viernes, 19 de abril de 2013

Cristina está sola

Si hay una palabra que caracterizó a la movilización que tuvo lugar el jueves 18 es ”heterogeneidad.” Nadie –aclaremos, nadie que tenga un mínimo de objetividad y que no intente recargar los hechos con un contenido capcioso o peyorativo- puede atribuir la gran concurrencia a un sector social o político determinado. En la marcha, la tercera contra el gobierno en siete meses y, sin duda, la más masiva de las tres, hubo peronistas, radicales, socialistas, liberales, conservadores, desarrollistas, y todavía más. Hubo gente de todos los barrios. Hubo profesionales, comerciantes, cuentapropistas o no. Hubo todos los estamentos. Y eso significa que el kirchnerismo perdió el control de la calle, el cual daba por descontado que lo tenía, y ha reanudado su caída la imagen presidencial. Cristina Kirchner se encuentra en una situación cada vez más endeble, sobre un escenario cada vez más frágil, a pesar de sus patéticos intentos de avanzar sobre la justicia para convertirla en una simple agencia al servicio del gobierno de turno, a pesar de que así parecía estar más cerca que nunca de alcanzar la suma del poder público. Y la difusión de las maniobras y negociados de los círculos cercanos al poder parecen dar cuenta de un resquebrajamiento de viejos pactos de silencio. La cadena de encubrimiento parece estar cortada, y esto es un revelador de fisuras en el propio oficialismo.
No era necesario que para el éxito dela concurrida marcha contra el gobierno se conociera el informe periodístico sobre el empresario Lázaro Báez, pero su difusión potenció la indignación.
Como la potenció la desidia oficial demostrada ante el trágico temporal del 2 de abril, por nombrar otro de los factores del profundo desasosiego expresado en las calles.
Y a pesar de que, como en las dos anteriores marchas masivas no faltaron las estigmatizaciones a los manifestantes y las banalizaciones de sus reclamos, el mensaje fue contundente: la ciudadanía se expresó por la calidad institucional, por la seguridad, por la transparencia de las gestiones de los funcionarios y en contra de la inflación, de la corrupción, de la soberbia, de la mentira, del avasallamiento de la justicia, del cercenamiento de las libertades individuales y de la reforma de la constitución nacional.
Fiel a su estilo, lamentablemente, el gobierno decidió no tomar nota de este evento tan importante. Mientras se desarrollaba la marcha, la presidenta Cristina Kirchner, a bordo de su avión que la transportaba a Perú y a Venezuela, se dedicó a inundar el espacio virtual en la conocida red social twitter con un total de 60 mensajes contabilizados en los que ponderaba la acción de su propio gobierno y evocaba a Hugo Chávez entre otras consideraciones, pero ni una sola palabra de la marcha. En uno de los twits, concretamente el enviado a las 21:35 dijo: “El sábado por la mañana voy a ir al Cuartel de la Montaña donde descansa (Hugo Chávez). Quiero estar un poco más sola, sin tanta gente, sin tanto ruido.”
No, señora Cristina, usted no necesita ir a ningún lado para estar sola. Usted está sola. Porque el kirchnerismo está en la recta final, en la fase de su decadencia definitiva. El proceso es irreversible, ya no se puede volver atrás. Es la primera vez que el oficialismo kirchnerista sufre la aparición de personajes que revelan sus intrincados manejos a favor del poder, a espaldas del pueblo y flagrantemente en contra de sus intereses. Los astronómicos fondos desviados hacia paraísos fiscales son los que deberían haberse utilizado para las obras de infraestructura necesarias en el país y para la atención a jubilados. Esa percepción que cala hasta el fondo del poder kirchnerista, sumada a la deteriorada situación económica y, en general, a todas las irregularidades que afectan al país, fue la que se manifestó en la histórica marcha del 18 de abril, y la que nos hace ver un gobierno kirchnerista flojo, tratando de bailar sobre un escenario cada vez más tambaleante. Y en cualquier momento pueden aparecer más testimonios comprometedores que inclinarán aún más la balanza en su contra y lo dejará más desvalido. La endeble situación económica sumada a los graves hechos de corrupción son un golpe demasiado contundente como para que la debilitada presidenta lo pueda asimilar. Todas las encuestas marcan lo mismo: aumenta su imagen negativa, desciende su aprobación. Alicia Kirchner, por su parte, no consigue hacer pie en ningún escenario con vistas a las elecciones legislativas de octubre.
Cristina está sola. Y será mejor que tome nota de eso. Ni siquiera puede contar con Amado Boudou o Axel Kicillof, por nombrar dos de sus puntales más emblemáticos, porque tanto ellos como cualquiera de los alcahuetes que forman su entorno no tendrán el menor inconveniente en darle la espalda y salir caminando como el mejor cuando vean que ya no les conviene seguir cerca de ella, lo cual no debe estar muy lejano en el tiempo si tomamos en cuenta este irreversible proceso del deterioro de la “cohesión” kirchnerista.      
El gobierno está contra las cuerdas y, de hecho, podríamos afirmar que ya perdió la pelea por puntos. La runfla de alcahuetes televisivos, mientras tanto, seguirá desoyendo la voz de los hechos, atribuyendo el malestar de la población con el gobierno nacional a inicuas conspiraciones corporativas.
Hay una deuda pendiente. Exigimos la presencia de una fuerza política organizada, seria, coherente, que sea capaz de presentar propuestas, de exponer ideas. Una contrafigura real y desafiante. Justamente, uno más de los reclamos de la marcha es que los políticos opositores acusen recibo y se erijan en la alternativa política que anhelamos para llevar adelante la voz de un electorado que ha demostrado no doblegarse ante el avasallamiento de un régimen corrupto y demencial.

