viernes, 1 de agosto de 2014

Guerra de carteles

"Ayer Braden o Perón, hoy Griesa o Cristina," rezan los carteles que el autodenominado Grupo San Martín, que responde al diputado Julián Domínguez, empastó en la Capital Federal. Esta campaña compara así la actual disputa que la presidenta tiene con los holdouts con la pelea entre Perón y el embajador de Estados Unidos en la Argentina en 1945, Spruille Braden.
"Es la misma encrucijada histórica desde Rivadavia hasta acá. El gran estrangulamiento del desarrollo nacional siempre fue el endeudamiento escandaloso, soluciones inmediatas que condenan a futuras generaciones," dijo Domínguez en radio La Red al ser consultado sobre los afiches.
La actitud de polarizar este conflicto es símbolo de un gobierno en retroceso y sin respuestas. Emplazar a la ciudadanía en una elección fatal habla de la incapacidad de respuesta del régimen. La opción es inapelable. Blanco o negro. Ellos o nosotros. Si la intención es proclamar una cruzada nacionalista, el oficialismo tiene que saber que el resultado es un simple patrioterismo, que es sólo una actitud prepotente que se queda a mitad camino de toda propuesta, que la única y verdadera estrategia para lograr la reinserción del país en el mundo y conseguir una imagen respetable es mantener, a través del tiempo, la estabilidad institucional y la disciplina en las cuentas fiscales. Por el contrario, esta muestra de patrioterismo barato nos aleja de toda posibilidad de credibilidad ante las demás naciones, ya que le da al país la imagen de republiqueta bananera. El gobierno se basa en obsecuentes, aduladores, intelectuales de café, mentirosos, payasos mediáticos, aplaudidores a sueldo y ex-bolcheviques devenidos en propietarios de departamentos de Puerto Madero. Para montar la propaganda oficial de la mentira se siguen empleando enormes recursos económicos mientras las áreas sociales sufren una enorme desatención y abandono.
En el caso de los afiches, el paralelismo que se plantea no es válido. Se trata, simplemente, de una utilización falaz de la historia. Además, no corresponde usar las insignias patrias de dos estados soberanos como una estrategia para obtener réditos políticos para el poder de turno.
Así, esta guerra de carteles nos da cuenta de un gobierno que necesita construir un enemigo externo como una manera de justificar la incapacidad y la mediocridad con que han venido administrando el país en los últimos once años. En todo caso, fue entonces cuando los argentinos renunciamos a tener una república y aceptamos cambiarla por un falso modelo que ha envilecido la nación. Las políticas realizadas no tienen más continuidad que el clientelismo y la demagogia, y por supuesto, la soberbia y la prepotencia que las caracteriza. Lo que venimos observando es la lucha absurda y delirante por el poder por parte de los profetas de la división y el odio. Pero la solución para esto tiene una fecha: las elecciones presidenciales del 18 de octubre de 2015, cuando la sociedad argentina en su conjunto sea testigo del fin de este delirio; la arbitrariedad y la impunidad con que se nos bastardea todos los días.
Es de esperar, entonces, que el pueblo argentino comience a encontrar reunión luego de tanta infamia. Los años del kirchnerismo serán recordados como “los años del odio.”

