jueves, 20 de diciembre de 2012

Sarmiento, el gran modernizador

Si hay una palabra que define a Domingo Faustino Sarmiento es "modernización." Modernización que, como una obsesión, está presente en toda su obra, sus 52 libros escritos en una vida turbulenta y combativa, pero sobre todo en su acción de gobierno. Sarmiento quiso instaurar, antes que nada, una república liberal donde los derechos individuales fueran por siempre respetados. Pero esa república liberal, necesariamente, debía ser una república democrática que formara ciudadanos, que instruyera y educara para que esos ciudadanos tuvieran conciencia de que había una república que trascendía su propio interés particular, que existía una comunidad -y una continuidad- política. Él quería una república de participación. A ese fin estaba destinado su plan de gobierno que se sostiene sobre un trípode: colonización, inmigración y educación. El denominador común es la modernización.
¿Qué era la modernización para Sarmiento? Fundamentalmente, lograr inscribir un país deshabitado, casi desértico en el que estaba todo por hacerse, en los circuitos mundiales de la producción, del consumo, de las ideas, de la cultura. Pero sobre todo, lograr transformar el país, ese país que había descrito como bárbaro, en civilizado. Para él, la lucha era entre campaña y ciudades, sin ningún tipo de cobertura, de encuadramiento jurídico. De modo que modernizar la Argentina era establecer un sistema jurídico que permitiera la inserción del país dentro de las corrientes mundiales de civilización.
Modernizarse era también superar el letargo rosista, vencido en Caseros, y conectar el país con las fuentes de corrientes civilizadoras inmigratorias, el “crisol de razas” que definió nuestra argentinidad.
Sarmiento fue el segundo presidente constitucional después de la batalla de Pavón o el cuarto después de la de Caseros. Después de Pavón, Bartolomé Mitre escribió: “Tenemos que tomar el país como Dios y los hombres lo han hecho, esperando que los hombres, con ayuda de Dios, podamos mejorarlo.” Nuestros prohombres tuvieron que afrontar las duras instancias de lograr la organización nacional en un país en el que se escuchaban fuertes voces que pedían declarar independiente al "estado" de Buenos Aires, atacar a Urquiza en su comarca entrerriana, separarse del país. Y lo valioso es que esa frase de Mitre fue la consigna de la acción paradigmática de aquellos gobernantes. Una vez más, ahora en el hemisferio sur, se cumplía la definición de Walt Whitman según la cual “bajo manos firmes y cautelosas era salvada la unión de este país.” La cordura prevaleció, y el resto es historia.
Sarmiento llevó la idea de modernización a todos los terrenos, a todos los planos. Como sugirió Mitre, tomó el país tal como lo encontró y se encomendó denodadamente a la misión de mejorarlo.
En una carta que está en el volumen XV de sus Obras Completas, dice: “En conversación confidencial con Alsina, le indiqué que el deseo que tenía de ser administrador de Correos para secuestrarme de la política y empezar a desarrollar un sistema de comunicaciones con las provincias ligando el vapor de Europa con el correo de Chile que terminase con el establecimiento de la posta diaria por la aplicación del penny postage (franqueo barato), la de las diligencias a Mendoza y, por fin, la de casa de postas fuertes que atraviesen la pampa, contuviesen a los bárbaros, fuesen hoteles y posadas para los inmigrantes a pie y un vínculo de eslabones de edificios y habitaciones para estrechar las relaciones de las provincias entre sí.”
La idea de modernización es pivotal en el texto. ¿Cuál era el problema? La falta de comunicación, la falta de relaciones entre Buenos Aires y las provincias. De ahí el letargo, las rivalidades, los prejuicios y estereotipos; en definitiva, todo lo que fue impidiendo y obstaculizando una auténtica integración. Sarmiento se da cuenta de que hay que desarrollar un sistema de comunicación entre las provincias. Es decir, la posibilidad de comunicarse a través de cartas que fueran seguras, baratas y accesibles para todos. Y por fin, hoteles y posadas que den la posibilidad de socializar, lugares confortables que permitan encontrarse, reunirse, intercambiar ideas en una fructífera interacción personal.
A continuación dice: “Ligando el vapor de Europa con el correo de Chile, es decir, la vieja idea del paso continental de las comunicaciones y de las mercaderías a través de la Argentina, evitando el paso por el cabo de Hornos.” Los buques traerían desde Europa al puerto de Buenos Aires su mercadería, sus hombres, su correo. De allí pasarían en ferrocarril hasta Chile y seguirían a las costas del Pacífico, California o China. La Argentina que quería Sarmiento era la vinculada con el mundo de la modernización y el progreso. Nunca el país aislado, el país huraño.
Esa fue la idea del gran sanjuanino y tuvo la gran oportunidad de realizarla en teoría y en práctica, a través de sus escritos, intelectualmente, y a través de su acción de gobierno.
   