viernes, 5 de abril de 2013

La última oportunidad

La hora es grave. Está roto el contrato social. La Argentina está fracturada. Por un lado, el país del relato kirchnerista, el país en virtud del cual la Argentina se hunde en la vorágine de inflación, inseguridad, mentiras y prepotencia. Por otro lado, el país real; el país que muy sintéticamente, pero no por eso menos fehacientemente, acabo de describir.
Ya no se trata de ideas políticas encontradas. Se trata de una mafia con códigos operacionales de estilo propio que ha secuestrado la Casa Rosada encabezada por una demagoga, manipuladora y mentirosa patológica, y la runfla de obsecuentes que la rodean como abeja reina y la mantienen en el poder mientras el país involuciona, se cierra al mundo y se aferra a ideologías trogloditas de estatismo populista que sólo buscan aumentar el clientelismo como una forma de acrecentar el caudal de votos para su redil, estrategia que ven como el modo más seguro de perpetuarse en el poder.
El país está fracturado y la ruina es manifiesta a todo nivel. Pero esto tiene nombre y apellido: Cristina Kirchner y su díscolo vicepresidente-guitarrista Amado Boudou, el peor vicepresidente y el peor guitarrista del mundo. Las dos cosas.
Están destruyendo el país en nombre de una ideología que no existe. El gobierno se dedica a presionar intendentes y gobernadores no adictos, la justicia sigue sometida al poder de turno y más que justicia parece una escribanía, la galopante inflación no da tregua, la inseguridad sigue imperando en las calles, la consabida runfla de obsecuentes televisivos siguen cantando loas al régimen cual Ministerio de la Verdad del Gran Hermano de Orwell, y mandatarios de todo el mundo vistan Brasil y Chile, pero no la Argentina.
El kirchnerismo siempre puso especial énfasis en el aumento del empleo. Ese ha sido, sin duda, pilar de su retórica en un país en el que el desempleo había alcanzado niveles demenciales hasta 2003, pero lo cierto es que desde 2008, el empleo público viene creciendo a niveles muy superiores que el empleo privado. Esto, en la práctica, equivale a decir que la economía se está contrayendo y que el país no está creciendo. La Argentina, simplemente, no ofrece garantías para la inversión privada y está muy lejos de ser un país serio, confiable, predecible. El gobierno está otorgando puestos públicos como una manera de tergiversar las estadísticas que indican lo que hasta para ellos tendría que ser evidente: está aumentando el desempleo. No solamente eso. Estos puestos públicos son siempre para los adictos al gobierno (léase la Cámpora), para sus amigos, para los amigos de sus amigos, para los amigos de los amigos de sus amigos y para los amigos de los amigos de los amigos de los adictos al gobierno, ya que en un gobierno corrupto y mentiroso, se castiga y se excluye al idóneo y se premia al obsecuente.
El modelo se basó en que se puede generar una ilusión de progreso indefinido mediante el uso irresponsable de los recursos públicos, la emisión monetaria a discreción como fuego de ametralladora, la distorsión constante y permanente de la realidad y la red de complacencia mediática que en todo momento apoya esa distorsión. Pero como lo demuestra la experiencia mundial, el estado paternalista y dispensador de favores es una ilusión, y ni bien se consumen sus subsidios y prebendas, sus beneficiarios terminan tapados por el agua. Y los alcahuetes mediáticos, desde sus confortables asientos detrás de las cámaras de televisión pagados por los impuestos de los contribuyentes, analizan la cobertura de los hechos, y hablan y ríen, como la familia de robots del señor Hathaway de Crónicas Marcianas.