viernes, 18 de julio de 2014

A 20 años del atentado a la AMIA

"A 20 años de la tragedia de la AMIA quiero hacer llegar mi cercanía a la comunidad israelita argentina y a todos aquellos que son familiares de las víctimas, sean judíos o sean cristianos.
20 años de la tragedia, de una locura. El terrorismo es una locura. El terrorismo solamente sabe matar, no sabe construir, destruye.
Por eso mi cercanía a todos aquellos que han visto vidas sesgadas, esperanzas truncadas, ruinas.
Algunas veces dije que Buenos Aires es una ciudad que necesitaba llorar, que todavía no había llorado lo suficiente. A riesgo de caer en un lugar común, lo repito: nos hace falta llorar. Somos muy proclives a archivar cosas, a no hacernos cargo de historias, de sufrimientos, de cosas que podrían haber sido bellas y no fueron.
Y por eso nos cuesta tanto encontrar caminos de justicia, para encarar la deuda que esta tragedia ha contraído con la sociedad.
Junto a mi cercanía, junto a mi oración por todas las víctimas, también hoy va mi deseo de justicia. Que se haga justicia.
Que Dios bendiga a todos. A las instituciones, a las familias. Y que Dios dé paz a los que murieron en este acto de locura".
Con estas palabras tan sabias como emotivas, el Papa Francisco se refirió al atentado que el 18 de julio de 1994 sufriera la sede de la AMIA en Buenos Aires. En el acto central realizado en la calle Pasteur bajo el lema "Ni un día de olvido" se renovaron los reclamos de justicia. Cristina Kirchner no participó del acto porque, según explicó el jefe de gabinete Jorge Capitanich, esperaba para esta tarde la visita oficial del presidente chino, Xi Jinping. De hecho, la última vez que la presidenta estuvo presente en el acto de conmemoración fue en 2011.
Del acto de hoy sí participó el ministro de educación, Alberto Sileoni, junto a alumnos de colegios. Se escucharon fuertes abucheos contra el canciller Héctor Timerman, cuando fue criticado por el periodista Alfredo Leuco, otro de los oradores. En nombre de los familiares habló Luis Czyzewski, padre de Paola, fallecida en el atentado. También hizo un fuerte llamado contra el memorándum de entendimiento con Irán.
El vicepresidente de la mutual judía, Ralph Thomas Saieg, también renovó el reclamo de justicia. "No ha surgido de la investigación ni un sólo imputado nuevo ni una pista que permita esclarecer el hecho. Carlos Telleldín sabe, y mucho, de la conexión local. Solicitamos un nuevo juicio a la mayor brevedad posible." El ataque aún no fue esclarecido por la justicia y en la actualidad no hay ningún detenido, aunque existen varias causas abiertas. En tribunales se investiga, por vías separadas, al mecánico Carlos Telledín, como responsable directo del ataque, al ex presidente Carlos Menem y al ex juez federal Juan José Galeano, entre otros, por encubrimiento. Se espera que estos expedientes lleguen pronto a un juicio oral. A su vez, el memorándum de entendimiento está a estudio de la Sala II de la Cámara de Casación Penal tras ser denunciado como "inconstitucional" por la AMIA y la DAIA.
Como todos los años, el acto empezó a las 9.53 con la emblemática sirena que sonó en el barrio de Once a la misma hora en que fue el ataque. Posteriormente, el conductor Mario Pergolini, quien ofició de maestro de ceremonias, pidió un minuto de silencio, que continuó con el encendido de velas y la mención de las 85 víctimas. Como todos los años, los reclamos fueron los mismos: verdad y justicia.
Y así, con la contundencia de dos décadas pasadas, podemos afirmar que el caso se encuentra, en lo que a impunidad se refiere, prácticamente como aquella fatídica mañana en que el tiempo se detuvo en la ciudad. Como bien dijo el Papa, el terrorismo sólo sabe matar. El terrorismo no tiene códigos ni límites. Lo demuestran en cada uno de sus actos salvajes y criminales, minuciosa y diabólicamente planificados, y ejecutados luego con frialdad y precisión milimétrica. Dos décadas no alcanzaron para poder castigar a los culpables del peor acto terrorista sufrido por la Argentina, que provocó la muerte de 85 personas y heridas a centenares.
Como cada aniversario, el de hoy es motivo de dolor e indignación. Dolor e indignación porque el paso del tiempo ha ido consolidando una impunidad hasta ahora infranqueable. Dolor e indignación por quienes perdieron la vida, por quienes resultaron heridos, por los familiares. Dolor e indignación porque el estado argentino es doblemente responsable: en primer lugar, porque dos años después del atentado a la embajada de Israel, no fue capaz de prever ni de prevenir este segundo acto terrorista y, no habiéndolo impedido, tampoco fue capaz de esclarecer plenamente el hecho, lograr la captura de los responsables, juzgarlos y condenarlos. Una incapacidad que sólo tiene parangón con el desinterés de las autoridades nacionales en resolver el caso. Se han sucedido los gobiernos y los funcionarios judiciales, pero la deuda sigue en pie. El desinterés y la ineptitud sólo significan seguir demorando la verdad.