jueves, 6 de diciembre de 2012

¿Y después del 7-D, qué?

Cuando un político argentino en alguna ceremonia dice "tengo el honor...," ya está mintiendo. No tienen ningún honor. Porque en un espacio político bastardeado por casi ya diez años de mentira, impunidad y soberbia, aterra ver el descaro con que se vulnera la propiedad privada, el comercio y todas las actividades lícitas de la población con medidas arbitrarias e inoperantes como la "ley de medios" que nos compete en este artículo, propias de dictaduras de republiquetas bananeras más que de una nación seria. Enfurece que se incite al odio entre argentinos, la lucha de clases, la xenofobia y la violencia. Las masas acuden a las urnas cada cuatro años para votar no a los más idóneos y honestos, sino a los más demagogos y corruptos.
Ahora que llega el 7-D, agitado como bandera de guerra final por el oficialismo, ¿qué expectativas reales de cambio hay? Básicamente ninguna. La fiesta terminó y todo sigue igual, como dice una canción que encaja perfectamente al caso. Está bien que se intente la desconcentración y democratización de los conglomerados de prensa. A los ojos de muchos, de esa forma se abre un camino para que más voces se expresen. Pero no que intenten callar a los medios opositores y perseguir a quienes denuncian a funcionarios corruptos, y esto último es justamente lo que pretende el gobierno, ya que en su saga contra los “medios hegemónicos” encuentra la justificación para dedicarse frenéticamente a recursar jueces y evitar que Clarín alargue la cautelar y consiga un fallo de fondo favorable a sus intereses. ¿Qué idea se quiere instalar? La idea de que si Clarín no desinvierte como y cuando quiere el gobierno, sobrevendrá el caos. Es el mismo presupuesto que pretende vincular una realidad tan ineludible como la inseguridad a la “sensación” agitada por las “malas noticias” de la “cadena nacional del desánimo.” En realidad, el poder está convencido de que, con Clarín desguazado, las posibilidades de reformar la constitución e intentar una nueva reelección para Cristina Fernández de Kirchner estarán al alcance de la mano. La idea es herir de muerte al grupo Clarín: si se logra cortar todo vínculo entre sus diversas empresas como Cablevisión, canal 13 y TN, el gobierno verá esto como un logro político de excepción, capaz de disuadir, entusiasmar y amedrentar a propios y extraños. De modo que esta es la razón de fondo, aunque, mientras tanto, también funcione como cortina de humo que sirve para tapar otros asuntos más urgentes e importantes, como el pago de las sentencias a los jubilados o el expediente que tiene al vicepresidente de la Nación, Amado Boudou, como su principal sospechoso; sin mencionar el deterioro manifiesto de la educación, los servicios públicos y las instituciones, las cuales, indefectiblemente, continuarán en caída libre. Y la inflación se seguirá disparando, así como las dietas de los funcionarios. En esa construcción de cortinas de humo, en esa búsqueda de enemigos corporativos externos, se esconde un gobierno corrupto y mentiroso que intenta exculpar la mediocridad y la ineptitud con que está administrando el país.  
Por eso, después del 7-D, presumiblemente, el país estará igual o peor que antes: el costo de vida seguirá creciendo y se seguirá comiendo el salario de los que menos tienen, el gasto público continuará aumentando en partidas no esenciales como el Fútbol para Todos, la pobreza, la indigencia y la marginalidad se mantendrán en los niveles que todos conocemos y la inseguridad se ubicará primera en el ranking de las preocupaciones de los argentinos, aunque el poder no la nombrará, igual que jamás pronuncia la palabra inflación.
Lo que hace grande a un pueblo y a una nación, entre otras virtudes, es reconocer sus errores. Tengamos, entonces, la grandeza de corregir nuestras fallas y cambiar el rumbo en que estamos yendo, si hemos tomado un camino equivocado. No busquemos en el odio y el enfrentamiento la solución a los problemas. No está bien dividir a los argentinos en "buenos" y "malos" según respondan o no a la ideología y a la moral reinantes. El país necesita paz y trabajo para todos. La confrontación y el odio no producen riqueza, solamente tragedia. Los demagogos no buscarán nuestro bien, sino sólo votos para seguir en este ciclo decadente que vive la nación, y van a intentar convencernos, siempre que les creamos, que el número es superior a la razón y que ellos saben mejor que nosotros lo que es mejor para nosotros mismos. 