Y el viento sigue soplando y el mar muerto sigue muerto.
Y el agua nos tapa a todos, moral y materialmente. La tragedia es demasiado grande, demasiado general. Nadie se salva de ella. El gobierno nacional nunca se ocupó debidamente de las obras de infraestructura indispensables. Y para peor, nadie, ni el gobierno nacional ni los gobiernos locales parecieron estar preparados para enfrentar este desastre climático que nos azotó. La tragedia de la inundación dio cuenta de un estado ausente e improvisado, incapaz de garantizar derechos elementales que justifiquen su existencia. No tenemos derechos ni garantías de ningún tipo. No hay transportes públicos adecuados, no hay seguridad en las calles, no hay instituciones sólidas, no hay independencia judicial, no hay educación pública de calidad y, como quedó demostrado, no hay condiciones para afrontar una situación de emergencia.
El poder representa una situación terriblemente despareja para cualquier alternativa opositora, por fuerte que sea, ya que la balanza siempre se inclina para el que lo detenta. Por eso, hoy más que nunca, es menester la presencia de una verdadera fuerza opositora que sirva e freno al avasallamiento de esta dictadura demencial que está mancillando, que está destruyendo literalmente la república. Si ellos dicen “vamos por todo” nosotros tenemos que contestarles “hasta acá llegaron, hasta acá basta.” El disperso arco opositor tiene esa deuda: superar la inoperancia que lo caracteriza y erigirse como alternativa a tanta soberbia, delirio e impunidad. Sabemos que la tarea no es fácil en un espectro político devastado por diez años de prepotencia y de mentiras, pero es menester que políticos capacitados se sientan llamados a ejercer con valentía y decisión esta gran responsabilidad. Hay una oportunidad para comenzar a construir un proyecto político alternativo. El próximo jueves 18 de abril, marchamos a Plaza de Mayo en contra del gobierno kirchnerista. Como una digna continuidad de las históricas marchas del 13 de setiembre y el 8 de noviembre del año pasado, este evento puede significar el cambio de bisagra en la historia. Nadie puede predecir qué saldrá de ello, pero es una oportunidad, y eso es lo que importa. Porque, sencillamente, puede ser la última oportunidad para nosotros. La Argentina está yendo a velocidad crucero a convertirse en una nueva Cuba, y de eso no hay retorno. Si los argentinos no abandonamos nuestra parsimonia, si no somos nosotros los que ponemos límites a este delirio, serán otras las fuerzas que vengan a poner orden, y la próxima marcha la vamos a tener que hacer en Colonia o en Montevideo porque acá no nos van a dejar. No habrá retorno, insisto, cuando la Argentina sea como Cuba. Cuando llegue aquel día, la Cámpora va ser la AKámpora-47, porque van a salir a la calle con fusiles AK-47 y se van a meter por la fuerza en las casas para ver si la gente guarda ejemplares de Clarín, de La Nación o de Selecciones del Reader’s Digest. Y van a pedir los pasaportes para viajar 80 kilómetros en el país como hacían en la Unión Soviética.
El 18 de abril, a la noche, los argentinos tenemos una oportunidad. Debemos demostrar que somos capaces de decir "basta" a la soberbia con que se nos bastardea todos los días. Lo que está en juego es demasiado importante como para que los políticos opositores pierdan tiempo en discusiones superficiales. Es menester dejar atrás la mezquindad y anteponer los intereses de la nación para salvar a tiempo la república. Recordemos que, como dijo, Edmund Burke, lo único necesario para que el mal triunfe es que la gente de bien no haga nada.

