena pensarlo.
De todos modos, ya que el precio del petróleo, en realidad, estaba menguando en el mundo luego de un récord histórico de 146 dólares por barril en 2008, la influencia de Chávez parecía confinada a su núcleo incondicional: Cuba, Bolivia, Nicaragua, Ecuador y algunas islas del Caribe. Y además, como muchas de sus promesas nunca se materializaron, como es el caso de un gasoducto que debía ir de Caracas a Buenos Aires, y algunos proyectos de infraestructura en Asia y África, y también su fallido intento de hacer entrar a Venezuela en el Consejo de Seguridad de la ONU, su estrella iba francamente en cuarto menguante. Por otra parte, su alineación con Irán le terminó jugando en contra mucho más que a favor. Teherán se encuentra sometido a un severo régimen de sanciones internacionales, entre otras razones, por su polémico plan nuclear. El fin de vincular a Venezuela con ese país era muy discutible.
Tan es así que en estos últimos años se vio emerger una figura opositora como Capriles que, si bien perdió las últimas elecciones, supo armarse con un buen caudal de popularidad para disputarle el poder a Maduro, el sucesor designado por el líder bolivariano.
"Capriles es un peligro, porque es un aliado de Estados Unidos," decía un jubilado de La Habana. ¿Cuál es el peligro? ¿Es que, finalmente, sea su oportunidad de convertirse en el próximo presidente de Venezuela? En ese caso, sería interesante ver de qué manera se conducirán gobernantes como Castro, Morales o Correa, despojados del apadrinamiento de Chávez. Por lo pronto, Cristina Kirchner decretó tres días de duelo nacional y se apresuró a viajar a Caracas. Sin duda, le interesa mantener una imagen positiva allí.
Venezuela es un país con un gran potencial y el mundo entero no espera otra cosa que verlo desarrollado. Pero el camino correcto para hacerlo es la libertad y la democracia. La expectativa es que quienes rijan sus destinos a partir de este momento consigan ponerse a la altura de las circunstancias.

viernes, 1 de marzo de 2013

El hombre es el único animal que tropieza dos veces con la misma piedra

El primer caso documentado de control de precios de la historia data del año 301, cuando el emperador romano Diocleciano estableció “bajo pena de muerte” precios máximos para más de mil artículos. Diecisiete siglos más tarde, el emperador argentino Guillermo Moreno pide “tolerancia cero” para los comerciantes que infrinjan los precios máximos establecidos por él. Una prueba cabal de que el hombre es el único animal que tropieza dos veces con la misma piedra.
Desde aquellos días tan remotos, hay sectores políticos que insisten en que el estado es capaz de vulnerar el delicado equilibrio de la oferta y la demanda, piedra angular de la economía de mercado. Cuando el hombre pretende ignorar este concepto, las consecuencias son catastróficas.
Un día, por ejemplo, el hombre se indigna porque en el supermercado detecta un aumento en el precio de un determinado producto. Entonces, supone que se trata de un aumento arbitrario dispuesto por los dueños de ese supermercado para aumentar sus ganancias. No quiere comprender que, si bien el deseo de todo comerciante es aumentar las ganancias, nadie puede aumentar un precio por encima de lo que el mercado está dispuesto a pagar, porque corre el riesgo de no vender nada. Entonces el hombre, convencido de que puede hallar sustitutos más idóneos que la ley de la oferta y la demanda, le pide al estado que intervenga. El estado accede, presuroso y complaciente. Establece un control de precios. (En realidad, no es control de precios sino de personas. Los que sufren la humillación de ver sus vidas controladas por el estado no son los precios sino las personas). Pero, ¿qué sucede entonces? El producto en cuestión comienza a escasear. ¿Por qué? Porque nadie tiene interés en producir algo si van a obligarlo a que lo venda por menos del precio establecido por la ley de la oferta y la demanda. No solamente eso, la calidad del producto será inferior a lo que era, sin duda, pues la escasez habrá acicateado la demanda, y al no haber competencia al vendedor no le interesa mejorar su producto. También, gracias al propósito de eludir el principio de la oferta y la demanda, será pésimamente atendido en los establecimientos, ya que a los dueños no les interesa mejorar el servicio. Y finalmente, cuando el estado retira los controles de precios, termina pagando un precio más elevado del que hubiese pagado si de entrada hubiera aceptado el precio con aumento impuesto por el mercado con su libre juego. Estos son los logros cuando el estado intenta tergiversar las leyes económicas.
Un producto puesto a la venta es, en sí mismo, un desafío a que surja la competencia, y al aumentar la oferta disminuirá la demanda y bajarán espontáneamente los precios, y el resultado serán supermercados con las góndolas llenas de variadas y abundantes mercaderías, precios convenientes, calidad en la atención y, en definitiva, esa sensación de prosperidad y de bienestar general que se respira en las sociedades más avanzadas de la Tierra; aquellas que han tenido la sabiduría de rechazar políticas de intervencionismo estatal adoptando, en cambio, la economía de mercado
La ley de la oferta y la demanda es un parco sistema de señales (el único que existe) que permite saber al hombre qué productos deben ser colocados en el mercado y cuánto se ha de pagar por ellos. Toda intervención del estado es una distorsión de esas señales cuyos resultados, como dije, son catastróficos. Es lo que sucede cada vez que el hombre se deja convencer por los estatistas de que las leyes del mercado pueden ser vulneradas por disposiciones del gobierno, por decretos de funcionarios mesiánicos que creen saber mejor que nosotros lo que es mejor para nosotros mismos. Desde el imperio romano hasta el imperio del relato kirchnerista (el más corrupto del que se tenga memoria), la historia de la humanidad nos demuestra, sin excepciones, que las políticas de intervencionismo estatal destruyen la economía y devastan las comunidades más prósperas hasta reducirlas literalmente a polvo. Y que, en cambio, la economía de mercado es la herramienta idónea, indicada e insuperable para asegurar el progreso y el bienestar.     