sábado, 24 de noviembre de 2012

Créalo: el socialismo empobrece

Economistas asociados con el Fraser Institute y el Cato Institute, dos de los foros de discusión, investigación y análisis independientes más importantes de Canadá y Estados Unidos, respectivamente, han investigado las consecuencias de la mayor o menor libertad económica alrededor del mundo. Su estudio abarca 141 países y la evidencia obtenida es contundente. Las economías que se basan en la propiedad privada, los mercados libres y el libre comercio, y evitan los impuestos elevados, la regulación y la inflación crecen más rápidamente que aquellas con menor libertad económica. Por el contrario, la supresión de los mercados libres reduce tanto la esperanza como la calidad de vida. El mayor crecimiento conduce no solamente a mayores ingresos sino también al mejoramiento de la salud.
¿De qué manera incide esto en la salud? Virtualmente, todos los estudios sobre el tema concluyen que más rico es más saludable. Las personas con ingresos más altos viven más tiempo y los economistas de los institutos Fraser y Cato llegan a la misma conclusión: más libertad económica añade cerca de 20 años a la esperanza de vida y reduce la mortalidad infantil a poco más de una décima parte del nivel de los países menos libres.
¿Y qué pasa con los efectos de la libertad económica sobre los ciudadanos más pobres? En el informe, el ingreso promedio del diez por ciento más pobre de la población en los países menos libres fue de alrededor de 1.061 dólares. Por el contrario, el diez por ciento más pobre de la población de los países más libres ganó cerca de 8.735 dólares. Definitivamente, a los pobres les conviene vivir allí donde el capitalismo esté menos restringido. ¿Quién dijo que los ricos se vuelven más ricos y los pobres más pobres en un sistema capitalista? Todo el mundo mejora.
Pero hay algo más sorprendente aún. Hace algunos años el Consejo de Asesores Económicos de los Estados Unidos (CEA) calculó una “tasa pronosticada de pobreza” basada sólo en el crecimiento económico. Los resultados del CEA sugieren que si nunca hubiera existido un estado de bienestar y sus muchos programas (unos 40 de alcance federal en la actualidad) la tasa de pobreza sería menor ahora de lo que realmente es. ¡Sorprendente revelación de que el socialismo empobrece! La evidencia es incontrovertible: el estado de bienestar es una falacia cuya “misión” es subsidiar la pobreza, no eliminarla. En otras palabras, el crecimiento económico por sí sólo saca a la gente de la pobreza, sin necesidad de un estado moviéndose mucho más. El concepto de redistribución de riqueza, piedra angular de las políticas socialistas e intervencionistas de estado es una ilusión, porque lo que se distribuye en realidad es lo suficiente para generar un estado de dependencia crónica del gobierno, pero nunca lo suficiente como para generar un estado de bienestar real. El aspecto más siniestro es que los círculos cercanos al poder de turno llegan a tener todo tipo de facilidades que les permite convertirse, precisamente, en un estamento de poder.
El estado de bienestar llevó, lleva y llevará a más pobreza, no menos. Por otra parte, casi todos los cambios impositivos de los republicanos (un partido que no se asocia precisamente con el estado de bienestar) han vuelto más progresivo al código tributario. Es decir, casi cada vez que los republicanos modifican la ley tributaria, la carga del impuesto federal sobre la renta se desplaza de las personas de bajos ingresos a las personas de altos ingresos. Es por eso que casi la mitad de la población norteamericana no paga ningún impuesto sobre la renta en absoluto.
Cabe señalar también que, ya sea que se trate de alimentos, vivienda, educación o atención médica, casi todo el dinero de los programas de seguro social va a un grupo de potenciales electores que definitivamente no es pobre. Es por eso que resulta realmente difícil saber cuánto se beneficia alguien con estos programas.
No se trata de fomentar la codicia o el egoísmo. No se trata de que quien tenga más no aporte más, puesto que cada uno debe aportar al bien común según su nivel económico. Más bien, la idea es reconocer la eficacia de una economía basada en la iniciativa privada y un estado de atribuciones limitadas. De esa manera, simplemente, es probable que tengamos menos pobreza.