lunes, 1 de abril de 2013

Que la razón prevalezca

En 1948, Corea quedó partida en dos como consecuencia de la división de la península por los soviéticos y los norteamericanos. Sería redundante hablar de las diferencias entre los dos países, pero hay un dato que vale la pena destacar: Corea del Norte tiene el quinto ejército más poderoso del planeta, con más de un millón y medio de efectivos y otros cuatro millones en la reserva. Frente al paralelo 38 que divide a ambos países, hay once mil misileras con capacidad de alcanzar todo el sur y también Japón. Su historial nuclear incluye tres pruebas entre 2009 y el 11 de febrero pasado. Esto fue lo que le valió un conjunto de sanciones internacionales, apoyadas entre otros por China, en contra de este país sometido a la dictadura de los K (Kim, no Kirchner).
Los exabruptos vocales del dictador Kim Jong-un, que no deja pasar oportunidad para amenazar a cualquiera, según consta en sus furibundos discursos, causan conmoción en el mundo entero. Corea del Norte se autoproclama "en estado de guerra" con Corea del Sur y afirma que "todos los temas que se planteen entre Norte y Sur se manejarán en consecuencia." De hecho, el régimen de Pyongyang está amenazando a Corea del Sur y a las bases militares estadounidenses de la península casi a diario desde comienzos de marzo, cuando los ejércitos surcoreano y norteamericano realizaban ejercicios de rutina, y ha ordenado a sus poderosas fuerzas armadas permanecer en estado de alerta. Kim Jong-un elevó aún más el tono dela confrontación al ordenar tener preparados sus misiles para atacar "en cualquier momento" intereses de Estados Unidos y Corea del Sur.
"Ha llegado el momento de ajustar cuentas con Estados Unidos," dijo el sábado pasado el gobierno norcoreano a través de su agencia KCNA. Washington ha dicho que se toma “en serio” las amenazas norcoreanas. Por su parte, países como Inglaterra, Francia, Alemania, Rusia y China repudiaron las declaraciones de Kim y expresaron su preocupación por la delicada situación. El Foreign Office inglés afirmó que con sus “advertencias amenazadoras,” Corea del Norte sólo logrará “un mayor aislamiento,” y el Ministerio de Asuntos Exteriores de Francia expresó su “preocupación” por la situación y pidió que el gobierno norcoreano se abstenga de “toda nueva provocación.”
Estas provocaciones, en efecto, sientan un precedente gravísimo. Pero lo que llama la atención es que el mundo entero pareciera ignorar las verdaderas circunstancias que provocan esta tensión. Corea del Norte se encuentra bajo un régimen comunista, un sistema en que un estado omnímodo interfiere en la vida de los habitantes, los cuales son simples súbditos sometidos al capricho de sus déspotas. Gracias a un sistema de represión y de lavado de cerebro constante y permanente, ese tipo de gobierno logra mantenerse en el poder a lo largo de los años sometiendo a las masas a la sumisión y a la miseria más abyecta en todos los niveles. En ese sistema tan perverso, el ser humano carece de toda posibilidad de ejercer una representación mínima en el poder, de torcer el curso de los acontecimientos si éstos no responden al interés o a la voluntad popular, de cambiar las políticas en trance si no son eficaces. Por el contrario, los gobernantes no tienen ningún tipo de fiscalización y a nadie le rinden cuentas de su nefasto accionar. 
En la división de 1948, la parte que llevaba las de perder era el sur, ya que toda la industria estaba en el norte. ¿Qué fue lo que sucedió? Corea del Sur, que logró convertirse en una democracia liberal exitosa y adoptó una economía de mercado, se posiciona en la actualidad como una gran potencia económica con un notable nivel de vida para todos sus habitantes. Su vecino del norte, en cambio, eligió el camino que todos conocemos, y hoy el mundo asiste a la tragedia de un país cuyo ejército, como dije antes, es el quinto más poderoso mientras que su ingreso per cápita es inferior al de Uganda. Y ahora se dedican a amenazar al mundo como si tal cosa. Corea del Norte debe abandonar su retórica bélica, cancelar su programa nuclear y poner a la gente y el interés de la gente, no los caprichos del gobernante, en primer lugar.
Kim Jong –un es un dictador peligroso y delirante que está llevando al mundo a un estado de crispación que nadie sabe en qué va a devenir. Ante tanta demencia, entonces, es de esperar que la prudencia y la razón canalicen las acciones de la comunidad internacional en su conjunto para que la razón prevalezca y, ya como un reaseguro a futuro, buscar ayuda para incorporar a este país a un legítimo lugar en el concierto de las naciones.             