sábado, 9 de febrero de 2013

Un reaseguro digno y apropiado

El choque entre la era agrícola y la era industrial provocó la emigración del campo a las ciudades con su inevitable secuela de marginalidad, enfrentamientos de todo tipo, violencia y destrucciones. De la misma manera, la transición de la era industrial a la era tecnológica actual plantea dilemas que surgen de la realidad de un mundo interconectado en el que la información, la producción de bienes, las comunicaciones, las finanzas, las decisiones se suceden en forma cada vez más vertiginosa. La expansión de la ideología del libre comercio se da como un medio apto para estimular la producción de riqueza. Sin embargo, esto trae aparejadas serias cuestiones en relación con la situación laboral.
Por ejemplo, muchas grandes corporaciones trasladan sus plantas de países desarrollados con buena protección social a otros cuyas normas laborales son escasas o prácticamente nulas, lo cual permite un costo de producción irrisorio a costa, en algunos casos, de jornadas agotadoras o salarios miserables.
La consecuencia es que muchos trabajadores de los países desarrollados pierdan sus puestos y que las cifras de desempleo aumenten. A esto hay que agregar el gran remanente que en el mercado de trabajo causan las nuevas tecnologías con su devastadora supresión de puestos de trabajo, que obligan a medidas de racionalización laboral que permitan a las empresas ser competitivas.
Aparece entonces la necesidad de la llamada flexibilización laboral para reducir los costos y, eventualmente, favorecer el empleo modificando normas y acuerdos laborales, lo que debía hacerse cuidadosamente y siguiendo prudencialmente todos los tiempos de cambios que fueran necesarios.
Ante el avance de estas tendencias, a veces exageradas, algunas voces se alzaron dando la alarma como una llamada de atención sobre una realidad social que no puede ocultarse. Por ejemplo, la Organización Mundial del Comercio emitió una declaración en la que señala su apoyo al establecimiento de normas laborales básicas y, al mismo tiempo, reconoce que la OIT (Organización Internacional del Trabajo) es el organismo adecuado para promover el cumplimiento de tales normas. Por su parte, la Conferencia Internacional del Trabajo, con sede en Ginebra, llama a sus 174 países miembros a garantizar los derechos básicos de todos los trabajadores, tales como la libertad de asociación y negociación colectiva, la prohibición del trabajo infantil y del trabajo forzado, y el principio de la no discriminación en el trabajo. Estas garantías tendrían que ser respetadas por todos los estados miembros sin importar otras convenciones que han ratificado.
Así, si todo eso se concreta, volvería a tener vigencia el principio angular fijado en el Tratado de Versalles, que decía que "el trabajo del hombre no puede ser considerado como una mercancía." Desde Versalles y sus lejanos días hasta el Silicon Valley de California donde se perfila el futuro, deben cumplirse estos principios tan importantes en nombre de la justicia social, y la ideología del libre comercio habrá encontrado un reaseguro digno y apropiado.