lunes, 12 de noviembre de 2012

La clase media va al Obelisco

Cae la tarde. Grupos al principio pequeños comienzan a congregarse en los puntos de convocatoria, Santa fe y Callao, y Corrientes y Pueyrredón. Tienen banderas argentinas, pancartas y hacen batir sus cacerolas. Entonces, empiezan a marchar hacia el Obelisco. Cantan consignas, hacen palmas, y nadie parece estar enojado, tenso o nervioso. Más bien, las expresiones son distendidas cuando el termómetro marca más de 30 grados en el infierno de la ciudad de Buenos Aires. Llega la noche y la visión es impresionante: la Plaza de la República está rodeada por columnas que se extienden por Corrientes y 9 de Julio rodeando el monumento más emblemático de la ciudad, testigo de la mayor protesta realizada hasta ahora contra el gobierno kirchnerista.
¿Quiénes son? No es fácil contestar esa pregunta. Esta manifestación, con un montón de gente marchando en forma espontánea y blandiendo consignas diversas, fue plural y heterogénea. Cualquier definición encerraría un grado tal de generalización que se prestaría demasiado a simplificaciones, dando paso a ambigüedades, confusión o incluso tergiversaciones. Sin embargo, no podríamos agrupar a la marea humana movilizada tras el código 8-N con otro rótulo que no sea "clase media."
¿Y qué es la clase media? No es fácil contestar eso, tampoco. Históricamente, podemos decir que es el motor del país. Nos referimos a ese segmento heterogéneo que suma, por lo menos, el 60 por ciento de la población argentina. Descendientes de inmigrantes, nuestros abuelos y bisabuelos que venían en busca de una vida mejor, atraídos por el modelo que los constituyentes liberales impulsaran luego de Caseros. Ese modelo tan exitoso que organizó el país, le dio impulso y continuidad e hizo posible, justamente, esa movilidad social ascendente que lo convirtió en la séptima economía mundial hasta la tragedia del golpe de estado de 1930, a partir del cual la historia nacional se escribe en términos de decadencia.
La clase media argentina es, antes que nada, un imaginario colectivo, un lugar de pertenencia que ordena y tranquiliza, que construye sentido, que asegura un mínimo de identidad y coherencia. La Argentina está entre los países que más se autoidentifican con la clase media, y según clasificaciones de clases, con mayor presencia de clases intermedias, entre asalariados y autónomos. El gráfico actual de la clase media incluye no sólo empleados en relación de dependencia, sino también profesionales, productores y comerciantes urbanos, proveedores de servicios y empresarios, pero no precisamente de los más grandes. Por lo pronto, hay una "exitosa abogada" cuyo patrimonio asciende a 80 millones de dólares que no fue a la marcha.
Y a pesar que no faltaron las estigmatizaciones a los manifestantes y la banalización de sus reclamos, lo cierto es que los mismos ya no pueden ser desoídos. Las pancartas hablaban bien claro: no a la corrupción, no a la inseguridad, no a la inflación, no a la re-reelección, no a las mentiras del Indec.
La marcha del 8-N debiera ser motivo suficiente para que el gobierno revea sus políticas, el rumbo en el que está llevando el país, pero lamentablemente, la presidenta Cristina Kirchner sigue en un aislamiento rayano en el autismo. Para ella, la agenda del día fue el congreso del partido comunista chino.
Lo que significó el 8-N fue el punto de partida de un nuevo país, un país más fuerte basado en instituciones republicanas sólidas y transparentes luego del "fin de luto" presidencial. En qué va a consistir es algo que nadie puede predecir por ahora, pero una cosa es segura: se va a acabar la soberbia, la arbitrariedad y el delirio con que nos han estado sometiendo hasta ahora. Como una digna continuidad del 13-S, el pueblo argentino ha dicho "basta" al país del relato oficial. Hay un reclamo a la política, además del gobierno, por no representar claramente una alternativa. La cuenta pendiente, entonces, es que las fuerzas opositoras se constituyan como tal para ofrecer al ciudadano una alternativa viable que logre canalizar los reclamos y necesidades de un pueblo que se ha puesto de pie.