viernes, 11 de julio de 2014

El proceso

El licenciado-guitarrista Amado Boudou cuenta con el privilegio de tener entre sus filas al enemigo declarado de la oligarquía Luis D’Elia, quien usó un argumento de lo más insólito para defenderlo. Comparó a Boudou con Martínez de Hoz y Cavallo y dijo que el caso Ciccone era de 50 millones de dólares contra 200.000 millones “de los otros.” Lo excusó, tácitamente, por ser un ladrón de poca monta.
De todos modos, Boudou no está dispuesto a exponerse. En Panamá, mientras la prensa intentaba a toda costa alcanzarlo, el vicepresidente se recluyó en su habitación de hotel al mejor estilo de "Pink," el desquiciado personaje de The Wall. Luego, sólo estuvo dos horas en Tucumán donde habló en un teatro con capacidad para 1.500 personas y donde también evitó el contacto con el periodismo. Su discurso, que sólo duró 11 minutos, consistió en una serie de elogios a Perón, y a Néstor y a Cristina Kirchner, y aseguró que “no es tiempo de las corporaciones, sino del pueblo.” Además, criticó a Gran Bretaña por su “enclave colonial” en las islas Malvinas y prometió continuar con el reclamo de soberanía.
"Amado, querido, el pueblo está contigo," le gritaron por unos pocos segundos los miembros de la Cámpora presentes, pero el pueblo no demostró estar más cerca de él que la fuerte custodia que lo rodeaba. Boudou se mostraba sonriente como siempre, aunque se lo notaba tenso y rígido. No habló una sola palabra de la causa judicial, y se lo vio, por orden de Cristina Kirchner, acompañado por un gabinete casi en pleno, pero visiblemente incómodo con la situación. Boudou estuvo, a fin de cuentas, sólo dos horas en esa provincia, no habló con la prensa, dio un discurso de Perogrullo y el gobernador José Alperovich tampoco le prodigó elogios ni muestras de apoyo excesivas.
Boudou juega a la defensiva. No está para que lo muestren ni para que lo comparen. Pero lo concreto es que el vicepresidente de la nación debería cumplir con su obligación de dar explicaciones, no esconderse. La actitud oficialista de atribuir todos los males habidos y por haber a inicuas conspiraciones mediáticas parece haber llegado a su punto álgido. Esgrimir ese argumento es una estrategia que ya no arroja ningún resultado. Si, como el propio Boudou dice, todo se reduce a una operación mediática, lo ideal hubiera sido que se diera una discusión abierta, un debate para que pudiera defenderse.
Pero un debate es una justa en la que se ve la capacidad intelectual de los participantes; implica confrontar ideas, esgrimir argumentos. Ese no es el terreno de Boudou. El terreno de Boudou es rodearse de aplaudidores como focas de circo. Ese es el exclusivo campo intelectual en el que nuestros funcionarios se mueven como pez en el agua.
Además, los apologistas del relato incurren en un sofisma: Mauricio Macri está procesado y, sin embargo, los medios no lo hostilizan. Esa defensa es endeble por tres razones. Primero, que Macri sea supuestamente impune no justifica la impunidad de Boudou. Segundo, los casos son distintos y el trámite judicial también. Macri fue procesado por el juez Oyarbide, pero posteriormente el juez Casanello sostuvo que no hay pruebas en su contra. Tercero, Macri se sometió a una comisión investigadora legislativa. Esa comisión, con el PRO en minoría, desestimó la acusación de espionaje -no de corrupción- en su contra.
Con esa comparación y seguramente sin quererlo, los kirchneristas están empujando a Boudou a comparecer ante los diputados opositores, algo que no parece el mejor plan. Con el trámite del juicio político en su contra, se multiplicaría la exposición mediática de lo que ya constituye un escándalo sin precedentes. Ya parece haber llegado la hora, entonces, de que en la Casa Rosada diseñen una estrategia para la emergencia. El proceso sigue su marcha, pero a deferencia de la obra de Kafka, a los defensores del imputado no les resultará alegar que “alguien debió haber calumniado a Amado B.” Una justificación más consistente será necesaria para impedir que la infamia se prolongue de manera indefinida.