lunes, 18 de marzo de 2013

Que McDonald's administre la inmigración

El presidente Barack Obama está llevando a cabo una reforma inmigratoria que en esencia es un "reprise" del Acta de Reforma y Control de la Inmigración (IRCA, por sus siglas en inglés) sancionada por Ronald Reagan en 1986. Ambas se apoyan en los mismos pilares: legalización para inmigrantes ilegales que cumplan ciertas condiciones, sanciones a empleadores que tomen empleados sin documentos, refuerzo de controles fronterizos y aumento de cuotas de visas para cierta clase de individuos favoreciendo a algunos -graduados de carreras técnicas avanzadas, por ejemplo- sobre otros. Pero estas decisiones serán tomadas por funcionarios, no por el mercado. Todo basado en la presunción de que el estado, por decreto y mágicamente, es la solución a todo lo que nos pasa en todos los órdenes de la vida. ¿Quién necesita de un enfoque más flexible, ni que hablar en sintonía con las necesidades de la economía, cuándo el gobierno puede salvarnos a nosotros de nosotros mismos?
Las reformas de la era Reagan no previeron la forma en que las nuevas necesidades económicas sortearían las restricciones generando los aproximadamente 11 millones de inmigrantes ilegales que residen en la actualidad en los Estados Unidos. ¿Por qué? Porque el estado no puede prever en qué consistirán las necesidades surgidas del funcionamiento de la economía a través del tiempo. Como en toda política intervencionista, el estado se atribuye la potestad de dirigir un mercado basado en decisiones que son tomadas por millones de individuos interactuando libremente a diario. El número de inmigrantes necesarios para cubrir puestos de trabajo, desde la recolección de frutas hasta la escritura de códigos informáticos es imposible de predecir desde una oficina del gobierno. Si los inmigrantes se trasladan de un país a otro, lo hacen por la simple razón de que en el país receptor hay empleadores interesados en contratarlos, con o sin el beneplácito del gobierno. El potencial de un trabajador inmigrante, que no cabe duda que ha venido a trabajar, es incalculable.
Richard Nixon dijo una vez que, de adoptarse un sistema más flexible que los cupos predeterminados de visas de inmigrantes, "cientos de millones de personas" emigrarían a los Estados Unidos. Pero él lo dijo en el contexto de la economía de la década del '70, cuando la economía global era muy diferente a la actual, mucho más estática y localizada, lejos de las innovaciones tecnológicas de hoy. En la actual economía, en la que asistimos a fenómenos de economías en rápido desarrollo que prometen ser líderes globales, los famosos "tigres asiáticos", por ejemplo, no es lógico suponer que un sistema más flexible abriría las compuertas para una invasión. En la primera parte de la última década, alrededor de 800.000 inmigrantes indocumentados entraron a los Estados Unidos cada año. Para el año 2010, la migración neta desde México, el principal país de origen, se había reducido a cero. La razón principal no fue el fortalecimiento de la patrulla fronteriza sino la desaceleración de la economía. Lo mismo había ocurrido después de pincharse la burbuja de las empresas punto.com. Ese es otro factor que Nixon tampoco hubiera podido prever.
El mayor problema de la inmigración es que está estigmatizada por muchos años de visiones basadas en la desinformación y el prejuicio. En ese sentido, uno de los más grandes temores es el peligro cultural que impera al respecto, y esto no es ninguna novedad. Los inmigrantes latinoamericanos, especialmente los mexicanos, que representan el fuerte de la inmigración a Estados Unidos a partir de mediados del siglo XX, sufrían la misma estigmatización que los irlandeses e italianos en el siglo XIX. Los inmigrantes erosionan la cultura local y la cambian para convertirla en otra. Pero lo cierto es que los inmigrantes muestran patrones de adaptación que echan por tierra cualquier argumento en su contra. Como regla general, la asimilación es fuerte en la segunda generación y se completa en la tercera. Esto se cumple tanto con los inmigrantes legales como con los ilegales. No solamente eso. La tecnología actual es un factor que ayuda mucho para la asimilación.
Volviendo a la economía, virtualmente todos los estudios demuestran que los inmigrantes ejercen una influencia pequeña, pero positiva, en la misma. La noción de que los inmigrantes le quitan el trabajo a los ciudadanos, en vez de cubrir las necesidades de la economía, es falsa y parte de la misma nebulosa de prejuicios con que se suele percibir el fenómeno de la inmigración.
¿Qué se puede hacer entonces? Volvamos a la presunción de que el capitalismo funciona. Dejemos el asunto en manos del mercado. Para eso, no se me ocurre nada mejor que la inmigración sea administrada por McDonald's. Sus locales están esparcidos por todo el orbe y sus servicios cubrirían todas las necesidades. Todo lo que hay que hacer es comprar, junto con el combo, una Immigration McCard para emigrar a los Estados Unidos. ¿A qué precio? A precio de mercado por la ley de la oferta y la demanda.
Así, poniendo la inmigración en el punto del mercado libre, los legisladores se sorprenderán de ver como la marea de inmigrantes fluctúa naturalmente. A veces, los números apenas se notarán.