viernes, 8 de febrero de 2013

El deterioro social

Los recientes incidentes protagonizados por el vicepresidente Amado Boudou y el viceministro de economía Axel Kicillof son una clara muestra del deterioro social que está sufriendo el país en todos sus órdenes. Es un deterioro que se retroalimenta  en virtud de los graves problemas e irregularidades que la sociedad sufre en su conjunto; a saber, robos violentos, cortes de luz por un sistema eléctrico colapsado, pasajeros de ferrocarril viajando en condiciones de hacinamiento y sin contar siquiera con elementales medidas de seguridad, una economía tambaleante y la galopante inflación, por nombrar algunos factores. Todo lo cual contribuye a exacerbar el clima de crispación que se vive en el difícil momento actual. Las agresiones verbales de que fueron objeto estos puntales del kirchnerismo no ayudan a mantener la calma. Sin embargo, en este clima tenso y de confrontación que vive la república en todos sus órdenes, son una señal de que el país se encuentra en en un punto álgido de crisis institucional que tiene resolver so pena de hundirse en el caos. La Argentina está al borde mismo del resquebrajamiento social. Nos estamos jugando nuestra continuidad como comunidad organizada.
En realidad, el gobierno es el primer ejecutor de ese resquebrajamiento. La baja calidad de la gestión pública produce una exasperación en la sociedad, más aún cuando el gobierno se niega sistemáticamente a reconocer las falencias y errores en los que incurre, y en cambio, se dedica a solventar, con el dinero de los contribuyentes, esa nube de obsecuencia mediática que constantemente oculta, miente y distorsiona los hechos y señales inequívocas de la decadencia que se vive. El gobierno no tomó nota de las protestas masivas que tuvieron lugar el 13 de setiembre y el 8 de noviembre del año pasado, sino que por el contrario, insiste en atribuir todos los males a las conspiraciones corporativas de "la cadena del desánimo" como forma de exculpar la mediocridad manifiesta con que está administrando el país. No solamente eso, sino que también, exasperando aún más el tenso clima social, se empecina en seguir promoviendo la reforma constitucional que permita la reelección de la presidente, en este caso en boca del mismo vicepresidente, el cual alardea que a ella "le sobra polenta para gobernar cuatro años más." Esto, en la sociedad, crea la misma inseguridad que un cheque sin fondos, ya que suena muy ambiguo y no es la definición que deberíamos escuchar de un funcionario público. Éstos tendrían que saber que fueron electos por tiempo limitado para cumplir mandatos que reflejen la voluntad del soberano pueblo, y que su conducta, lejos de ser ambigua e impredecible, debe ser transparente, sensata y responsable, y que sus declaraciones públicas deben tener un lenguaje claro y conciso y estar así a la altura de las circunstancias. La política debe seguir carriles serios y propios de la coherencia que las circunstancias exigen. Tiene que haber una diferencia con un simple fenómeno mediático que, en este caso, el vicepresidente Boudou no parece capaz de saber distinguir.
La confrontación y la agresión verbal que se vive a diario habla del retroceso del país en términos de calidad cívica. No es un fenómeno nuevo. De hecho, se trata de un retroceso que es patético al cual este gobierno viene a sumar su propia ineptitud a la de aquellos que lo precedieron. Para inculcar a buena parte de la sociedad el apego a la violencia que lo caracteriza, el gobierno amenaza a jueces de la Nación, se escuda en la impunidad para cometer felonías económicas, ampara la criminalidad con que se mueven sus funcionarios, monologa simulando que dialoga, impulsa su aparato de complacencia periodística, agrede a un "abuelito amarrete" que quiso comprar dólares y hostiga a un agente inmobiliario que tuvo la impertinencia de decir que las ventas habían caído. El caldo de cultivo de la confrontación está preparado, y tanto Boudou como Kicillof pudieron constatarlo en carne propia.
Y es ese caldo de cultivo de confrontación el que está preparado por el gobierno. Es ese caldo de cultivo en el que se encuentra la ineficiencia, la corrupción, el manipuleo de la Constitución como si se tratara de un fetiche, la inseguridad, la no independencia judicial. Es menester reconciliarse con el verdadero sentido  de las instituciones republicanas para recobrar el sentido superior de la política.

sábado, 2 de febrero de 2013

El bipartidismo

El bipartidismo no consiste en que uno de "ambos" partidos gobierne fatalmente sino que dos partidos tengan, por su equilibrio de fuerzas, la capacidad de reemplazarse en el poder según pasan los años. Apuntar hacia un régimen bipartidista en la Argentina sería una propuesta muy revitalizadora para la política en todos sus niveles. Sería la oportunidad de reconstruir un sistema político disgregado luego de tantas décadas de desencuentros y de gobiernos basados en agrupaciones efímeras sin objetivos claros y definidos, como la Alianza UCR-Frepaso y su paso por el poder, tan breve como patético.
Partidos fuertes y consolidados garantizan, o por lo menos ayudan a la supervivencia de la democracia. Laboristas y Conservadores en Inglaterra, Demócratas y Republicanos en Estados Unidos son los ejemplos. En la Argentina, peronistas y radicales sería una gran opción para que los ciudadanos se vayan agrupando según ideas afines y, así, desarrollar políticas. Ambos son movimientos de muchos años de existencia que han representado a mucha gente. Estos movimientos podrían erigirse como las dos grandes alternativas de la política nacional y lograr un sistema que le devuelva la confianza al ciudadano y lo motive para que quiera volver a actuar, a involucrarse, a superar la apatía cívica que ha sido la característica del país en los últimos años.
En las últimas elecciones presidenciales, la proliferación de agrupaciones que se disputaron los votos no oficialistas causó que ningún partido alcanzara la calidad de verdadero opositor. La distancia entre Cristina Kirchner y el candidato que quedó segundo, el socialista Hermes Binner, muestra un cuadro preocupante para el disperso arco opositor. Por su parte, el magro resultado obtenido por Ricardo Alfonsín indica que la UCR, el partido más antiguo del país, debe revitalizarse.
De esta manera, habría una verdadera opción, una auténtica oposición. La alternancia en el poder es una característica fundamental de las democracias maduras.