martes, 1 de julio de 2014

Retroceder nunca, rendirse jamás

Si algo debemos reconocerle a la presidenta Cristina Kirchner es la constante en las decisiones que toma: todas ellas están equivocadas. El traslado del monumento a Colón es una maniobra estimada en un costo de no menos de 85.000 dólares para el bolsillo del sufrido contribuyente, monto mucho mayor que el necesario para mandar un telegrama de despido a Axel Kicillof, por nombrar una decisión, por ejemplo, que sería realmente acertada.
En el caso del "Ciccone-gate" y su protagonista estelar, el ex-DJ y guitarrista devenido en vicepresidente Amado Boudou, el sentido común indica que éste debería dar un paso al costado (léase renunciar). El juez Lijo lo ha procesado, pero la actitud de la presidenta consiste en defender al imputado de manera acérrima. Cristina ha evitado pronunciarse públicamente sobre el caso, y esta actitud hasta se puede interpretar como una estrategia en línea con ese fin. ¿Cómo se explica esto? El hecho de apartarse de Boudou sería interpretado como una falta de cohesión del poder oficialista, lo cual añadiría peso a la oposición política. Cristina no retrocede, mucho menos se rinde. Por el contrario, insiste en defender al vice a toda costa. Tal es su tesitura.
Ahora bien, la actitud presidencial de empecinarse hasta lo último en defender a su delfín supone un desgaste que en cualquier momento puede llegar a su punto límite. Algo va a ceder a tanta presión, máxime cuando el gobierno se encuentra en su momento más débil al cabo del desgaste que implica once años en el poder. La presidenta libra una guerra en dos frentes. Por un lado, la sentencia del juez Thomas Griesa; por el otro, la carga que significa un vicepresidente procesado. La prensa internacional, que venía registrando a un país al borde de la cesación de pagos, añade un segundo foco hacia un caso de corrupción que llega hasta la cima misma del poder. Además, como en el ajedrez, Cistina se bloquea con sus propias jugadas: sus intentos de destituir al fiscal Campagnoli no le dieron resultado. Cercada por problemas judiciales, realizando movimientos no exitosos, la presidenta atraviesa el final de su mandato en las condiciones más desfavorables que haya conocido jamás.
Boudou anunció que apelará el procesamiento. Eso no significa gran cosa. Las pruebas reunidas por Lijo pesan más en el platillo de la balanza en su contra. Al caso Ciccone, le seguirá el del auto con documentación adulterada. Después, la investigación por el inexplicable aumento del patrimonio del licenciado-guitarrista. La sombra de Boudou se proyectará sobre Cristina hasta su último día en el poder y, más aún, sobre los candidatos del Frente Para la Victoria durante toda su campaña. Será interesante ver qué argumentos esgrimen para sostener la consigna “Yo amo a Boudou.”
El gobierno está acorralado, el “kernerismo” se está disgregando y las grietas ya se empiezan a ver. En todo caso, hace una década se sepultó una república y comenzó una de las etapas más nefastas para la convivencia en democracia. Es positivo, por lo tanto, el curso que está tomando la investigación judicial al vicepresidente como una forma de empezar a reparar la terrible situación que hoy padecemos luego de estos años de despropósitos. Es bueno que comience la real evaluación de esta década, que se inicie por medio de la justicia independiente, la poca que ha sobrevivido, pero no olvidemos el resto: este gobierno deja a la Argentina con la deuda externa que aumenta y aumenta, una deuda interna a futuro, inflación, recesión, comercio destruido, política energética nula, transportes públicos colapsados, agricultura que sólo consiste en la soja, ganadería destruida, e industria automotriz y de la construcción en retroceso. Solamente queda en pie la única creación exitosa del régimen: la red de alcahuetes mediáticos que se ocupa de difundir el relato e impulsar la guerra santa contra el diario Clarín, adjudicarse méritos, y ahora formar el “correcto” pensamiento argentino. No debemos olvidarnos de este legado, pero seguramente no lo haremos pues el sufrimiento y el esfuerzo que demandará a la sociedad argentina remontarlo, será titánico.
Por último, es menester reclamar que la oposición política se erija inmediatamente como una alternativa plausible al proyecto de poder como requisito fundamental para recuperar la república.