sábado, 3 de noviembre de 2012

El largo viaje de Cristina hacia la noche

El riesgo país superó por primera vez en mucho tiempo los 1.100 puntos básicos, colocando al país en una situación mucho más delicada aún de la que viene enfrentando en los últimos tiempos. Los números no mienten y la soberbia del gobierno no los cambian. La Argentina se encuentra al borde mismo del resquebrajamiento social, impulsado por un gobierno mesiánico y autoritario que niega sistemáticamente la realidad, desoye voces que no sean de adulación y obsecuencia, avasalla sin reparos las instituciones democráticas, y mantiene a un séquito de seguidores que se alinean en la larga fila de dádivas otorgadas por la presidente.
Los problemas estructurales que aquejan al país son bien conocidos por todos y sería redundante enumerarlos aquí. La actual coyuntura debería ser suficiente para que el gobierno revea sus políticas y el rumbo en el que está llevando el país, pero en el país del relato, el país en virtud del cual la Argentina se aísla del mundo, la prioridad sigue siendo salvar al pueblo de las conspiraciones corporativas.
Y las dimensiones que tiene esa epopeya alcanza ribetes inusitados. Las senadoras oficialistas Nanci Parrilli y Liliana Fellner presentaron en el Congreso un proyecto para incorporar en el Estatuto del Periodista Profesional una "cláusula de conciencia." (?)
¿Y en qué consiste la tal cláusula de conciencia, o como se llame? Según la propuesta, la cláusula de marras sería invocada por los periodistas para negarse a difundir informaciones "contrarias a los principios éticos de la comunicación." Bajo esta norma, los profesionales podrían invocar la cláusula de objeción de conciencia "cuando se produzca un cambio de orientación informativa o línea ideológica que suponga un riesgo para su independencia física o ideológica en el desempeño de su actividad."
Además, también podría hacer uso de dicho planteo "cuando sin su consentimiento se inserte o retire su firma o autoría, o atribuyere la autoría de un trabajo propio a otro," entre otras situaciones.
Las senadoras justificaron su proyecto al destacar que "el periodista es el responsable de producir la información" y que por eso "requiere una protección básica para asegurar su confianza y credibilidad ante la sociedad.” Una previsión similar a la dictada por el régimen comunista de Checoslovaquia luego de la invasión soviética de 1968, según la cual en los medios de comunicación sólo podían expresarse “personas de plena confianza política.”
Es decir que si un periodista critica al gobierno, no es porque esté reflejando la realidad insostenible de inflación, corrupción e inseguridad por la que atraviesa el país, sino simplemente porque se encuentra bajo presión corporativa para hacerlo y, por lo tanto, merece la "protección" que proponen las senadoras. Aquellos periodistas sustraídos a la nefasta influencia de las fuerzas opositoras son los únicos dignos de credibilidad.
Pero estas senadoras tan concienzudas no son las únicas que intentan salvarnos a nosotros de nosotros mismos. Para el juez Eugenio Zaffaroni, los medios “constituyen miedo y terror.”
Llegado a este punto, procede una definición. El gobierno debería saber que, en cualquier democracia, la misión del periodismo no es complacer al poder político. Debería entender también que no es razonable atribuir a inicuas conspiraciones la difusión de informaciones o versiones que no complacen al gobernante de turno. El periodismo es una actividad no exenta de cometer equivocaciones y que, como en cualquier ámbito laboral, puede haber profesionales pasibles de ser corrompidos o medios dispuestos a ocultar alguna porción de la realidad; o bien, intentarán inclinar la información según el peso de la ideología con que comulguen. Pero eso en sí mismo tiene un límite: la pérdida de credibilidad por parte de la población que ejerce su derecho a estar informada y que no dudará en castigarlos si advierte que tal medio o periodista ha dejado de merecerle confianza: dejarán de ver ese programa de televisión, dejarán de comprar ese diario. Por eso, subestimar la capacidad del público para detectar una eventual manipulación de la información es un insulto a la inteligencia de las personas.
Los graves problemas que aquejan al país no se solucionarán porque el gobierno consiga rodearse de una nube de complacencia periodística. Es redundante afirmarlo, como es redundante afirmar que la economía no se reconstruirá mediante la emisión de papel moneda para pagar los gastos del estado. En ambas actitudes, el gobierno kirchnerista acredita la incompetencia que este importante indicador internacional le acusa. Desconectado de las corrientes internacionales de inversión, falto de previsibilidad, el país navega a la deriva mientras que los actuales punteros políticos, responsables de la crisis, caen en un descrédito cada vez mayor que nos lleva a pensar en el mismo fin de ciclo. Como en la problemática familia de O’Neill, se les viene la noche a los protagonistas.       