miércoles, 6 de marzo de 2013

Venezuela: ¿Y ahora qué?

Hugo Chávez logró tañer una cuerda en la psiquis de los venezolanos: se erigió ante ellos como el líder carismático que venía a salvarlos de los embates de las corporaciones. Su modelo populista de redistribución de la riqueza, ícono de la retórica tercermundista, fue el elemento que caló hondo en una población venezolana que, elección tras elección, lo llevaba al triunfo; y una vez asegurado su lugar en el poder, le daba riqueza al pueblo gracias al furor mundial de las materias primas, lo cual lo distinguió de sus predecesores que no contaron con esa ventaja.
Así, creó un culto a su personalidad que fue en crescendo de acuerdo al aumento internacional del costo del petróleo. Cuando llegó al poder en 1999, el barril de petróleo costaba alrededor de 9 dólares; hoy está casi a 90. Chávez empezó a financiar políticos leales a su causa en otros países latinoamericanos como Bolivia, Nicaragua y Ecuador, y acabó creando su bloque de aliados en el continente, ALBA, para impulsar el proyecto que denominaba "socialismo del siglo XXI." Mientras tanto, creó una política interna de concentración del poder público, de desvío de la economía para sus propios fines, y de persecución a todos los sectores opositores y a la prensa no adicta. La influencia de Chávez en el continente creció en una forma directamente proporcional a los precios del petróleo en el mundo.
Su muerte plantea la incógnita de la continuidad de su proyecto ¿Puede hablarse de un chavismo sin Chávez? ¿Seguirá teniendo influencia en América Latina?
Una clave para resolverlo sería observar que actitud tomarán a continuación sus antiguos aliados, los que se beneficiaron a partir de contar con él en el gobierno. Por ejemplo, Venezuela envía 10 mil barriles de petróleo diarios a Cuba. Si los hermanos Castro no hubieran contado con ese suministro vital en todos estos años, ¿habrían podido mantenerse en el poder? Vale la pena pensarlo.
De todos modos, ya que el precio del petróleo, en realidad, estaba menguando en el mundo luego de un récord histórico de 146 dólares por barril en 2008, la influencia de Chávez parecía confinada a su núcleo incondicional: Cuba, Bolivia, Nicaragua, Ecuador y algunas islas del Caribe. Y además, como muchas de sus promesas nunca se materializaron, como es el caso de un gasoducto que debía ir de Caracas a Buenos Aires, y algunos proyectos de infraestructura en Asia y África, y también su fallido intento de hacer entrar a Venezuela en el Consejo de Seguridad de la ONU, su estrella iba francamente en cuarto menguante. Por otra parte, su alineación con Irán le terminó jugando en contra mucho más que a favor. Teherán se encuentra sometido a un severo régimen de sanciones internacionales, entre otras razones, por su polémico plan nuclear. El fin de vincular a Venezuela con ese país era muy discutible.
Tan es así que en estos últimos años se vio emerger una figura opositora como Capriles que, si bien perdió las últimas elecciones, supo armarse con un buen caudal de popularidad para disputarle el poder a Maduro, el sucesor designado por el líder bolivariano.
"Capriles es un peligro, porque es un aliado de Estados Unidos," decía un jubilado de La Habana. ¿Cuál es el peligro? ¿Es que, finalmente, sea su oportunidad de convertirse en el próximo presidente de Venezuela? En ese caso, sería interesante ver de qué manera se conducirán gobernantes como Castro, Morales o Correa, despojados del apadrinamiento de Chávez. Por lo pronto, Cristina Kirchner decretó tres días de duelo nacional y se apresuró a viajar a Caracas. Sin duda, le interesa mantener una imagen positiva allí.
Venezuela es un país con un gran potencial y el mundo entero no espera otra cosa que verlo desarrollado. Pero el camino correcto para hacerlo es la libertad y la democracia. La expectativa es que quienes rijan sus destinos a partir de este momento consigan ponerse a la altura de las circunstancias.