miércoles, 11 de junio de 2014

Las venas cerradas de América latina

Durante los últimos cuarenta años, "Las venas abiertas de América Latina," de Eduardo Galeano, ha sido el texto canónico anticapitalista y antiyanki en la región. Hugo Chávez puso incluso una copia del libro, que llamó “un monumento de nuestra historia latinoamericana,” en las manos de Barack Obama la primera vez que se encontraron. A sus 73 años, sin embargo, el escritor uruguayo, se ha arrepentido de su propio libro, diciendo que no estaba calificado para tratar el asunto y que estaba mal escrito. Como era de esperar, sus declaraciones han despertado un vigoroso debate, con la izquierda empecinada en una obstinada defensa de las ideas que su propio referente ahora refuta.
“Las venas abiertas intentaba ser un libro de economía política, pero yo no contaba con suficiente entrenamiento o preparación,” dijo Galeano en abril pasado al responder algunas preguntas en la bienal del libro en Brasil, donde se celebraba el 43º aniversario de la publicación de su libro. Y agregó: “no sería capaz de leerme el libro de nuevo; me desmayaría. Para mí que esa prosa de la izquierda tradicional es extremadamente pesada y mi mente no la tolera.”
En su libro, Galeano promueve la “Teoría de la Dependencia,” la idea de que las naciones y los pueblos ricos y poderosos del mundo asignan y aplican un rol económico secundario subordinado a las naciones y los pueblos del mundo en desarrollo. Es la clásica teoría victimista de izquierda, basamento de todos los movimientos populistas y tercermundistas, una visión conspirativa de la historia en la cual unos fuertes Estados Unidos mandan sobre una débil América Latina.
Pero Galeano no se había detenido a pensar por qué otras sociedades pobres como Corea del Sur, Taiwan, Singapur y Hong Kong progresaron sin que nadie se lo impidiera. Malasia transformó completamente su economía en los últimos treinta años. Es decir que no les importó lo que decía el libro para construir, por ejemplo, los modernos y fabulosos edificios de Kuala Lumpur; así como los automóviles, artículos electrónicos, telas y alimentos que hoy constituyen los dos tercios de sus exportaciones. En Indonesia, el sector manufacturero se halla en continua expansión y diversificación, ayudado también por el sector turismo, que ha crecido en forma exponencial en lo que va del siglo. E incluso, en América Latina, Chile y la sexta economía del mundo: Brasil. Estos hechos muestran lo que el propio Galeano confirma ahora: que de economía sabía muy poco y lo poco que creía saber estaba totalmente errado.
Como escritor político, Galeano precisó de un verdadero coraje y gallardía para corregirse públicamente. No es fácil admitir cuando uno se equivoca. Y tengo que admitir que me ha sorprendido. Nobleza obliga.
En sus declaraciones en Brasil, Galeano aseguró que "la izquierda a veces comete graves errores cuando llega al poder," lo que se ha interpretado como crítica a Cuba bajo los hermanos Castro y a la errática administración de Venezuela bajo Chávez y su sucesor Maduro. Pero Galeano se describe todavía como "muy de izquierda," y en otras ocasiones ha celebrado los experimentos en democracia social que se han dado durante la última década en su propio país, y también en Brasil y Chile.
“La realidad ha cambiado mucho, y yo también,” dijo en la bienal. Y agregó: “La realidad es mucho más compleja precisamente porque la condición humana es diversa. Algunos sectores políticos para mí cercanos pensaban que dicha diversidad era una herejía. Incluso hoy, hay algunos sobrevivientes de ese tipo que piensan que toda diversidad es una amenaza. Por fortuna, no lo es.”
La verdad es que el progreso económico y la prosperidad son electivos. Una sociedad puede optar por hacer las cosas bien o mal, y esas decisiones tienen consecuencias. Hacen lo correcto durante un par de generaciones y la economía despegará; hacen lo contrario y la economía se hundirá.
Ya no se puede seguir insistiendo en un rencoroso discurso setentista según el cual los ricos le imponen la pobreza a los pobres. Este escritor demuestra haberlo comprendido. La tan mentada “dependencia” no parece hacer mella allí donde el ser humano elige la independencia. Hay un concepto para eso: libre albedrío.
Es muy simple: hay países que en un punto de su historia -Japón, por ejemplo, a partir de 1945- empiezan a hacer las cosas de un cierto modo que conduce al crecimiento y al desarrollo sostenido, mientras que otros países se quedan atrapados en sus propios discursos caducos. Lo que debe cambiar es la visión, y llevar ese cambio a la práctica. Mientras la visión no cambie, las consecuencias seguirán siendo las mismas.