sábado, 13 de octubre de 2012

La libertad económica en Estados Unidos

Estados Unidos ha sido reconocido desde siempre como un faro de la libertad económica. Sin embargo, notorios cambios que se vienen produciendo de un tiempo a esta parte pueden perjudicar ese modelo tan exitoso que lo ha llevado a ser la primera potencia mundial en todos los campos, pero muy especialmente en el campo económico.
Según un estudio de la Universidad Estatal de Florida, este país está perdiendo rápidamente su lugar entre las naciones que acreditan mayor libertad económica. Apenas en 2000, Estados Unidos se clasificaba detrás  de Hong Kong y Singapur como la tercera economía más libre del mundo. En la actualidad se ubica en el puesto 18 detrás de estados socialistas de bienestar como Finlandia y Dinamarca.
La disminución de la libertad económica se ha producido en la mayoría de las áreas de la economía, y se debe a que el gobierno federal se ha vuelto más grande e intruso en la actividades privadas con su sinfín de regulaciones. El crecimiento del tamaño del gobierno y el mayor alcance de las regulaciones van en contra de la libertad. Además, una disminución de la libertad de la magnitud que los Estados Unidos están experimentando pueden causar una merma en el crecimiento económico de entre 1 y 1.5 puntos porcentuales según el mencionado estudio. Es la mitad del promedio histórico de crecimiento de alrededor del 3 por ciento.
Es muy importante garantizar la libertad en todos los campos incluyendo, por supuesto, el campo económico. La libertad económica promueve el crecimiento y un nivel de vida más alto y es tanto buena para los pobres como para los ricos. La libertad importa y mucho respecto de cuán bien viven los pobres, pues lejos de significar prebendas para los ricos, revitaliza la economía y proporciona oportunidades de manera ilimitada para todos. Los países más libres tienen mayores ingresos, mayor esperanza de vida, tasas más bajas de mortalidad infantil, una mayor alfabetización  y más libertades civiles y políticas. La pérdida de libertad económica implica un crecimiento bajo o estancado que pone en peligro todos estos estándares de vida.
En el caso de los Estados Unidos, este país necesita reducir drásticamente el alcance del gobierno en la economía a fin de volver a conquistar un lugar entre los países más libres del mundo. Ante las próximas elecciones presidenciales, es menester que esto figure en la agenda de los dos partidos mayoritarios. El nivel de impuestos corporativos, para dar un ejemplo de la desmedida intervención estatal, llega en la actualidad al 35%, y tanto Barack Obama como su contrincante, el republicano Mitt Romney, han prometido rebajarlo al 28 y al 25% respectivamente en caso de ganar las elecciones; pero es fundamental que estas promesas de campañas no se queden sólo en eso, en meras expresiones de deseo sino que se pongan efectivamente en práctica para marcar el rumbo de la recuperación de las libertades económicas.