viernes, 1 de marzo de 2013

El hombre es el único animal que tropieza dos veces con la misma piedra

El primer caso documentado de control de precios de la historia data del año 301, cuando el emperador romano Diocleciano estableció “bajo pena de muerte” precios máximos para más de mil artículos. Diecisiete siglos más tarde, el emperador argentino Guillermo Moreno pide “tolerancia cero” para los comerciantes que infrinjan los precios máximos establecidos por él. Una prueba cabal de que el hombre es el único animal que tropieza dos veces con la misma piedra.
Desde aquellos días tan remotos, hay sectores políticos que insisten en que el estado es capaz de vulnerar el delicado equilibrio de la oferta y la demanda, piedra angular de la economía de mercado. Cuando el hombre pretende ignorar este concepto, las consecuencias son catastróficas.
Un día, por ejemplo, el hombre se indigna porque en el supermercado detecta un aumento en el precio de un determinado producto. Entonces, supone que se trata de un aumento arbitrario dispuesto por los dueños de ese supermercado para aumentar sus ganancias. No quiere comprender que, si bien el deseo de todo comerciante es aumentar las ganancias, nadie puede aumentar un precio por encima de lo que el mercado está dispuesto a pagar, porque corre el riesgo de no vender nada. Entonces el hombre, convencido de que puede hallar sustitutos más idóneos que la ley de la oferta y la demanda, le pide al estado que intervenga. El estado accede, presuroso y complaciente. Establece un control de precios. (En realidad, no es control de precios sino de personas. Los que sufren la humillación de ver sus vidas controladas por el estado no son los precios sino las personas). Pero, ¿qué sucede entonces? El producto en cuestión comienza a escasear. ¿Por qué? Porque nadie tiene interés en producir algo si van a obligarlo a que lo venda por menos del precio establecido por la ley de la oferta y la demanda. No solamente eso, la calidad del producto será inferior a lo que era, sin duda, pues la escasez habrá acicateado la demanda, y al no haber competencia al vendedor no le interesa mejorar su producto. También, gracias al propósito de eludir el principio de la oferta y la demanda, será pésimamente atendido en los establecimientos, ya que a los dueños no les interesa mejorar el servicio. Y finalmente, cuando el estado retira los controles de precios, termina pagando un precio más elevado del que hubiese pagado si de entrada hubiera aceptado el precio con aumento impuesto por el mercado con su libre juego. Estos son los logros cuando el estado intenta tergiversar las leyes económicas.
Un producto puesto a la venta es, en sí mismo, un desafío a que surja la competencia, y al aumentar la oferta disminuirá la demanda y bajarán espontáneamente los precios, y el resultado serán supermercados con las góndolas llenas de variadas y abundantes mercaderías, precios convenientes, calidad en la atención y, en definitiva, esa sensación de prosperidad y de bienestar general que se respira en las sociedades más avanzadas de la Tierra; aquellas que han tenido la sabiduría de rechazar políticas de intervencionismo estatal adoptando, en cambio, la economía de mercado
La ley de la oferta y la demanda es un parco sistema de señales (el único que existe) que permite saber al hombre qué productos deben ser colocados en el mercado y cuánto se ha de pagar por ellos. Toda intervención del estado es una distorsión de esas señales cuyos resultados, como dije, son catastróficos. Es lo que sucede cada vez que el hombre se deja convencer por los estatistas de que las leyes del mercado pueden ser vulneradas por disposiciones del gobierno, por decretos de funcionarios mesiánicos que creen saber mejor que nosotros lo que es mejor para nosotros mismos. Desde el imperio romano hasta el imperio del relato kirchnerista (el más corrupto del que se tenga memoria), la historia de la humanidad nos demuestra, sin excepciones, que las políticas de intervencionismo estatal destruyen la economía y devastan las comunidades más prósperas hasta reducirlas literalmente a polvo. Y que, en cambio, la economía de mercado es la herramienta idónea, indicada e insuperable para asegurar el progreso y el bienestar.     