sábado, 7 de junio de 2014

Otro día, otro recital

El licenciado-guitarrista Amado Boudou cuenta con un raro privilegio respecto a otros casos de corrupción que salpicaron al gobierno: la presidenta lo respalda. A diferencia, por ejemplo, del resonado caso Skanska o las increíbles peripecias de Felisa Miceli y Antonini Wilson, en que el poder no dudó en empujar fuera de sus cargos a los funcionarios sospechados. Boudou, en cambio, no renuncia; ni siquiera pide licencia. En realidad, la primera mandataria no podía abandonar a su suerte al vicepresidente porque detrás del negocio con la ex -Ciccone habría toda una red de complicidades, y porque habría sido Néstor Kirchner quien le encargó a Boudou que desarticulara la posibilidad de que el grupo Boldt, al que se asocia con Eduardo Duhalde, pudiera quedarse con la imprenta que fabricaba billetes para la Casa de Moneda. Por lo tanto, soltarle el brazo a Boudou expondría al gobierno a que el vicepresidente confiese muchas cosas.
Una hipotética caída del vice se interpretaría como un signo de falta de cohesión de cara al fin de ciclo gubernamental, ocasionando que el poder oficialista se termine diluyendo más rápidamente todavía. El hecho de que Boudou esté vinculado a una empresa rodeada de una nube de sospechas de corrupción ha sido un factor constante de erosión al poder real de Cristina y si, además, sus problemas con la justicia se agravan, quedará demostrada la disminución de ese poder cuando el gobierno está atravesando, justamente, su peor momento. Estos avatares que viene sufriendo, su falta de credibilidad en todas las áreas y la difícil situación económica en que se encuentra el país lo ponen en un delicado terreno en el que cualquier movimiento en falso puede resultar fatal.
Frente a este escenario, entonces, la presidenta decidió renovar su defensa del vicepresidente. Lo hizo en forma indirecta el pasado miércoles, durante un acto en la Casa Rosada en el que anunció una nueva moratoria para incorporar a 473.000 nuevos jubilados. Fue cuando reivindicó la decisión de estatizar los fondos previsionales que administraban las AFJP, entre cuyos autores intelectuales se encuentra Boudou.
Al mismo tiempo, la Casa Rosada ayudó a diseñar la estrategia judicial de Boudou, tendiente a entorpecer el accionar de la justicia para postergar una definición de la misma. De acuerdo con ese plan, se pidió la nulidad del llamado a indagatoria y el vicepresidente renovó sus provocaciones al juez Ariel Lijo, tal vez con la esperanza de encontrar un camino que conduzca a la recusación del magistrado, al tiempo que, como le gusta a Cristina, recurrió a los fantasmas de Clarín y La Nación, los culpables de todas sus angustias y todos sus quebrantos como dice el bolero, para explicar su triste situación.
Además, el hecho de que Cristina lo abandone sería admitir lo que debe ser evidente hasta para ella: elegirlo como compañero de fórmula fue un error garrafal.
Lo concreto es que Boudou debe presentarse a declarar ante el juez Lijo, quien cuenta con diez días para decidir su situación procesal. Si las respuestas del vicepresidente convencen al magistrado, lo absolverá y podrá dar por finalizado el caso y seguramente otro día dará otro recital como ya nos tiene acostumbrados. Si no lo convencen, quedará procesado y tendrá problemas más graves que tocar las aburridas canciones de la Mancha de Rolando, una banda mediocre.