lunes, 8 de octubre de 2012

Una misión sagrada

Simón Bolívar decía que el que sirve a una revolución labra el mar. ¿Por qué? Porque una nación civilizada (con lo cual el inolvidable militar y estadista venezolano se adelantó a su tiempo) debe estar basada en el diálogo, en el debate, en el funcionamiento neto de instituciones transparentes, más que en el caudillismo y en la manipulación del poder. El proyecto de autoritarismo encarnado por Hugo Chávez logró, sin duda, su definitiva consolidación con su aplastante triunfo en las elecciones de ayer sobre su rival Henrique Capriles y deja a Venezuela por seis años más a merced del modelo que él mismo logró instalar consistente en la obediencia ciega, el fanatismo, y el culto a la personalidad infalible del líder. Se trata de un factor no sólo político sino también cultural que encuentra increíbles similitudes con la Argentina de hoy: persecución a los opositores, prensa controlada, capitalismo de amigos, historia reescrita, clientelismo, relato oficial y realidad. "En este país no hay empresarios, hay millonarios," comentaba un caraqueño ante las cámaras de televisión, y es cierto. ¿Quién necesita empresarios cuando se tiene amigos (léase obsecuentes) del poder? Chávez, exactamente igual que Cristina Kirchner, partió la sociedad en dos.
"Tú eres un burgués y esos lentes son burgueses, dámelos," le dijeron a un turista extranjero en un colectivo de Caracas. El turista los entregó en silencio. Hubo 19.000 asesinatos en las calles de Venezuela sólo en 2011. Los especialistas en violencia señalan que ha crecido el número de delitos contra la vida por sobre los delitos contra la propiedad. Un muerto hoy, aquí, no significa nada. Después de todo, lo importante es lograr el equilibrio del universo, como proclama a los cuatro vientos el comandante Chávez.
Y la grieta se profundiza, y eso también forma parte del universo que Chávez se compromete a equilibrar: el enemigo es el otro y el otro es el enemigo: el que piensa diferente, el más rico, el exitoso, el sospechoso de simpatizar con los yankis. Las familias no se hablan, los amigos se dejan de ver, las reuniones se hacen imposibles, invitados despechados se levantan y se van.
Las revoluciones son incompatibles con la tolerancia ya que observan el pluralismo como un signo de debilidad. La democracia, por el contrario, encuentra en ese pluralismo un rico semillero de propuestas cuya cosecha las torna útiles y necesarias para el fin del bien común. Un gobierno, cualquiera sea su orientación política, tiene una misión sagrada: unificar a su pueblo. Hoy, hay dos países, Venezuela y la Argentina, que están más divididos que nunca. En ambos hay un ambiente crispado y de tensión sin precedentes debido a la inseguridad, a la economía tambaleante, al mal funcionamiento de sus servicios e instituciones, a la falta de una verdadera justicia independiente, al deterioro de la educación, sólo por nombrar los factores más relevantes. En ambos, las causas se atribuyen a modelos que basan su hegemonía en la construcción de relatos, al uso del aparato de manera total y absoluta, al uso de la propaganda, con lo que la sociedad está siguiendo una lógica autoritaria. Todo se origina en la vocación de ese autoritarismo, en el desprecio de las instituciones republicanas y en la falta de la alternancia de mandatos fundamental para la supervivencia de dichas instituciones en el tiempo.