sábado, 9 de febrero de 2013

Un reaseguro digno y apropiado

El choque entre la era agrícola y la era industrial provocó la emigración del campo a las ciudades con su inevitable secuela de marginalidad, enfrentamientos de todo tipo, violencia y destrucciones. De la misma manera, la transición de la era industrial a la era tecnológica actual plantea dilemas que surgen de la realidad de un mundo interconectado en el que la información, la producción de bienes, las comunicaciones, las finanzas, las decisiones se suceden en forma cada vez más vertiginosa. La expansión de la ideología del libre comercio se da como un medio apto para estimular la producción de riqueza. Sin embargo, esto trae aparejadas serias cuestiones en relación con la situación laboral.
Por ejemplo, muchas grandes corporaciones trasladan sus plantas de países desarrollados con buena protección social a otros cuyas normas laborales son escasas o prácticamente nulas, lo cual permite un costo de producción irrisorio a costa, en algunos casos, de jornadas agotadoras o salarios miserables.
La consecuencia es que muchos trabajadores de los países desarrollados pierdan sus puestos y que las cifras de desempleo aumenten. A esto hay que agregar el gran remanente que en el mercado de trabajo causan las nuevas tecnologías con su devastadora supresión de puestos de trabajo, que obligan a medidas de racionalización laboral que permitan a las empresas ser competitivas.
Aparece entonces la necesidad de la llamada flexibilización laboral para reducir los costos y, eventualmente, favorecer el empleo modificando normas y acuerdos laborales, lo que debía hacerse cuidadosamente y siguiendo prudencialmente todos los tiempos de cambios que fueran necesarios.
Ante el avance de estas tendencias, a veces exageradas, algunas voces se alzaron dando la alarma como una llamada de atención sobre una realidad social que no puede ocultarse. Por ejemplo, la Organización Mundial del Comercio emitió una declaración en la que señala su apoyo al establecimiento de normas laborales básicas y, al mismo tiempo, reconoce que la OIT (Organización Internacional del Trabajo) es el organismo adecuado para promover el cumplimiento de tales normas. Por su parte, la Conferencia Internacional del Trabajo, con sede en Ginebra, llama a sus 174 países miembros a garantizar los derechos básicos de todos los trabajadores, tales como la libertad de asociación y negociación colectiva, la prohibición del trabajo infantil y del trabajo forzado, y el principio de la no discriminación en el trabajo. Estas garantías tendrían que ser respetadas por todos los estados miembros sin importar otras convenciones que han ratificado.
Así, si todo eso se concreta, volvería a tener vigencia el principio angular fijado en el Tratado de Versalles, que decía que "el trabajo del hombre no puede ser considerado como una mercancía." Desde Versalles y sus lejanos días hasta el Silicon Valley de California donde se perfila el futuro, deben cumplirse estos principios tan importantes en nombre de la justicia social, y la ideología del libre comercio habrá encontrado un reaseguro digno y apropiado.