viernes, 6 de junio de 2014

El Día-D más 70 años

El 6 de junio de 1944 fue el día más largo, la vuelta de bisagra de la historia expresada de manera dramática por Winston Churchill y su inmortal sentencia: "Jamás nos rendiremos." Palabras que esa madrugada cobraron un sentido que perdurará para siempre.
La Operación Overlord, la hazaña del Día-D, ejecutada por sorpresa y en la que se empeñó un enorme esfuerzo bélico, marcó el principio del fin del dominio nazi en Europa.
Entonces se había reunido, en el más absoluto secreto, un ejército de cientos de miles de hombres en Inglaterra. Los ingleses y los norteamericanos que habían cruzado el océano Atlántico se reunieron para invadir el continente que estaba bajo el dominio de Hitler. Todas las capitales –París, Viena, Varsovia, Bruselas, La Haya, Budapest, Belgrado, Praga, Bucarest, Oslo, Copenhague- tenían la cruz svástica.
De pronto, en Normandía, el mar se cubre de barcos y desembarcan las tropas aliadas. El cielo se pone negro de aviones. Llueven paracaidistas. La invasión se derrama arrolladora, y ningún contraataque alemán pudo ya parar el avance de aquellos soldados. Los ojos del mundo estaban puestos en ellos por medio de las tecnologías disponibles: los diarios, el cine y la radio. La invasión se implementó sobre las cinco playas conocidas como Utah, Gold, Sword, Omaha y Juno. En las tres primeras, los aliados no encontraron mayor resistencia, pero en Juno y en "la sangrienta Omaha" tuvieron lugar encarnizadas batallas. Eisenhower, comandante supremo de las Fuerzas Aliadas, dirigía a casi 3 millones de soldados. Más de la mitad de ellos eran estadounidenses; las tropas británicas y canadienses sumaban alrededor de un millón de efectivos, y también había combatientes franceses, polacos, checos, belgas, noruegos y holandeses. Al caer la noche del 6 de junio había 150.000 soldados de las Fuerzas Aliadas en las costas del continente europeo y miles más en camino. Quienes lucharon en las playas ese día cambiaron el curso de la historia.
Y así, imparables, los aliados avanzan sobre Hitler hasta que, en 1945, queda acorralado en el edificio de la Cancillería de Berlín. Para entonces, también se había producido el avance de Rusia y Hitler queda atrapado entre los americanos que embestían por el Oeste y los rusos por el Este. Acosado simultáneamente por ambos frentes, el Fürher ve derrumbarse el edificio de la Cancillería y muere como una rata en su propia ratonera.
Fue así como las fuerzas de la libertad le devolvieron la libertad a Europa. Ese fue el sentido de Normandía.
En la casa del mariscal Rommel, en Herrlingen, Alemania, sonaba el teléfono. Llamaba el jefe de su Estado Mayor para hacerle un resumen de la invasión.
Rommel lo escuchó horrorizado, y aunque estaba claro que aún quedaban por delante meses de lucha, sabía que el juego había terminado. Todavía no eran las 12 del mediodía y el día más largo de la historia ya era historia. La suerte estaba echada. Las cartas ahora jugaban para los aliados. Por un capricho del destino, el poderoso mariscal alemán no estuvo en la línea de fuego durante la batalla decisiva. El 6 de junio era el cumpleaños de su esposa y quiso estar en su casa con ella.
Para unos 2.500 soldados estadounidenses, británicos y canadienses, aquel día de gloria fue el último. La batalla de Normandía terminó al final del verano de 1944. En la actualidad, los restos de más de 100.000 soldados que murieron a lo largo de ese verano yacen en 27 cementerios.
Seis semanas después del Día D, un grupo de conspiradores intentó matar a Hitler, pero fracasaron. Rommel, acusado falsamente de estar involucrado en la conjura, se suicidó envenenándose para evitar el juicio y salvar a su familia de las represalias.
Entre los sobrevivientes del Día D se encontraban Bill Millin, el gaitero británico que acompaño el desembarco en la playa Sword. Después de la guerra se convirtió en enfermero y se radicó en Devon, Inglaterra. Millin falleció en 2010.
El comandante alemán Werner Pluskat, quien sobrevivió al combate de la playa Omaha, recibió órdenes de regresar a Alemania, donde más tarde sería tomado prisionero por los norteamericanos. Fue liberado al finalizar la guerra y dirigió una empresa de cemento alemana. Murió en 2002.
El teniente coronel Terence Otaway recibió la Orden del Servicio Distinguido por la toma de la batería antiaérea de Merville, en la playa Sword, y llegó a ser un empresario exitoso en Surrey, Inglaterra. Otaway decía que el Día D “no sólo fue la clave para la liberación de Europa, sino también el día en que las dispersas fuerzas aliadas se convirtieron en una máquina cohesionada. La OTAN y todas las alianzas occidentales actuales le deben su existencia.” Falleció en 2006.
Lo que siguió a Normandía fue la apoteósica liberación de París y la llegada triunfal de los aliados a Berlín. La guerra terminaba. Después de seis largos y peligrosos años, Europa volvía a conocer la paz.
La reconstrucción de Europa fue hecha por los mismos europeos, pero también por los americanos. Fueron manos americanas las que reconstruyeron Monte Casino en Italia, la Catedral de Reims en Francia, o una plaza de Varsovia o un teatro de Berlín. Y la historia da una vuelta completa. Comienza un nuevo tomo de una gran enciclopedia: la historia de Europa.
Finalmente, el Plan Marshall es la mano de América que se tiende a Europa para que se levante de nuevo y camine.
Se cumplen 70 años de ese acontecimiento crucial: el desembarco de los aliados en Europa, el primer paso para liberar el continente de la ocupación nazi.
Hoy quise recordarlo no sólo como la batalla trágica pero a la vez heroica que fue, un relato desgarrador del enfrentamiento entre hombres, sino también como la vuelta de bisagra al significar el principio del fin de un capítulo negro de la historia y salvar al mundo para la civilización.